La estrategia de la negación, secundada por los medios y silenciosamente acompañada por una parte de la población que se habituó a este desastre y ya no presta atención a lo que está pasando salvo que lo toque como tragedia personal, va a seguir profundizando el desastre y acumulando muertes. ¿Cuántas? No podemos saberlo, pero muchas de ellas evitables si se asumiera una estrategia racional para achicar los contagios, mientras damos tiempos a la vacunación. Naturalizar que una enfermedad infecciosa se haya convertido durante este año en la primera causa de mortalidad en nuestro país, superando largamente todas las otras causas, incluyendo las más típicas, transforma la catástrofe sanitaria en una catástrofe moral, porque en nuestro país no se está actuando con la intención de salvar vidas y eso es imperdonable. Una cosa es hacer todo lo posible y, si no sale bien, tener resultados discretos y otra muy distinta es no hacer nada o hacer deliberadamente poco, disponiendo en los hechos que “mueran los que tengan que morir”, como si en las manos del Estado no hubiese ninguna herramienta para aminorar el daño.
Es asombroso lo que está sucediendo. Uruguay lleva semanas como el país de mayor mortalidad del mundo y casi dos meses como uno de los países con mayor cantidad de contagios diarios en relación con su población y el gobierno no sólo no evalúa medidas adicionales, sino que flexibiliza o elimina las pocas que existen, haciendo gárgaras con una campaña de vacunación relativamente rápida, pero sin mirar los datos cotidianos que desmienten cualquier hipótesis de mejoría, salvo que el crecimiento de casos y muertes se mantiene constante en un número altísimo, pero no siguió creciendo a números todavía peores, como podría haber sucedido si a la estupidez de no restringir la movilidad se le añadía una campaña de vacunación más lenta.
En algún momento esto va a terminar. Y todo esperamos que sea pronto. Pero no se puede imponer administrativamente el fin de una pandemia. La pandemia no termina cuando se decide ignorarla, termina cuando termina. Cuando finalmente los casos empiezan a caer, los ingresos hospitalarios son cada vez menos y las muertes dejan progresivamente de producirse. Hasta que eso no se sucede, la pandemia está, y hay que asumirla y afrontarla como un verdadero flagelo que pone riesgo a la gente. No puede reducirse todo a una estrategia de marketing político, donde lo importante no es lo que sucede sino lo que se transmite, lo que se comunica y lo que se oculta. Esto ya se pasó de castaño oscuro y no sólo el gobierno ha dado muestra extrema de indolencia e irresponsabilidad con la crisis sanitaria, sino que actúan con perfidia, concentrados en una costosa ingeniería de la opinión pública sólo para mantener su camino de ajuste y a los “malla oro” que, por cierto, son ellos mismos y los verdaderos intereses que representan.