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¿Por qué nos resulta tan molesto cuando alguien mastica a nuestro lado?

Existe un sustento científico para esa tendencia, que encuentra enloquecedor el sonido de alguien cercano mientras come o bebe a través de una pajita.

A algunos les sonará familiar. Te sientas a cenar con tu pareja frente a la tele, y procuras comer despacito, con la boca bien cerrada, intentando hacer el mínimo ruido posible al masticar, especialmente si lo que comes es crujiente. Todo sea por no irritar al acompañante, aquejado de un mal mucho más común de lo que piensas: la misofonía (que literalmente significa “odio al sonido”).

Al principio crees que simplemente tiene un súper oído capaz de escuchar el aleteo de una mariposa en el otro extremo del planeta. Luego pasas a creer que simplemente es una manía, sin demasiada base científica. Finalmente descubres que existe un sustento científico para esa tendencia, que encuentra enloquecedor el sonido de alguien cercano mientras come o bebe a través de una pajita.

Ahora le podrías decir a esa persona «quisquillosa»: Lo siento, cuando te quejabas por mis sonidos al comer maíz tostado y yo te miraba asombrado en plan “ya estamos otra vez con la manía de los ruiditos”, no tenía ni idea de que había un equipo de científicos de la Universidad de Newcastle, que estaban realizando un trabajo sobre la misofonía basándose en escáneres cerebrales efectuados a personas aquejadas de este mal.

Ahora, gracias a su trabajo sabemos que existe una conexión más fuerte de lo normal entre dos partes del cerebro, la que procesa los sonidos y la que maneja los movimientos musculares de la boca y garganta (esta última se llama por cierto corteza premotora).

Esa parece ser la razón por la que los  aquejados por misofonía se “activan” en cuanto escuchan un sonido desencadenante. Los escáneres muestran en efecto una “sobreactivación” de la región relacionada con los movimientos de boca y garganta, en aquellas personas aquejadas de este trastorno. Por contra, esta conexión no se aprecia en los integrantes del grupo de control, compuesto obviamente por personas que no sufren misofonía.

Según indica uno de los investigadores responsables de este trabajo, el neurocientífico Sukhbinder Kumar: “lo que sugerimos es que en la misofonía, el sonido desencadenante activa el área motora incluso aunque la persona solo esté oyendo el ruido, ya que siente como si el sonido se introdujera en su interior”.

En opinión de Kumar y sus colegas, los sonidos desencadenantes activan el así llamado “sistema de neuronas espejo” del cerebro. Se cree que estas células nerviosas no solo se activan al realizar una acción, sino también cuando se ve a otro realizar un movimiento particular.

Podríamos pensar entonces que la activación de las neuronas espejo a través de un sonido de activación relacionado con la masticación, podría inducir a quien percibe el sonido a masticar o tragar involuntariamente, pero esto no es lo que sucede. Según los investigadores responsables de este trabajo, el impulso puede producirse a través de lo que ellos llaman “híper espejo”. Al parecer, algunas personas tienden a imitar el sonido que les provoca la ansiedad, ya que al hacerlo encuentran algo de acomodo al reafirmar cierta sensación de control.

La buena noticia es que este trabajo británico podría establecer las bases para futuras investigaciones que, tal vez, logren desarrollar terapias efectivas para la misofonía. Algunos pacientes  se sienten profundamente estresados por esta condición.

Estadísticamente  12% de la población  experimenta síntomas moderados, pero lamentablemente existe un 0,3% de la población con casos de misofonía grave. 

En fin, mientras llegan esos futuros trabajos, el doctor Kumar afirma que el sistema de neuronas espejo se puede entrenar, de modo que tal vez sea posible que algunas personas rompan el vínculo entre el sonido desencadenante que tanto les irrita y los efectos angustiosos que experimentan como resultado.

 

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