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Chasquetti: "Hoy las oposiciones tienen más problemas que el propio gobierno"

A pocos días de que se cumpla el primer año del actual gobierno del FA, Caras y Caretas entrevistó al politólogo Daniel Chasquetti para analizar el balance político de la administración encabezada por Yamandú Orsi.

Para el politólogo Daniel Chasquetti, pese a un inicio marcado por restricciones fiscales severas, ausencia de mayorías en Diputados, el Gobierno “salvó el examen” en su primer año. Señaló que, con el correr de los meses, el Ejecutivo logró ordenar su agenda, aprobar leyes relevantes y recuperar parte de la confianza inicial.

El experto también evaluó el liderazgo presidencial, al que describió en proceso de aprendizaje y adaptación a la escala nacional, y consideró que las principales dificultades han estado más asociadas a la comunicación que a la orientación sustantiva de las políticas. En materia internacional, consideró que la política exterior ha sido “una fortaleza”, pese a tensiones internas y críticas por la forma de explicar ciertos posicionamientos.

Respecto a la oposición, planteó que atraviesa problemas de coordinación y afirmó que hoy enfrenta más desafíos internos que el propio oficialismo. Asimismo, señaló que el malestar dentro de la base frenteamplista existe, aunque estaría concentrado en sectores específicos y no comprometería el respaldo general al Gobierno.

¿Cómo evaluaría el primer año de gobierno del Frente Amplio?

El comienzo fue difícil porque este gobierno, en comparación con los anteriores del Frente Amplio, tenía dos problemas severos: un déficit fiscal alto y la ausencia de mayorías en la Cámara de Diputados. Eso restringía el arco de posibilidades. No es simple implementar rápidamente políticas y generar una sensación de cambio cuando hay dificultades para financiarlas y para tomar decisiones.

Además, desde el inicio, el presidente se vio obligado a pedir la renuncia de una ministra por un error que se podría haber evitado si se hubiese chequeado la información antes de designarla. Ese fue un golpe duro, al que luego se sumaron otros cambios de funcionarios.

Por otro lado, la cuestión programática —que ya venía de la campaña— es engorrosa: 63 propuestas, con algunos énfasis que llaman “faros”. Eso ha sido complicado y no permitió que la gente identificara con claridad hacia dónde iba el Gobierno, algo que fue evidente en los primeros 100 días del mandato. Con el correr de los meses esos problemas se fueron despejando y el Gobierno logró aprobar leyes relevantes como la Rendición de Cuentas 2024, el Presupuesto, la ley del Casmu, la de la Caja de Profesionales y las medidas para la zona del litoral. Eran iniciativas que necesitaba impulsar y lo consiguió. Eso le fue devolviendo confianza al Gobierno.

Pese a las restricciones, a las dificultades iniciales y a la rápida pérdida de la “luna de miel”, en líneas generales el Gobierno salvó el examen en este primer año. El saldo es positivo. Es probable que en los próximos años se le complique más, porque la oposición, que ha sido estridente, lo será aún más a medida que se acerquen las elecciones.

¿Y cómo definiría la actuación de Yamandú Orsi y su estilo de liderazgo?

Creo que está aprendiendo a ser presidente. Fue intendente, y en ese rol no tenía la presión permanente de los medios ni la exposición constante. Las temáticas departamentales las manejaba bien: antes de ser intendente fue durante diez años secretario general de Marcos Carámbula. En ese nivel se movía con solvencia.

Saltar a la Presidencia implica pasar al plano nacional sin haber transitado previamente por el Parlamento. Eso le exige ponerse al tanto de muchos temas que no son materia municipal o departamental. Allí se notó cierta inexperiencia.

Además, no es el jefe de su fracción; no es el líder del MPP. Eso le hubiese facilitado algunas cosas, porque en el MPP hay una estructura y un liderazgo colectivo, y no existe un alineamiento mecánico. No es Mujica. Ha tenido dificultades, pero las va corrigiendo lentamente. No es muy hábil declarando, pero muestra capacidad de aprendizaje y creo que puede ir superando esas limitaciones.

¿Cree que el FA logró comunicar sus objetivos, posturas y logros de forma efectiva?

Se ha criticado mucho la comunicación, pero no se puede juzgar un gobierno únicamente por su comunicación. La política es más amplia. Ha habido fallas; la más grosera fue la de Orsi con algunos elogios hacia Bukele, y también la dificultad para argumentar ante su base electoral la postura frente al conflicto entre Israel y Palestina.

El Gobierno ha recibido muchas críticas por la política internacional.

En política internacional hubo una falla al no mostrar con claridad que la política exterior cambió con la llegada del Frente Amplio. Se pasó de un alineamiento con Estados Unidos e Israel que tenía el Gobierno de Lacalle Pou a una postura diferente. No hubo un alineamiento automático con Brasil, España o Chile, como se esperaba; creo que ahí hubo una prueba de autonomía, de independencia.

Creo que se intentó evitar que la política exterior generara conflictos internos adicionales. Se prefirió asumir críticas de la base antes que abrir un frente con la sociedad en general, con la comunidad judía o con los partidos tradicionales. Hubo dificultades para explicar el cambio. En la ONU se utilizaron términos fuertes —si no recuerdo mal, se habló de “exterminio”—, una conceptualización dura, aunque distinta de “genocidio”. No se dedicó mucho esfuerzo a aclarar esa postura. Se optó por absorber la crítica interna, probablemente con la idea de reconstruir la confianza a través de otras acciones.

¿Y en el caso de Venezuela?

