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Otra historia es posible

Por Leonardo Borges.

¿Quién escoge qué hechos son los que delimitan la historia de un país y cuáles no? ¿Qué mano invisible dibuja la línea de tiempo de una nación? ¿Qué contubernio de intelectuales sugiere los personajes que deben formar parte del relato oficial y los que deben conformarse con el triste anonimato? ¿Qué patota de hagiógrafos construye con sus palabras el panteón oficial de Uruguay? En definitiva, ¿cómo se construye una historia nacional? En el territorio oriental de Uruguay son los partidos políticos, justamente, los que han delimitado las fronteras de lo nacional, lo heroico y la construcción de la nación uruguaya. De esta forma los hechos y los personajes han estado en el siglo XIX y en el XX -por lo menos hasta los años 60- construidos a imagen y semejanza de una concepción bipartidista santificada por los eruditos que, con el correr de los años, fue volviéndose cada vez más vacía. La irrupción de la izquierda en el relato relativizó algunas cuestiones más cercanas a los años álgidos de las crisis económicas, sociales y, finalmente, políticas de la crisis del modelo neobatllista. Pero la izquierda intelectual -también constructora de legitimidad histórica- utilizó ese pasado partidario y se mimetizó en él hasta volverlo prácticamente suyo. De forma más coloquial, en el relato de la izquierda del siglo XIX, esta toma partido por lo que históricamente fueron las posturas y los héroes blancos, mientras que al iniciarse el siglo XX vira hacia el batllismo y sus reivindicaciones históricas -y, por qué no, hacia el neobatllismo también-. José Artigas entra en otra categoría de análisis. En pocas palabras, los historiadores de izquierda hicieron de Artigas una figura providencialmente de izquierda, pero de la misma forma que todos los actores políticos y sus secuaces históricos e intelectuales lo hacen. Artigas se ha convertido en un “as en la manga” de todos los grupos políticos y sociales, de las instituciones y hasta de los grupos guerrilleros en su momento. Por tanto, la historia de este territorio ha sido escrita en una especie de dualidad mal comprendida, psicótica por momentos, entre blancos y colorados, como si no existiesen otros factores, económicos, sociales y culturales, que marquen los cambios y las continuidades. Y al mismo tiempo, y por condición anacrónica, las concepciones históricas generan concepciones morales que se enquistan en el relato. La elección de los hechos y hasta de los personajes ha sido preestablecida en un relato, en una línea de tiempo caprichosa por parte de los padres fundadores de la historia uruguaya, aquellos blancos y colorados. La izquierda, por su parte, cuando se zambulle en el siglo XIX y principios del XX, toma esos mismos conceptos, por tanto, reproduce las líneas iniciáticas. ¿Qué pasaría si intentamos cambiar esa concepción y miramos hacia personajes olvidados o hacia hechos ignorados en la historia vernácula? ¿Qué sucedería si buceamos, casi de forma lúdica, por momentos de nuestra historia que hemos olvidado por improcedentes o porque el relato oficial los ha pretendido sepultar? Con seguridad, otra historia sería posible. La historia no es en ningún caso objetiva, aunque intenta ser -como lo proclamaba Marc Bloch- imparcial, aunque los historiadores, al trazar la línea de tiempo que forma su relato, escogen algunos hechos y algunos personajes para su desarrollo; otros no. Hasta quien confecciona una fría y explicativa línea de tiempo, despegada de opiniones o análisis, también comete ese error esencial, pues escoge algunas fechas y no otras. De esta misma forma la historia nacional necesita una vuelta de tuerca por fuera de ese análisis partidario, santificado por los partidos fundacionales. De esa forma, despojados de aquel deber ser, otra historia sería posible.

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