La segunda jugada es la Rendición de Cuentas, con una clara señal de la dirección que eligió Lacalle para mostrar resultados: educación y seguridad.
Aunque, paradójicamente, no le dio un solo peso de más a la Universidad de la República (un pilar fundamental durante el combate contra la pandemia). El oficialismo apuesta todas sus fichas a dar mayores recursos a la educación Primaria y Secundaria con la idea de mostrar (por fin), su tan prometido Plan de Educación.
La estrategia es cambiar la sensibilidad social, cada vez más deteriorada, impulsando acciones en las áreas donde volcó todas sus promesas durante la campaña. Sin embargo, el desplante a la Udelar no le saldrá barato. La convocatoria de los sindicatos ganará la calle y el ruido del reclamo aumentará la temperatura del descontento.
A esto se suman los inminentes anuncios sobre la demorada reforma de la seguridad social, otro tema que crispa los ánimos de solo escucharlo, y causará invariablemente protestas y disgustos en muchos sectores.
La batalla dialéctica es la otra cancha donde la coalición saldrá a dar combate. El presidente ya mostró señales enviando a sus secretarios de Estado a pelearle la agenda al Frente Amplio. Siente que Fernando Pereira le está ganando la pulseada fijando posiciones en todos los temas y desacreditando al oficialismo.
La primera muestra de la estrategia multicolor fueron las declaraciones de uno de sus alfiles ideológicamente más verborrágicos, el expresidente Julio María Sanguinetti, quien públicamente salió a ensuciar la cancha acusando al presidente del FA de "radicalizar" su discurso y llevar sus planteos hacia la izquierda más extrema.
Sanguinetti busca desacreditar a una figura que los está complicando al dejar en evidencia permanentemente las debilidades del gobierno. Por todo esto, la orden de Lacalle fue "poner quinta", no perder más tiempo y tratar de recuperar terreno. El panorama no pinta bien y el presidente lo sabe.