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Matemáticamente tenemos chance

Como algunos lectores saben, llevo 60 años votando a la izquierda, y desde hace unos cuantos años lo hago voluntariamente, sin estar obligado por la ley electoral.

Hace muchos años que creo que votar es una buena manera de definir diferencias y confío en la limpieza de nuestras elecciones, en la buena fe de los adversarios, en el sistema de reglas que las rigen y en el profesionalismo de las autoridades electorales y el equilibrio de las normas y los recursos humanos que se emplean.

Sin duda, 60 años haciendo lo mismo y optando por lo mismo se puede interpretar como algo obsesivo y tal vez muy obcecado, pero no se puede obviar que es una expresión de convicciones sólidas y tenacidad positiva. En el peor de los casos, soy implacable en el error.

Votar a la izquierda durante 60 años es relativamente raro por la sobrevivencia del protagonista, pero no es especialmente singular en tanto hay unos cuantos que apostamos a la misma causa y aún lo hacemos con los ojos abiertos. No puede negarse que nacimos para sufrir.

La última vez que voté a la izquierda fue en las pasadas elecciones de 2024. Voté al Frente Amplio y a su candidato, Yamandú Orsi.

No me gustaban esos discursos ambiguos de la campaña electoral, tampoco que se eludieran definiciones históricamente aceptadas hasta ese momento, que se bordearan los principios, que se adoptaran compromisos que no resultaban de discusiones programáticas colectivas, que se gestionaran recursos económicos desequilibrados entre compañeros competidores de la misma fuerza, que saltáramos los perímetros de lo que hasta el momento eran los principios, que se personalizaran los debates internos, que se olvidara la fraternidad entre frenteamplista, que surgieran intereses que alguna vez creímos que no tenían nido entre nosotros.

Quiero decir que no albergaba grandes esperanzas, aunque tantas décadas de decepciones y batallas perdidas endurecen el cuero. Sin embargo, con la mayor sinceridad, la proximidad de la elección me entusiasmó y mis deseos de que Yamandú tuviera éxito y el Frente ganara me conquistaron.

Una tardecita, en un acto en que abracé a Yamandú y le deseé mucha suerte creo que fue enfrente al Palacio Legislativo, le advertí que a mis casi ochenta años probablemente no lo iba a disfrutar, pero tampoco a sufrir. Por ahora, es más de lo último que de lo primero.

En setiembre de 2024 no tenía mucha esperanza, pero tampoco puedo decir que voté sintiendo que lo hacía sólo por el mal menor. Voté porque el Frente Amplio y su candidato eran la única propuesta de cambio creíble y la única que optaba por los pobres y los más humildes, por un país soberano, antioligárquico y antiimperialista. No creía que íbamos a cambiar el mundo, pero habiendo tanto por hacer no pensaba que nuestro horizonte fuera reparar las veredas. Si me equivoqué, no debería tener perdón, porque a mis años no debería tener excusas para comerme la pastilla.

Ahora ya pasaron muchos meses de aquella segunda vuelta en que festejábamos un cuarto triunfo del Frente. Esperamos unos meses y el gobierno se instaló. Yamandú eligió a sus ministros, subsecretarios, directores de secretaría, asesores múltiples, y se proveyeron los miles de cargos públicos que ambicionan muchos militantes. Creo que la inmensa mayoría de ellos está ahí porque creen sinceramente que pueden contribuir a hacer un país mejor y quieren servir bien al país, a sus habitantes y a sus electores.

Muchos de ellos están preparados, tienen habilidades probadas, adhieren a la causa y casi todos hicieron un gran esfuerzo para ganar. Cuando asumieron sus responsabilidades, lo hicieron con deseos de ser útiles y eficaces en su gestión, cumplir con las leyes y con lo prometido en la campaña. La mayoría, no hay cómo negarlo, dejan el alma en la cancha, aunque la mayoría de las veces no es un trabajo tan extenuante ni tan duro.

Al cabo de 15 meses de haber asumido, se han hecho muchas de las “cosas simples” que se prometieron, y el Gobierno siente que está cumpliendo con su rumbo y con lo que propuso, como si a todos quienes escuchan su versión les fuera a causar la misma impresión de excelencia que a ellos.

