"El puente de Londres ha caído". Si la primera ministra británica recibe este mensaje en clave por teléfono, sabrá que la reina Isabel II ha fallecido. Entonces comenzará la operación London Bridge, un complejo protocolo. Antes de que la noticia fuese comunicada a la población y empezase a correr por las redes, el Centro de Respuesta Global del Ministerio de Exteriores británico informaría a los gobernadores generales de las 15 naciones que comparten con el Reino Unido a la monarca como soberana, además de a los gobiernos de los otros 36 países que conforman la Commonwealth.
El Gobierno británico decretaría nueve días de luto oficial en el Reino Unido. Durante los ocho primeros, se celebrarían las procesiones ante el féretro (se prevén incluso datos como que más medio millón de personas podrían llegar presentar sus respetos). Y en el noveno, el Big Ben haría sonar su campana con un tono más solemne de lo habitual a las 9.00. Dos horas después, daría comienzo el funeral en la Abadía de Westminster, que sería retransmitido mundialmente. Una vez finalizado el acto religioso, el cadáver de la reina sería trasladado hasta Windsor, donde quedaría enterrado en la cripta real del castillo.
Los programas harían una pausa poniendo unas cortinillas de un cisne, bailarines o una producción artística y, ya unidos todos los canales de televisión pública a la señal de la BBC 1, darían la noticia en conjunto, con un mecanismo de comunicación previamente ensayado una y mil veces. Las cadenas privadas no tendrían esa obligación.
Si la reina fallece el primero en la línea de sucesión y previsiblemente el heredero de la corona sería el príncipe Carlos de Gales (de 73 años), el mayor de los cuatro hijos de la reina y del príncipe Felipe de Edimburgo. Sería la persona de mayor edad en asumir el trono. Si no pudiera cumplir con sus obligaciones, su hijo William podría convertirse en Príncipe Regente y asumir sus responsabilidades.