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Uruguay enfrenta una ola de estafas: más de 31 mil denuncias en 2024 y una débil respuesta penal

Las estafas experimentaron un brutal crecimiento de 2.000% en una década, un delito digital y silencioso en expansión.

Las estafas en Uruguay se han convertido en uno de los delitos patrimoniales de mayor crecimiento en la última década, experimentando un aumento del 2.000% desde 2013. Así lo revela un informe temático del Ministerio del Interior, elaborado por el Área de Estadística y Criminología Aplicada (AECA), que pone bajo la lupa la expansión silenciosa pero contundente de este fenómeno delictivo.

Según el documento, titulado “Estafas en Uruguay: evolución, características y desafíos actuales”, en 2024 se registraron 31.144 denuncias por estafa, lo que equivale a una tasa de 870,5 por cada 100.000 habitantes. En 2013, esa cifra era de apenas 38,7. Esta evolución posiciona a las estafas como el tercer delito más denunciado del país, por encima de hurtos menores y otras modalidades tradicionales.

Un delito digital, silencioso y en expansión

El informe destaca que el auge de las estafas está íntimamente relacionado con la proliferación de canales digitales: redes sociales, plataformas de compraventa, sitios web falsos y servicios financieros en línea. A diferencia de otros delitos patrimoniales, las estafas no requieren contacto físico ni violencia, lo que permite a los delincuentes operar de forma remota, muchas veces desde el anonimato y con participación de redes organizadas internacionales.

La pandemia de Covid-19 fue otro factor clave, ya que aceleró el uso de servicios digitales y expuso a más personas a entornos vulnerables, facilitando los engaños cibernéticos. En paralelo, el crimen organizado ha profesionalizado este tipo de delitos, al punto de que organismos como INTERPOL y la UNODC los califican como amenazas transnacionales de primer orden.

El subregistro: un iceberg delictivo

Pese al aumento de denuncias, el informe advierte que la cifra real de estafas podría ser mucho mayor. Una estimación basada en la Encuesta Continua de Hogares del INE indica que en el segundo semestre de 2024 ocurrieron unas 26.900 estafas mensuales, pero solo el 11,7% fueron denunciadas formalmente. El subregistro —uno de los mayores del sistema criminal— plantea enormes desafíos para la formulación de políticas públicas.

¿Quiénes son las víctimas?

El perfil de las víctimas revela que las personas entre 26 y 55 años son las más afectadas, con tasas superiores a las 1.000 denuncias cada 100.000 habitantes. Las mujeres presentan niveles de victimización más altos que los hombres en todos los rangos etarios. El informe también detecta una fuerte individualización del delito: el 96% de los casos afectan a una sola persona.

No obstante, también se registraron episodios de gran escala, como uno con 329 víctimas en 2022 y otro con 236 en 2023. Además, en cerca del 20% de las denuncias no se identifica una víctima física, lo que apunta a estafas contra instituciones o empresas.

Una respuesta penal insuficiente

Uno de los datos más alarmantes del informe es la baja tasa de imputación penal: en 2024, solo se logró una imputación cada 67 denuncias (1,5%). Esta brecha creciente se explica por la complejidad de las investigaciones, la dispersión de víctimas, la sofisticación de las técnicas empleadas y la sobrecarga estructural del sistema judicial.

En cuanto al perfil de los imputados, el 35,7% son mujeres —una proporción inusualmente alta en comparación con otros delitos— y la edad promedio oscila entre los 31 y 33 años, significativamente menor que la de las víctimas.

Distribución geográfica: una radiografía desigual

El fenómeno se distribuye en todo el país, pero departamentos como Rocha, Salto, Maldonado y Rivera presentan las tasas más altas o el crecimiento más acelerado. Rocha lidera de forma constante el ranking nacional, con 1.290,5 denuncias por cada 100.000 habitantes en 2024. Sin embargo, AECA advierte que estos datos deben interpretarse con cautela, ya que la naturaleza digital del delito hace que autor y víctima no siempre estén en la misma jurisdicción.

¿Desplazamiento del delito tradicional al cibercrimen?

Finalmente, el informe plantea una hipótesis que viene ganando terreno en la criminología moderna: la posible migración delictiva desde los delitos tradicionales a los digitales. Si bien no hay consenso sobre si se trata de un desplazamiento, una mutación o una coexistencia, en Uruguay se observa una coincidencia temporal entre el crecimiento de las estafas digitales y la baja de delitos como la rapiña, el hurto y el abigeato desde 2019.

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