Chismear sobre alguien puede dar lugar a un conflicto que impacte en la moralidad, lo que además sirve como ejemplo colectivo de lo que se permite o no en una comunidad, describe la universitaria.
Por ejemplo, en una sociedad donde esté mal vista la poligamia femenina, se dirá que todo mundo anda con ella para constituir un ejemplo moral para el resto de las mujeres, considera.
«Todo lo prohibido es atractivo para la gente y si se tiene la intención de difamar, es un buen chisme que garantiza público», abunda la maestra en historia y etnohistoria.
«En la parte sensacionalista, el chisme llega a unir a una comunidad y a la vez logra su transformación ideológica. Un chisme no es chisme si no impacta en un grupo específico, si no tiene público», expone la UNAM.
Configurado con aspectos de mentira y verdad, el chismoso, quien relata el chisme elegirá qué aspecto destacar para generar audiencia, o bien la difamación o bien la verdad morbosa, que genere atracción, describe Galicia.
De acuerdo con la antropóloga existen dos tipos de chismosos, uno que ejerce el rumor motivado por la envidia, el apetito de hacer daño, y otro más profesionalizado que ha desarrollado habilidades narrativas para destacar aspectos de la información compartida de modo que genere mejores impactos entre su público.