“Si a tu país todavía no le han tomado las medidas para su 'camisa de fuerza', ten paciencia, pronto la tendrá”, ironizaba el analista conservador norteamericano Thomas Friedman.
A los desarraigados de la tierra se les acabó el Mundial, y algo más: ya no les quedan lugares en el mundo donde poder echar el ancla, donde plantar sus raíces.
Vivimos una época de interpretación de la realidad, con una cierta orfandad por los hechos, rodeados de un espacio de miseria moral que nos habita y nos desnaturaliza. Obreros de la construcción, limpiadoras, barrenderos, nanas, chóferes, basureros, camareros, cocineros, expulsados del mercado a través de corredores “deshumanitarios” en una guerra silenciosa, invisible, en un traspaso de transferencias infames entre el embrujo insolente de la riqueza ostentosa y extravagante del Emirato y la miseria más absoluta de sus trabajadores esclavos. ¿Dónde están esos postulados del humanismo ilustrado, ese que puso al hombre y su razón como medida de todas las cosas? ¿Dónde acaba nuestra percepción y preocupación por el otro?
El fútbol debe estar despolitizado, sugieren. ¿Más? Ha pasado de ser una actividad basada en la gestión de emociones a una tarea sostenida en la gestión de intereses. Un fenómeno de masas amparado por una pasión ciega y sorda, incapacitada para cualquier acto de resistencia.
Qatar se vacía. El trabajo esclavo regresa a casa. Son pobres hambrientos que se alimentan de abismos. Esa especie de orfandad ante el porvenir. Esa imagen desoladora de una humanidad dañada, desatendida, que nos atraviesa y nos degrada.
Por José Luis Lanao (vía Página 12)