Diego es el actor de camisa a cuadros. Está parado frente a un pizarrón. Esa es la primera imagen del video que empecé a visionar esta noche. Dibuja una línea de tiempo. En ella va haciendo anotaciones. Lo primero que dice es que Filomena nació el 11 de junio de 1928, lo que la hace del signo de Géminis y dragón de tierra, y que Carlos nació el 20 de octubre de 1930, o sea que es caballo de metal del signo de Libra. Cuenta Diego que la historia de ambos no es simplemente la de dos personas que se conocen y a las que les pasa un montón de cosas en sus vidas privadas; reflexiona que de algún modo su historia tiene mucho que ver con el auge y la caída de un tipo de país, de un tipo de sociedad como la uruguaya. Lo privado y lo público en ellos se retroalimenta todo el tiempo, en un contexto de un Uruguay próspero y optimista, el de los años 50, que se había beneficiado de la guerra en Europa. Filomena era maestra en una escuela de adultos. Carlos, dos años mayor que ella, era empleado de una barraca, fue alumno de Filomena. Se enamoran, se van a vivir juntos y nace Horacio. Viven un tiempo en el que llegaban buenas noticias de la Revolución cubana y de la guerra de liberación de Argelia, mientras empezaba a advertirse que la prosperidad uruguaya no tenía que ver con las virtudes del país y su clase dirigente, sino con la coyuntura mundial. Entre muchos jóvenes montevideanos se contagia la idea de debilitar al sistema con una práctica antisistema de focos, inspirándose en los modelos argelino y cubano. Surgen varios movimientos guerrilleros o de acción directa, entre ellos el MLN-Tupamaros.
Diego mira a la cámara, lo que equivale a decir que puedo observar con detenimiento su rostro y la intensidad de su mirada. Me gustan sus ojos, aunque en persona suelen ser más bien escurridizos, porque su timidez lo lleva habitualmente a esconderlos. No sé si notaste ese detalle en tu aguda observación de la escena en el parque. Supongo que sí. Pero no me quiero desviar, quiero seguir, porque es notorio que él mira a la cámara porque empieza lo verdaderamente importante. «Es el año 1971», dice Diego. Empiezo a transcribir con exactitud lo que relata mi amigo no-actor: «Horacio, hijo de Filomena y Carlos, todavía adolescente y estudiante de bachillerato en el IAVA, por recomendación de una chica que le gustaba se integra a Tupamaros»; pero algo me detiene y tiene que ver en parte con que no quiero avanzar y llegar al momento de narrar lo trágico. Me quedo pensando, atascada, en sí es necesario seguir revolviendo la herida. Y es en ese momento que llega un mensaje al teléfono, una información que interrumpe la secuencia lógica. No puedo seguir escribiendo. El relato otra vez se bifurca.
El mensaje es de Diego: me informa que va a suspender el rodaje de su película de zombis. Acaba de comunicarles a los productores uruguayos y argentinos que el avance de la pandemia del coronavirus pone en peligro el plan de rodaje, sobre todo en algunas escenas con muchos extras -entre ellas una invasión de zombis a un centro comercial- previstas para filmar la próxima semana. Le contesto rápido: “No te creo”. Y en menos de un minuto me llega un audio con la verdadera razón: «Vero, desde que nos vimos en el Prado que mi cabeza se fue definitivamente al carajo. Por vos y por la película. Estoy escribiendo apuntes para un nuevo guion. Y quiero que me ayudes, porque lo que quiero contar es la historia de Filomena y Carlos, y también la de Vilda, y la del poeta colombiano».