Como en los asesinatos de la antropóloga Myrna Mack Chang (1990) y del obispo Juan José Gerardi Conedera (1998), desde el primer momento empezaron a evidenciarse patrones utilizados por redes de inteligencia criminal, como las denominan quienes las han investigado. Un exfuncionario de la Fiscalía que tuvo participación en ambos casos me recordó ayer que en las ejecuciones de alto impacto social, como la de Foppa, “nada se deja al azar”.
El operativo evidencia la identificación del entorno y las debilidades de seguridad de la víctima, me explicó. Se pudo ver una coordinación entre los miembros del grupo criminal en tiempo real y se echó a andar, desde el primer momento de cometido el crimen, una estrategia de confusión y encubrimiento que ahora se facilita y amplifica por el alcance de las redes sociales. No estoy concluyendo nada, me dijo, pero es una de las líneas de investigación por las que hay que empezar.
La forma y el lugar en que se operó tienen una clara intencionalidad de infundir terror y enviar un mensaje a toda la sociedad. Un elemento a considerar —que no es menor— fue la captura e implantación de un arma a los hermanos Rigoberto y Daniel Choc Toz, vinculados por la PNC al ataque, que luego fueron liberados por falta de mérito. ¿Fue, como ha ocurrido en otros muchos casos, una captura ilegal con implantación de prueba para “dar resultados” o hay una vinculación directa con la estructura que planificó el ataque?
Harta responsabilidad tienen en sus manos el fiscal general, Gabriel García Luna; el ministro de Gobernación, Marco Antonio Villeda, y el propio Bernardo Arévalo de llegar hasta las últimas consecuencias para determinar quiénes ordenaron matar a Foppa, quiénes son sus cómplices y quiénes los sicarios que ejecutaron la orden. No olvidamos tampoco la masacre de vecinos en Huité, Zacapa, un hecho gravísimo que también deben esclarecer.
Duele mucho Guatemala. Encoge el corazón el atroz asesinato de Juan Francisco frente a su hijo de apenas 10 años, y aterra pensar que la violencia política pueda volver a instalarse en un país como el nuestro, que no ha terminado de cerrar esas heridas.
No debemos permitir que se impongan la impunidad ni el terror. Por eso, hoy, como hemos tenido que repetir tantos nombres tantas otras veces, decimos: Juan Francisco Solórzano Foppa, ¡presente!
Por Marielos Monzón.
(Tomado de Prensa Libre)