En primer lugar, ante una situación como la que vivimos, en la que se han acumulado 5.000 muertes en unos meses y donde todo indica que la mortandad de junio será la mayor de la historia de Uruguay desde que los fallecimientos se registran y no se estiman, cualquier camino con una mínima chance basada en evidencia de minimizar los daños debe ser explorado. Ya sabemos qué pasa sin medidas, también la ciencia sabe qué pasa sin ellas y con ellas, pero si Lacalle Pou ha decidido no creer en lo que no comprende, de todos modos, son esas personas que han estudiado mucho más que él las que están recomendando otra estrategia y no se pierde nada con intentarlo. ¿O es que acaso ya no estamos en el mundo peor donde todos los días mueren entre 50 y 70 personas? ¿Qué cosa tiene que suceder para que Lacalle Pou recapacite? ¿No le duelen los muertos?
Yo no tengo una visión paternalista ni del Estado ni del presidente, pero me cuesta entender cómo una persona con semejante poder y responsabilidad se guarda la bala de plata, que son las medidas agresivas de reducción de la movilidad, solo porque se le pintó que confrontan con su filosofía liberal. ¿Qué haría un sujeto así al mando de un país en guerra? ¿Hará como que no existe y se emperra en mantener todas las actividades funcionando en nombre de evitar una caída del PIB?
Nadie en su sano juicio haría algo por el estilo si las vidas en juego fueran las de sus hijos o sus seres queridos. La gente normal, para evitar la tragedia, es capaz de ofrecer hasta lo que no tiene, endeudarse, vender la casa, pedir ayuda. Todas las cuentas pueden esperar, toda la matemática queda en segundo plano cuando se trata de la vida: se hace lo que se tenga que hacer y después se ve cómo se repara, porque lo único completamente irreparable son las vidas perdidas.
Es un asunto profundamente ético y no político. Ante una disyuntiva como es la posibilidad de hacer algo extremo aunque tuviese pocas chances y muchos riesgos, y no hacer nada conociendo la brutalidad del desenlace, no puede haber dos miradas distintas. Hay que arriesgarse, porque al final si no sirve para nada, pese a que la ciencia ya demostró que sí, por lo menos sirve como un bálsamo para la conciencia, para querernos a nosotros mismos y no andar como almas en pena durante el resto de nuestros días pensando en lo que pudimos haber hecho y no hicimos porque era económicamente caro y no ofrecía garantías sólidas. ¿Quién piensa así cuando se trata de evitar miles de muertes? ¿Qué cosa tan importante podemos perder si finalmente no tuviesen resultados los últimos recursos? Nada que no se pueda compensar desde el Estado o desde la propia solidaridad social. Lo que sí podemos perder y estamos perdiendo por goleada es la vergüenza. Esto ya no es un asunto de visiones políticas encontradas, de ideologías más o menos adversas, es una tremenda mancha moral en el corazón de la sociedad. No estamos haciendo todo lo posible porque hemos renunciado a la esperanza de salvar compatriotas sin ningún argumento válido, apenas una balanza sobre la billetera. ¡Qué desgracia vivir como semejante insensibilidad! ¡Qué penosa imagen como ser humano que nos está ofreciendo, presidente! Repugna el espíritu noble sobre el cual se funda cualquier amor y cualquier noción de decencia.