Los más modestos afirman que lo que se hizo es lo posible y que existen restricciones presupuestales, políticas y geopolíticas, permanentes y coyunturales, que obligan a un paso más lento que lo que se reclama. Los compañeros que están en el gobierno conste que hablo en tercera persona del plural están satisfechos con haber conseguido llegar a la Torre Ejecutiva, lo consideran su victoria y van a defender su clara hegemonía en la fuerza política.

La gente, incluyendo muchísimos frenteamplistas, no está satisfecha; consideran que no se está cumpliendo con las expectativas y no están conformes ni con la gestión ni con la escasa disposición a tener en cuenta lo que la fuerza política escucha en las giras y las encuestas de opinión evidencian.

El fenómeno de la disidencia no es inusual. Es habitual que haya diferentes puntos de vista sobre distintas acciones y omisiones, y muy probablemente la valoración depende mucho de prejuicios, gustos y ansiedades de los discrepantes y de la capacidad de reflexión, la autocrítica, el sectarismo y el ego de los autores.

Pero no es aceptable que se atribuya la disconformidad a cierta patología psicológica que nubla el entendimiento, a una disonancia cognitiva que enceguece a los que discrepan, a rivalidades políticas y luchas internas que no existen, o a incomprensiones que no entienden todo lo bueno que se está haciendo.

Tampoco que los desacuerdos se deban sólo o principalmente a la falta o ineptitud de comunicación, máxime cuando es el propio Gobierno el que omite comunicar lo que no quiere comunicar porque sabe que irrita. ¿O acaso nos informaron que Yamandú iba a ir al portaaviones norteamericano o que había un Renault además de la camioneta, o que se adjudicaban 80.000 dólares para pasajes al ministro de Relaciones Exteriores, o que Lito iba a hacer una decena de viajes a Roma justificados en que estaba coordinando la visita del papa?

A veces hay demasiado ego, y otras veces las críticas pueden ser demasiado absolutas, descontextualizadas o desproporcionadas, pero en muchas oportunidades las críticas se quedan cortas. Otras veces queda relativamente cómodo atribuir los disensos a los intereses sectarios de una supuesto enemigo interno o a la ferocidad injustificada del adversario político.

Lo cualitativo no se refleja en las encuestas con la magnitud contundente de lo cuantitativo. Pero es más que evidente que hay una fuerte demanda de otra cosa. A decir verdad, es difícil hacerse oír, porque el aliento de la hinchada entusiasmó a los pocos que deciden, y no sorprende que siempre concitan el apoyo de los que los rodean.

La burocracia no es una exclusividad del Frente Amplio, sino un fenómeno político que acompaña al poder. La burocracia que se estructura en el entorno de un gobierno es una estructura que se vuelve necesaria para gobernar y para tener contento al núcleo duro.

Una tarde en que conversábamos con Pepe Mujica sobre la burocracia en los gobiernos de izquierda, Pepe me dijo con mucha ironía y cierta autocrítica que todos los gobiernos “populares” habían construido una burocracia, a excepción de la Comuna de París. La afirmación me sorprendió, y al poco rato le pregunté por qué me había recordado eso. Pepe me contestó que no olvidara que la Comuna de París solo había durado 72 días. Si hubiera durado unos meses más reflexionó, habrían contratado unas decenas de asesores de comunicación y sabríamos que fue durante esos dos meses que se destruyó la guillotina que se había convertido en un símbolo de un período sangriento de la Revolución francesa.

Obviamente, dijo Pepe riéndose, el verdugo pasó en comisión a una fábrica de cuchillos, porque ningún jerarca con poder deja de cobrar en la ventanilla del Estado.

