¿Te sorprende que me haya puesto así? ¿Me imaginabas más superficial? Es que todo esto me está pegando fuerte. Tal vez haya quedado conmocionada por la historia de la bala de plomo en la cabeza de tu amigo poeta. Pero no es solo eso. Me suele pasar, de manera casi recurrente, de estar en lugares donde se pudre todo. Antes de volver a la oficina de la empresa donde trabajo en Bogotá, y de pasar unas buenas vacaciones familiares en Montevideo, estuve dos semanas en Chile en un curso de prospectiva y política pública. No quiero aburrirte con mis cosas. No es la idea. Pero el curso sencillamente no se hizo. Ni siquiera pudimos llegar al acto inaugural porque la ciudad se volvió loca, estalló literalmente, la gente salió a las calles, todo se volvió extraño, irreal. Ya sabés a qué me refiero. Me tocó estar el día uno de las revueltas. Y una cosa llevó a la otra, quedé entrampada en Santiago y cancelé el hotel para vivir varios días y noches muy intensos en casa de la amiga de una amiga, una escritora que seguramente conozcas que se llama Alejandra. Estuve en Plaza de la Dignidad y podría contarte muchas cosas. Estuve también en Ñuñoa desafiando el toque de queda de Piñera. Y pude darme cuenta, en mi condición de extranjera, como me pasa en estos días en Bogotá, que el juego es perverso y lo terminará ganando la derecha política. El maldito miedo. La maldita inseguridad. ¿Será que no aprendemos a reconocer los errores?
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, trato de escapar a una cierta sensación a derrota. Estas cosas hacen mal. Así que hay que evadirse. Me ayudó mucho un libro que me traje de Santiago. Uno que me faltaba leer de Alberto Fuguet. Se llama No ficción. Es una larga conversación -posiblemente final, la última- entre dos amigos que se aman y se odian. Las palabras van llenando todos los espacios. Las palabras, como se sabe y tan bien lo demostró Manuel Puig, agotan la posibilidad de una salida. La escena se atasca. La grieta se vuelve insoportable. Buena novela, pero no le llega ni a los talones a Missing. ¿Qué puedo decirte? Que No ficción se parece a tu novela Tobogán blanco. Yo también la leí. Por eso acepté el juego de seguir a Fausto. De espiarlo. Tengo paciencia. Y como te habrás dado cuenta, prefiero los monólogos a los diálogos tortuosos. Es mi deseo escuchar su voz, su testimonio, incluso su poesía. Y sus pinturas (por cierto, todavía no hablamos ni hemos hecho referencia a sus pinturas).