Se vuelve más interesante analizar las enormes diferencias de evaluación entre los países. Porque las declaraciones sobre si las cosas van peor o mejor van desde China, con 90% que afirma que van mejor, hasta México, país en que los resultados se invierten y muestran a 96% de encuestados que afirman que las cosas van peor. El abanico muestra entre los más optimistas a Arabia Saudita (80), India (76), Rusia (58), Argentina (56), Canadá (54) y Perú (50), mientras que en la liga de pesimistas se encuentran Brasil (17), España (22), Estados Unidos (35), Israel (36) y otros 14 países más.
Al agrupar a los países por regiones económicas, también se expresan datos interesantes: los países del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) aparecen entre los más optimistas (60), seguidos por los de América del Norte (44), África y Medio Oriente (41). Los agrupados en el G8 muestran un fuerte pesimismo (67), sólo superado por Europa (77), paradoja autoperceptiva de la cuna de la idea de ‘progreso’.
El ángulo de la evolución del optimismo-pesimismo respecto de encuestas anteriores sugiere una muy leve tendencia al progreso del pesimismo, aunque sólo la acumulación de datos en el tiempo podrá decirlo con claridad. Es apenas el sexto año que se encuesta, tiempo insuficiente para marcar una tendencia sustentable. Otro dato de interés, no menos relevante, es que las mujeres resultan ligeramente más pesimistas que los varones.
No hay espacio aquí para especulaciones explicativas de las enormes diferencias detectadas entre países y regiones, pero los inquietos lectores de Caras y Caretas tienen aquí abundante material para sobremesas y tertulias de apasionante debate. Sobre todo porque Uruguay no figura entre los países sondeados, lo que puede alimentar también la avidez intelectual y la excitación de imaginar qué contestarían los uruguayos si se les hubiese consultado respecto de las cosas anteriores y de las otras a las que nos referiremos a continuación.
Los temas que más importan
En primer lugar, y globalmente, con las salvedades ya hechas, el tema que más preocupa en el mundo parece ser el desempleo (38% de menciones), mientras que el segundo tema, en promedio, es la pobreza y la desigualdad (34%). Los siguen la corrupción financiera y política (33), crimen y violencia (29), cuidado de la salud (22), educación (19), terrorismo (18), impuestos (16), decadencia moral (15), control de inmigración (14), aumento del extremismo (10), mantención de programas sociales (10), inflación (10), ambiente amenazado (9), cambio climático (8), obesidad infantil (3) y acceso al crédito (2).
Los temas prioritarios, al igual que la autopercepción acerca de si las cosas van bien o mal, varían mucho entre países. El desempleo es el dominante en España (70); la pobreza y la desigualdad en Rusia (51); la corrupción en Corea (73), Sudáfrica y Indonesia; la salud en Hungría (63), Polonia y Brasil; el terrorismo en Turquía (66), Israel (51) y Estados Unidos (33); la inmigración en Reino Unido (38); y el medio ambiente en China (40). Parecería que hay situaciones estructurales y/o coyunturales que llevan a esa gran variedad de temas y de intensidades de su vivencia. La variedad aumenta si se toma en cuenta cómo se distribuyen los tres temas más prioritarios y las intensidades con que son mencionados. Y hay otro detalle de interés: en ocho de los 25 países consultados hay diferencias de preocupación central dependiendo del género.
Lo que se cree y lo real
Reviste gran interés la iniciativa que los encuestadores tuvieron de preguntar a la gente lo que creían subjetivamente sobre temas en los que hay información objetiva, disponible pero de difícil acceso, lo que muestra que la opinión pública se conforma de dos modos suplementarios: uno, en base a creencias y prejuicios sin insumos racionales, conscientes y científicamente relevados; dos, en base a la hiperexposición a la exageración y dramatización negativas y pesimistas del mundo que resulta de la voracidad comercial y de la colonización editorial de los medios de comunicación que cada vez determinan más la agenda de conversación y el sentido común, y las mayorías emocionales y de opinión.
Por defecto, y por exceso de información, lo que la gente piensa de la realidad está muy alejado de ella, tal como aventuró Gustave Le Bon en 1900, cuando gran parte de las creencias colectivas no eran más que ‘alucinaciones colectivas’, preludio al coincidente pero más complejo concepto de ‘hiperrealidad progresivamente impuesta’ que Jean Baudrillard acuñara 60 años después. Estas encuestas de Ipsos muestran cuán lejos está la gente de conocer la realidad en la que está, cuánta es la variedad de esa lejanía o cercanía de la creencia a la realidad, y cómo varía esa distancia según el tema de que se trate.
Es sorprendente ver la enorme distancia que hay entre lo que la gente dice creer sobre muchos hechos sobre los que se le pregunta y lo que realmente es o sucede. Pese a que los temas sobre los que se pregunta varían año a año, podemos, por ejemplo, ver cuáles son los países cuyas creencias sobre la realidad divergen más de la realidad misma. De acuerdo a las preguntas hechas en 2016, el país más ignorante es India, seguido de China, Taiwán, Sudáfrica, Brasil, Tailandia, Singapur, Turquía, Indonesia y México, mientras que los más acertados, en orden, serían, en 2016, Holanda, Reino Unido, Corea del Sur, República Checa, Malasia, Australia y Alemania. Es claro que estos órdenes cambian según los temas sobre los que se pregunte cada año, de modo que sería muy engorroso construir un índice de ignorancia internacional de validez segura.
Hay algunas indicaciones a la probabilidad de esperar lejanía de las creencias respecto de la realidad, tales como pensar que el miedo y la acción amedrentadora de la prensa explican una buena y creciente parte del coeficiente de ignorancia o de irrealidad con el que la gente viva. Por ejemplo, cuando se le pregunta a la gente, en el mundo, qué porcentaje de musulmanes cree que hay en su país, hoy, 2016, casi todos manifiestan creer que hay muchos más que lo que realmente hay, salvo en Turquía e Indonesia; los más desmesurados en su error son los franceses, los sudafricanos, los filipinos, los italianos, los alemanes, los belgas y los norteamericanos. Pero cuando se les pregunta cuántos creen que serán los musulmanes en 2020, las proyecciones son aún más desmesuradas que las estimaciones de cuántos son hoy en el país. De modo general, si se cree que hay cuatro veces más musulmanes hoy que los que realmente hay, cuando vamos al pronóstico de cuántos serían en 2020, hay en promedio una exageración aún mayor que la exageración ya cometida respecto de la estimación de los actualmente residentes en los países.
El miedo al extranjero, el miedo al distinto, el miedo al radical extremista terrorista y una exagerada atención a la mayor tasa de natalidad de los islámicos respecto de los europeos y occidentales urbanos, todo ello alimenta esos gruesos errores que aprovechan las fracciones políticamente conservadoras y las ultranacionalistas para recaudar sus votitos. La prensa, al banquillo.
Es también interesante la respuesta global que la gente da cuando se le consulta sobre el grado de acuerdo entre lo que la gente declara sobre su felicidad y la que realmente siente: la gente sobreestima la exageración de declaración de felicidad, piensa que se la exagera más de lo que lo hace, con lo cual se acumulan dos falsedades conexas. Por un lado, la comprensible resistencia a confesar insatisfacción frente a otros extraños; por otro, la exagerada expectativa de que se va a mentir en ese sentido.