Así las cosas, hay una versión del Gobierno de que se está haciendo mucho y bien, que el rumbo está firme, que se encontró con compromisos heredados del gobierno anterior inesperados, que se gobierna en un contexto internacional incierto, que el salario real ha crecido, que hay 26.000 nuevos puestos de trabajo, que 20.000 de ellos son mujeres, que se han asignados miles de becas Butiá, que hay 250.000 millones de dólares para vivienda; que los muchachos que entran al liceo, ahora, además de pasar de año, comen en los comedores; que la inflación bajó tanto que se pasó de rosca, disminuyó la pobreza y la pobreza infantil monetaria en los menores de seis años. Y que aprobamos leyes de empleo, pusimos el Impuesto Mínimo Global, se aprobó el tratado con la Comunidad Europea, nos subimos al portaaviones y le dimos 17.000 kilos de leche en polvo a Cuba “solamente” como un gesto humanitario que, por supuesto, no se volverá a repetir. ¡Faltaba más!

Por otra parte, lo de la camioneta y los viajes a Roma son temas que para el Gobierno están cerrados.

Hay otra versión que es puro cinismo. Es la de la oposición que dice que está todo mal. Hablan de la camioneta pero omiten mencionar la corrupción del gobierno de Lacalle Pou, la historia de Astesiano, la actuación lamentable de la exfiscal Fossati, el pasaporte de Marset, la estafa de Cardama, el costo de las vacunas contra el covid-19, el presidente que pasó a saludar y que ahora está calladito como gurí cagado porque no quiere que se le vincule con aquella reunión en que Lafluf y él mismo resolvieron destruir un expediente que debió ser enviado a la Justicia y le arrancaron una hoja.

Para la oposición, todo está mal; se cierran empresas, el dólar está pal’ orto, perdemos competitividad, los Estados Unidos restringen las visas porque no nos incorporamos al Escudo de las Américas, gastamos un dineral en la reestructura del transporte metropolitano, compramos al cuete por millones de dólares la estancia María Dolores, no nos animamos a terminar con la producción de portland por Ancap y perdemos plata a rolete con el biodiesel y la caña se azúcar de Bella Unión.

La verdad es que es una oposición de mierda, sin una idea, sin la menor honestidad intelectual, sin autocrítica y sin vergüenza. Pero el Gobierno, con tener la mejor buena voluntad imaginable, no entiende que la gente quiere saber que ese rumbo va a algún lado. Que Oddone nos diga cuántos niños pobres menores de 6 años, contando la pobreza multidimensional, va a haber al final del período de gobierno, cuántos recursos se van a destinar y qué se va a hacer para lograrlo, cuántos asentamientos van a desaparecer, cuántas casas se van a recuperar, cómo va a mejorar el presupuesto de la educación, cuánto va a aumentar el salario real, cuántos establecimientos de enseñanza pública van a tener psicólogo.

Si me da metas y dice que va a disminuir 100.000 niños pobres en el período, medidos por la pobreza multidimensional, yo también lo firmo, como el profesor y senador Daniel Borbonet. Si Oddone me dice que va a bajar la pobreza en un 30 %, también lo firmo. Si me dice que va a dejar el gobierno con la mitad de los asentamientos, lo firmo. No me importa que diga que va a reasignar 15 millones por aquí y 20 por allá. Yo quisiera metas, termómetros, números, logros, compromisos, proyectos que cambien la vida de los más pobres. Señales que marquen los objetivos que alcanzaremos al final del período y que justifiquen que la ciudadanía le va a renovar la confianza en las próximas elecciones al Frente Amplio.

Si todo depende del crecimiento y la inversión que va a conseguir el equipo económico con su gestión impecable; si seguimos dando señales a los más poderosos de que estén tranquilos que no va a pasar nada; si es más fuerte el discurso de lo que no podemos hacer que el de que tenemos la obligación irrenunciable de hacerlo; si queremos tener contentas a las cámaras empresariales, a los transportistas autoconvocados, a la Asociación Rural, a Trump y a las embajadas de Estados Unidos e Israel y seguimos creyendo que a los pobres los vamos a conformar con 40 casitas por acá y 25 contenedores más allá, con las túnicas y las mochilas del Barrio Maracaná y un aumento de 500 pesos para los que ganan el salario mínimo por mes, estamos en la lona.