En el caso de Venezuela, el Gobierno actuó correctamente. Dentro del Frente Amplio, solo el Partido Comunista defiende a Venezuela; hay una aceptación bastante extendida de que el régimen varió a una autocracia. No hubo una condena fuerte a lo hecho por Trump, pero tampoco una defensa del régimen de Maduro. Me parece que es una posición autónoma, para no aparecer alineado, que busca mantener a Uruguay como un actor confiable para eventuales instancias de negociación, al cual se le pueden asignar negociaciones como, por ejemplo, por la paz.

Entonces, ¿el Gobierno también salvó el examen en materia internacional?

Creo que la política exterior ha sido una fortaleza, no puede decirse que haya sido un problema, más allá de algunas dificultades para comunicar. Hubo aspectos positivos como la apertura de mercados, el ingreso al Acuerdo Transpacífico, el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y el viaje a China. Son logros importantes.

Volviendo a lo nacional, ¿qué lectura hace de la postura del Gobierno frente a otro tema de gran impacto como el contrato con Cardama?

En el caso Cardama hay bastante evidencia de irregularidades. Cancelar el convenio para no seguir perdiendo recursos parece razonable. Es entendible que la oposición, en particular el Partido Nacional, lo vea como una reversión de su gestión, pero había cuestiones difíciles de explicar. No había mucho margen: el Gobierno actuó con responsabilidad.

El proyecto Neptuno fue otro de los temas polémicos, ¿cómo cree que impactó la cancelación?

Creo que el Gobierno actuó de acuerdo a las expectativas que teníamos todos. El Frente Amplio fue muy claro en la campaña en que iba a revertir el proyecto, incluso días antes de asumir Orsi le pidió al presidente Lacalle Pou que no firmara. Entonces, la reversión no nos sorprendió. Es propia de una alternancia en el gobierno. Es decir, cuando cambia el gobierno lo que tenemos que esperar es que cambien las políticas públicas.

¿Cómo evalúa la estrategia política de la oposición? ¿Ha sido constructiva, confrontativa?

No hay una sola oposición; hay varias. Uno de sus principales problemas es la dificultad para coordinar, y esto se ve claramente en el Parlamento, donde para imponer condiciones o aprobar declaraciones todos los partidos deben ponerse de acuerdo, y eso no siempre ocurre.

Dentro del Partido Nacional y del Partido Colorado hay divisiones internas. El Partido Independiente a veces acompaña y a veces no; Cabildo Abierto suele votar con el Frente Amplio y [Gustavo] Salle solo se suma en casos de confrontación más dura. No es una oposición homogénea.

En el Partido Nacional, por ejemplo, la lista 40 es más confrontativa, mientras que sectores de centro están dispuestos al diálogo. En el Partido Colorado ocurre algo similar: Vamos Uruguay, de Bordaberry, ha sido más dialoguista, y del otro lado está una posición más recalcitrante, el grupo de [Andrés] Ojeda y el grupo de Robert Silva.

Hay además un problema de timing, es decir, ¿cuánta oposición hay que hacer en el primer año de gobierno? El sistema político uruguayo tiene mandato fijo de cinco años, y las estrategias se organizan en función de ese plazo. No se “queman las naves” en el primer año. Por lo general, las oposiciones comienzan siendo cooperativas y endurecen su postura más adelante. Se dice muchas veces que el Frente Amplio fue duro desde el comienzo, pero no es así. Por ejemplo, en la pandemia votó todas las leyes que mandó Lacalle Pou e inició su etapa de crítica dura al Gobierno cuando Fernando Pereira asumió la presidencia del Frente Amplio, en el 2022, al inicio del tercer año de gobierno.

Entonces, me parece que las oposiciones, y sobre todo el Partido Nacional no terminó de asumir el duelo por salir del Gobierno, la frustración, algo que muchas veces genera enojo y molestia. Diría que hoy las oposiciones tienen más problemas que el propio Gobierno.

¿Cómo cree que está recibiendo esta gestión la militancia frenteamplista? ¿Observa entusiasmo, apoyo o descontento?

No tengo estudios o encuestas específicas sobre las bases. He escuchado enojo, lo cual es normal. Están acostumbradas a los gobiernos de Tabaré Vázquez y José Mujica, con mayor claridad programática, mayorías parlamentarias y, en el caso de Mujica que tenía más caja, más dinero para gastar. Entonces, mucha gente añora aquel modelo y le cuesta entender el actual. Este es un contexto distinto y está gobernando una nueva generación; casi nadie repite de los gobiernos anteriores. Eso también incide.

De todas formas, creo que el Gobierno distingue entre lo que dice la militancia, lo que opinan los simpatizantes y lo que expresa el electorado en general. Según encuestas —por ejemplo, de Cifra— el malestar está concentrado en un núcleo relativamente pequeño, aunque cualitativamente relevante por su compromiso ideológico. El grueso del electorado frenteamplista sigue apoyando al Gobierno. Muchos enojos se concentran en dos o tres áreas y pueden compensarse con medidas bien valoradas en otras.

Además, la dirección del Frente Amplio juega un papel importante. Fernando Pereira está trabajando para respaldar al Gobierno. Su discurso del 5 de febrero fue sólido y ayudó a explicar a la militancia qué está haciendo el Ejecutivo. El Gobierno podría apoyarse más en esa narrativa porque ese es el tipo de dificultades que tienen Orsi y su equipo para explicar públicamente hacia dónde vamos. Entonces, hay que aprovechar la ventaja de tener una dirección del Frente Amplio, que trata de ayudar. Porque el malestar no está en la dirección del Frente Amplio, sino más abajo todavía. Eso es una distinción: no es lo mismo tener al partido en contra que tener militantes en contra. De todos modos, sería necesario contar con estudios serios para poder ponderar cuán enojados están y cuántos son.

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