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Columna destacada

“¿Nunca más papito?”

Imágenes de un día inolvidable, 14 de marzo de 1985, el día que la lucha del pueblo uruguayo vació las cárceles de presas y presos de la dictadura.

Los acontecimientos sociales importantes que marcan a una sociedad se pueden abordar desde múltiples ángulos, todos válidos. Pero es imposible no narrar la liberación de los últimos presos de la dictadura desde el sentimiento, desde la emoción.

Los días que pasaron entre el 10 de marzo y el 14 de marzo de 1985 fueron de profunda emoción, de inquietud, de nerviosismo.

Fui durante años al Penal de Libertad a visitar a mi padre y a mi tío y también participé como miles del recibimiento, casi clandestino primero, cada vez más multitudinario después de los compañeros y las compañeras que eran liberados.

Siempre me impactó como miraban al Penal de Libertad y como nos decían, por si hiciera falta, “ahora hay que sacar a los demás, hasta que no quede ninguno”.

Para los que militamos contra la dictadura de mi generación era un compromiso de honor lograr la libertad de las y los presos.

Por eso contar lo que ocurrió en esos días de marzo de 1985 implica también hacerlo desde las entrañas y no solo desde la reflexión política.

El domingo 10 de marzo se conoció que iban a liberar a un número importante de presos del Penal de Libertad.

La consigna corrió como reguero de pólvora. Desde todos los puntos de Montevideo surgió la organización. Sindicatos, gremios estudiantiles, comités de base del FA, grupos de gente, todo el mundo como pudo se fue para el Penal. “Sueltan a los compañeros”, era lo que corría de boca en boca.

Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, los dos rehenes de la dictadura, recordaron en un diálogo como vivieron ese 10 de marzo en el Penal de Libertad.

Este diálogo ya ha sido publicado, pero vale la pena recordarlo:
FH: El primero que las vio, fuiste vos…
MR: Las banderas…
FH: Me dijiste, señalando por la ventana hacia la lejana Ruta 1: “¿Aquello no es una bandera?”. Yo seguí dibujando y:-“No jodas, Ruso. ¿Siempre con una novela en la cabeza?” -“Mirá que es una bandera”, insististe. Me puse los lentes “para ver lejos”, pero como ya estaba necesitando otros…
MR: Engler dejó la guitarra –“¡Seguro que son banderas! Y no solo una…¡hay varias!”.
H: Ustedes, los que veían bien, se arracimaron en la ventana e incluso hubo que ir a las de las celdas vacías para poder ver bien: ¡iban llegando banderas!.
MR: Discutíamos el color, la cantidad…
FH: Pronto fue un bosque de banderas en marcha…
MR: De todos los colores. Venían también carteles y pancartas.
FH: Una multitud creciente cortó la Ruta 1, en poco rato, como un río salido de madre. Veíamos los ómnibus y los camiones detenerse y comenzar a formar una larga caravana cada vez mayor.
MR: Les avisamos enseguida a los compañeros del segundo piso, que en su mayoría habitaban celdas cuyas ventanas no daban para el lado de la ruta…
FH: Y sonó la estridente alarma de la cárcel. El ululante gemido de las sirenas y la intermitencia ronca de otros llamados a zafarrancho de combate. Venía el “enemigo”.
MR: Centenares de milicos armados hasta los dientes corrían de acá para allá, apostándose cuerpo a tierra en varios lugares, emplazando ametralladoras y morteros en otros…
FH: Fueron a buscar los perros que también entraron en situación de alarma, ladrando disciplinadamente.
MR: – “¿Por qué viene la gente?” – “¡Saben que van a haber libertades!”
FH: No podía ser otro el motivo de aquella multitud allí. (…….)”.

Hasta allí el relato de los que estaban adentro.

Yo estaba afuera, en ese mar irredento y nervioso de banderas. Con el periodista y compañero José Germán Araujo, con un megáfono, tratando de ordenar aquel caos conmovedor. Es cierto, había banderas de todos los colores, pero predominaban las del Frente Amplio, las de sus sectores, muchas de la UJC y del PCU, también había del MLN y del 26 de Marzo, incluso banderas nacionalistas de la Corriente Popular. Por supuesto de los sindicatos, de la central obrera, de gremios estudiantiles. Miles de banderas en miles de manos y un solo grito: “Liberar, liberar, a los presos por luchar”.

Había nervios y se comentó el despliegue militar que incluyó soldados armados cuerpo a tierra. Se improvisó un cordón de seguridad de la manifestación. Pasaron eternos los minutos hasta que por el largo camino hacia la ruta se empezaron a ver las cabecitas peladas y los bolsos. Allí ya nada importó. Con un grupo de jóvenes rompimos el cordón militar y con banderas del FA, de la izquierda, de los sindicatos, corrimos a encontrarlos. Era como protegerlos, como asegurarnos de que no los volvieran a llevar. No sé.

Nunca voy a olvidar esas caras. La falta de palabras. Las respiraciones fuertes y profundas. Los ojos empañados, el corazón bombeando a mil. El pedido que sonó casi a súplica: “Gurí, ¿me dejas llevar la bandera? Hace trece años que no veo una, ¿sabés?”. Por supuesto le di la bandera de la UJC, roja, con la estrella amarilla, como la de Vietnam, la que había sacado hace poquito porque no se podía. No podía tener mejor destino que las manos de ese compañero que casi rogaba por su bandera.

La carrera loca de los familiares, de otros ex presos liberados meses o días antes.

Es cierto, fue un día de lucha. Pero también fue un día de cariño, de reencuentro. Un día de besos y abrazos interminables. De bailes locos y sin música.

Si alguien pudiera medir la energía que se libera en el sentimiento humano, no dudo que ese día se hubieran roto los registros.

En ese mar de imágenes inolvidables, rescato una. Una niña de 9 o 10 años, se prendió de uno de los liberados, no lo soltó nunca, pasó por todo el cordón humano abrazada. Los inmensos ojos marrones no paraban de llorar. Cuando el recién liberado dejó el bolso en el asfalto, la niña se separó unos centímetros y disparó desde el corazón: “¿Nunca más nos van separar? ¿Nunca más papito?”.

La tarde se hizo noche, un tubo humano unió el Penal de Libertad con Montevideo y la niña se fue sin soltar a su padre ni un segundo, envuelta en una bandera del FA.

Ese día no se que le hubiera respondido a la niña. Pero hoy si. Estés donde estés gurisa: No. Nunca más.

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