Uruguay 25 de Agosto: ¿Patria para todos?
Doscientos años después, vale la pena formular una pregunta incómoda y necesaria: ¿patria para quiénes?
Por Susana Andrade
Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .
{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}{{m.shortDescription}}
Doscientos años después, vale la pena formular una pregunta incómoda y necesaria: ¿patria para quiénes?
Por Susana Andrade
Cada 25 de agosto celebramos el nacimiento de la patria oriental. Recordamos la Declaratoria de la Independencia de 1825 como uno de los momentos fundacionales de nuestra historia y como un símbolo de libertad, soberanía y autodeterminación.
Vale la pena formular una pregunta interpelante como todo balance histórico podría ser: ¿Quiénes fueron incluidos en aquella patria naciente y quiénes quedaron al margen de sus promesas emancipatorias, arrastrando la consecuente y perpetua desventaja social?
Para los sectores criollos que lideraron el proceso independentista, el 25 de agosto representó la ruptura con la dominación imperial y el derecho a construir un destino propio. Fue, sin duda, una conquista política trascendente.
Sin embargo, la historia se vuelve más compleja cuando ampliamos la mirada e incorporamos a quienes raramente ocuparon el centro del relato nacional.
En 1825, miles de personas africanas y afrodescendientes continuaban viviendo bajo la esclavitud o sus consecuencias inmediatas. Muchos habían combatido en los ejércitos patriotas, derramando su sangre por una libertad que no siempre los alcanzó. La independencia política del territorio no significó automáticamente igualdad, ciudadanía plena ni acceso a los derechos para quienes habían sido tratados como mercancía humana.
Algo similar ocurrió con los pueblos indígenas. Mientras se consolidaba el proyecto estatal oriental, las comunidades originarias eran cada vez más invisibilizadas, desplazadas o excluidas de la construcción simbólica de la nación. El nuevo país no se pensó a sí mismo como plurinacional ni multicultural. Se edificó sobre una identidad predominantemente europea que dejó poco espacio para reconocer las raíces indígenas y africanas que también formaban parte de su historia.
Por eso, celebrar el 25 de agosto no debería implicar repetir una versión única del pasado. Una patria democrática y madura es aquella capaz de mirar su historia completa, incluyendo sus luces y sus sombras.
La pregunta no busca disminuir el valor de la independencia ni desconocer la gesta de quienes la hicieron posible. Por el contrario, busca enriquecerla. Porque una nación es más fuerte cuando reconoce todas las manos que la construyeron y todas las voces que fueron silenciadas.
La patria no nació únicamente en los cabildos, en los campos de batalla o en las decisiones de los caudillos. También nació en el trabajo forzado de personas esclavizadas, en la resistencia cultural de las comunidades africanas, en la memoria persistente de los pueblos indígenas y en la lucha cotidiana de quienes quedaron fuera de los relatos oficiales.
A dos siglos de aquella declaración, el desafío sigue siendo el mismo: transformar la independencia política en igualdad real. Combatir el racismo, la discriminación y las desigualdades heredadas también es una forma de construir patria.
Porque la verdadera independencia no consiste solamente en liberarse de un imperio. Consiste en garantizar que cada persona pueda sentirse parte de la comunidad nacional, con dignidad, derechos y reconocimiento de su presente y de su historia.
Por eso, este 25 de agosto, además de celebrar, quizás debamos preguntarnos: ¿hemos logrado construir una patria para todas y para todos?
La respuesta no está en el pasado. Está en las decisiones que tomemos como sociedad en el presente.