Sin embargo, no asistimos exclusivamente a una nueva escalada neoliberal como las ya conocidas durante las últimas décadas del siglo pasado, aunque si así sólo fuera, no debería soslayarse su gravedad. Se ha transformado raigalmente su soporte ideológico, configurándose una hegemonía neofascista. En otros términos, una reacción patriarcal (que obviamente cuenta con la aquiescencia y hasta apoyo de vastos segmentos femeninos), homofóbica, blancamente racista, parapetada en la trinchera de los más irracionales prejuicios y violencias de la tradición judeocristiana. Una especular reacción violenta ante el crecimiento y empoderamiento del movimiento feminista, de derechos y libertades civiles.
No hay que esperar que Bolsonaro lance sus boutades. Basta con reparar que Macri, con el aval de buena parte de la oposición peronista, sostiene que “el país es demasiado generoso con los extranjeros” o tomar nota de la bienvenida que Trump planifica darle a la caravana de desesperados centroamericanos excluidos hasta de la explotación. O reparar en que la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, sostiene que quien quiera andar armado puede hacerlo con toda libertad. La racialización de las relaciones de clase va impregnando indeleblemente el sentido común, con consecuente deterioro de garantías jurídicas y formalidad institucional, como lo prueban las varias experiencias golpistas, tanto las exitosas cuanto las frustradas en América Latina.
Obviamente el resguardo y defensa de las formalidades constitucionales y de igualdad ciudadana, de las libertades y garantías como se desarrolla en Uruguay casi por excepción, deben tener continuidad y escrupuloso monitoreo. Pero no creo que baste. El tsunami hegemónico neofascista exige además un estado de movilización social contrahegemónico que es indispensable estimular y organizar y no sólo esperar desde su espontaneidad, porque en última instancia es la expresión extrema de la despolitización de la vida social.
Creo que un buen ejemplo del descuido al estímulo movilizatorio lo representa la escasa significación que el Frente Amplio le ha dado a la organización de la elección de Consejos Vecinales y Presupuesto Participativo del pasado domingo en la capital. Si la fuerza política de izquierda no contribuye de manera directa a empoderar a los vecinos y ciudadanos mediante la participación en la elaboración y ejecución de soluciones a sus necesidades urbanas inmediatas, consiente involuntariamente la despolitización social.
Al momento de escribir estas líneas, carezco de información sobre resultados, pero por más que se hayan elaborado 400 proyectos, si la tendencia a la participación en la toma de decisiones y la postulación a los cargos electivos continúa declinando, se estará incubando el huevo de la serpiente bajo la más tenebrosa aunque recurrente inclinación subjetiva: la indiferencia.