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Marxismo Negro: el capitalismo nace y se desarrolla racializado

Por Susana Andrade

En la izquierda uruguaya y en buena parte de América Latina suele suceder, que seguimos discutiendo la desigualdad como si tuviera un solo eje: la clase. Hablamos de pobreza, de distribución, de oportunidades. Sin embargo, hay una dimensión estructural que históricamente ha sido negada, minimizada o desplazada: y es la raza como construcción social, no como factor biológico. Nombrarla incomoda. Integrarla, aún más.

Por eso no es casual que el llamado “marxismo negro” sea todavía una corriente poco conocida en nuestro medio. No porque sus ideas no estén presentes, sino porque aún no hemos querido mirarlas de frente.

Atención; la variable “raza” en este caso responde a categorías creadas en las sociedades para clasificar, jerarquizar y discriminar personas. No existen razas biológicamente hablando entre personas humanas. Y aunque no se entienda o algunos no quieran entender; nos llamamos afrodescendientes porque afirmamos nuestra historia, nuestra raíz afrodiaspórica y africana y nuestra identidad más allá del color de piel. ‘Negro’ es una categoría impuesta, cargada de estigmas, de cosificación. Alude a cuando fuimos mercancía durante la trata esclavista del invasionismo colonial.

Afrodescendiente, en cambio, es un nombre elegido, que reconoce origen, dignidad y derechos. Es una denominación política porque reclama derechos humanos violados. Usar ‘negro’ puede ser válido en ciertos contextos pero no define quiénes somos, porque no se denomina a la gente por el color de su piel.

Cuando usamos ‘negro’ en expresiones como ‘racismo negro’ o ‘poesía negra’, no hablamos de biología sino de una identidad histórica y política. Es una palabra resignificada: nombra experiencia, memoria, cultura y resistencia frente al racismo. El énfasis está en la vivencia y la lucha, no en el color de piel.

Izquierda de América Latina

El marxismo negro no es una moda ni una etiqueta académica más. Es, en esencia, una corrección histórica y política. Parte de una constatación sencilla y profunda: el capitalismo no nació en abstracto ni en igualdad de condiciones, sino sobre la base de la esclavitud africana, el genocidio indígena y el saqueo colonial. No como hechos secundarios o marginales, sino como pilares de acumulación de riqueza.

Esto, en rigor, no es ajeno a la tradición marxista. Ya en los textos clásicos se reconoce que la expansión europea, la explotación de América y la trata de personas esclavizadas fueron condiciones fundamentales para el desarrollo del capitalismo moderno. Pero allí donde el marxismo clásico vio principalmente relaciones de clase, el marxismo negro señala que esas relaciones estuvieron -y están- atravesadas por jerarquías raciales.

No se trata de oponer raza a clase. Se trata de entender que, en nuestras sociedades, ambas dimensiones nacieron entrelazadas. Es la hoy llamada interseccionalidad que acentúa diferencias.

En América Latina, esta discusión adquiere un carácter particular.

Nuestros Estados se construyeron sobre la promesa de igualdad republicana, muchas veces acompañada por un relato de homogeneidad: “todos somos iguales”, “aquí no hay racismo”. En países como Uruguay, ese relato fue especialmente fuerte. La idea de una nación integrada, blanca, moderna, funcionó como identidad y como aspiración. Pero la realidad persistió por debajo del discurso.

Las poblaciones afrodescendientes -y también las indígenas allí donde fueron diezmadas e invisibilizadas- han enfrentado históricamente peores condiciones de vida, menor acceso a educación, trabajo más precario y menor presencia en los espacios de decisión. No por casualidad ni por mérito individual, sino por una estructura que se fue consolidando a lo largo del tiempo.

Esta corriente marxista afro ofrece herramientas para nombrar esa estructura y visualizar profundamente el origen de las desigualdades. Cedric Robinson, Du Bois, James, el propio Frantz Fanon, Angela Davis, y tantas mentes afro pensantes más. El Marxismo Negro pone en el centro que el capitalismo nace y se desarrolla racializado, y raza y clase no se pueden separar ni en el análisis ni en la lucha.

Nos dice que el racismo no es solo prejuicio, ni solo discriminación individual. Es también una forma de organización social que ha servido para justificar y sostener desigualdades económicas. Que la pobreza tiene color no es una metáfora: es una consecuencia histórica.

Y en ese punto, interpela también a las tradiciones políticas progresistas.

Porque si la izquierda se piensa únicamente desde la clase, corre el riesgo de universalizar una experiencia que no es realmente universal. El “trabajador” abstracto no ha sido vivido de la misma manera por todos. No es lo mismo ser trabajador siendo blanco que siendo afrodescendiente en sociedades atravesadas por siglos de racialización. El desafío, entonces, no es abandonar la lucha de clases, sino complejizarla.

Incorporar la dimensión racial no fragmenta: permite comprender mejor. Permite diseñar políticas más justas, más precisas, más eficaces. Permite, sobre todo, reconocer que la igualdad formal no alcanza cuando las condiciones de partida son profundamente desiguales. Y de eso se trana las democracias republicanas, de no dejar a nadie atrás.

Situación en Uruguay

En Uruguay, algunos avances en políticas públicas -como las acciones afirmativas- van en esa dirección. Pero aún persiste una incomodidad para dar el paso siguiente: reconocer que estas medidas no pueden ser excepcionales ni transitorias, sino respuestas necesarias a una estructura histórica.

El marxismo negro, en ese sentido, no viene a importar un debate ajeno. Viene a poner nombre a algo que ya está ocurriendo. A lo que ya se vive, se denuncia y se resiste desde hace generaciones en nuestras comunidades.

Tal vez por eso cuesta tanto incorporarlo. Porque no solo exige revisar la historia, sino también revisar certezas presentes. Obliga a preguntarnos si la igualdad que defendemos es real o en algunos aspectos centrales, apenas declarativa. Si nuestras categorías alcanzan para explicar lo que vemos. Y, en definitiva, de qué lado de esa historia queremos estar.

Nombrar el marxismo negro no es adoptar una etiqueta. Es abrir una puerta.

Y en sociedades que todavía cargan con las marcas profundas de la colonia, abrir esa puerta no es un gesto teórico. Es un acto de justicia.

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