Un país no se puede manejar como la economía de un hogar, aunque para banalizar se nos diga y repita que no podemos gastar lo que no tenemos. El Ministerio de Economía tiene que encontrar los recursos para hacer lo que hay que hacer, necesaria, inevitable y urgentemente, que es la lucha implacable contra la pobreza, que es fundamentalmente infantil y tiene cara de mujer. Eso no puede esperar que la geopolítica sea más alentadora ni que el viento venga de cola, porque siempre hay una excusa para postergar a los que tienen menos voz.

Si hay grasa que sacar del presupuesto, si hay trámites inútiles o reiterados, si hay controles excesivos u oficinas duplicadas, está bien eliminarlas. Si hay viajes inútiles, también. Pero no pasen gato por liebre. No me digan que derogar la facultad del Poder Ejecutivo para imponer detracciones a los exportadores ahorra algún gasto o baja los precios, porque eso es mentira. Eso no es más que un artículo que se contrabandea en una ley ómnibus para decirle a los inversores que aquí no habrá ningún gobierno de izquierda al que se le ocurra hacer una retención a las exportaciones porque ya sabemos que no habrá más impuestos a los ricos, y a partir de la nueva ley nos obligamos a garantizarlo de por vida. Porque somos un país serio, occidental y europeísta, como les gusta a Sanguinetti y a los demócratas liberales.

Si la ley insignia de este gobierno va a ser la Ley de Competitividad; si los mentores de los cambios van a ser Laura Raffo e Ignacio Munyo; si buscamos que Sanguinetti, El País, los gerentes de los bancos y los think tanks de la derecha se sientan representados por el equipo económico de la “izquierda” y el senador que interpela al ministro de Economía tiene que explicar que no va a ser demasiado crítico porque no está demasiado en desacuerdo con lo que hace Oddone, las encuestas nos van a seguir dando disgustos.

Den una señal fuerte a los trabajadores de que este es su gobierno. Digan a los pobres que se apropien de sus conquistas y reclamen más. Fortalezcan a la enseñanza pública y a las empresas del Estado. Promuevan el deporte en los barrios donde viven los chiquilines más humildes. Controlen la evasión en el transporte de carga y no retrocedan ante la presión de los más poderosos. Hagan competencias interescolares en donde los niños de las escuelas públicas participen con los de los colegios privados. Hagan que los chiquilines vip salgan de Carrasco, que conozcan pobres, que los de Colonia Nicolich conozcan el mar sin que los barrios privados les tapen la visual. Hagan espectáculos donde los niños y jóvenes pobres y los de clases media se junten, regalen entradas al fútbol a los gurises para que vayan a ver a sus equipos a la cancha. Editen y regalen libros a los niños más pobres para que tengan libros en la casa.

Muestren que hay un gobierno con sensibilidad social en donde los de túnica y moña sean igual que los otros. Desarrollen el deporte comunitario, hagan canchas en los barrios pobres y que la comunidad defienda sus conquistas. Hagan que el Estado esté en donde está ausente y usen este poder que la gente les dio para demostrar en los hechos que aquí hay un gobierno popular. Demuestren que son distintos y que hay otra manera de hacer política.

Si hacen esto, van a ver que las encuestas dan otra cosa. Con la historia de la institucionalidad, la seguridad jurídica y el país serio creemos que tenemos tranquilos a los que seguirán siendo adversarios. Pero la gente sabe que la manera de vivir en un país sin miedo no es poniendo blindados y ejército en la calle; la única manera es poniendo cultura, convivencia, comunidad, educación y Estado en los barrios, abatiendo la pobreza infantil, incorporando a las mujeres madres de hogar a la cultura del trabajo, procurando rehabilitar a quienes están privados de libertad por delitos menores, humanizando las cárceles, invirtiendo en vivienda para los más carenciados, procurando dar apoyo psicológico a los niños que nacen postergados, discriminados, estigmatizados; creando trabajo para las madres jefas de hogar, cuidando a los viejos y apoyándolos para envejecer con dignidad.

Quién te dice que haya alguien que escuche estas reflexiones desordenadas escritas a vuela pluma en una friolenta mañana de junio en donde confirmo que la esperanza es lo último que se pierde.

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