Mantener a Lenin presentable cuesta 173.000 euros al año, según desveló el Gobierno ruso en 2016. Desde el final de la Unión Soviética se ha reabierto varias veces el debate sobre qué hacer con su cuerpo.
El veterano periodista ruso y miembro del Fondo del Mausoleo de Lenin, Yury Izyumov, no está dispuesto al desalojo. Cree que Lenin «fue un genio que cambió el curso de la historia mundial». Además de la reivindicación política, existe un punto de superstición en el bando que puja por dejar a Lenin en su sitio. Izyumov recuerda que la Segunda Guerra Mundial empezó «poco después de que nuestros científicos abrieran en 1941 la tumba de Tamerlán», un importante líder militar turco-mongol que conquistó Asia central hasta principios del siglo XV.
El propio presidente ruso, Vladimir Putin, se ha mostrado en contra de esconder la momia de Lenin, «al menos mientras tengamos entre nosotros a muchas personas cuyas vivencias sigan vinculadas de alguna manera con los logros del periodo soviético». Según una encuesta divulgada en 2017 al hilo del centenario de la revolución, dos tercios de los rusos creen que es hora de enterrar el cuerpo de Lenin. Pero su cerebro no descansará bajo tierra, pues fue extraído y cortado en 300 rodajas para que los investigadores determinaran «el origen de su genio».