Sobre las medidas económicas no hay mucho para discutir: son poquísimas y no le hacen mella a la situación acuciante que están pasando cientos de miles de uruguayos y miles de empresas. Pero ya sabíamos que el presidente no estaba dispuesto a incrementar la inversión pública para contener los efectos de la crisis. No lo estuvo nunca desde que asumió y, por el contrario, no ha dudado en ajustar a mansalva, sin detenerse en consideraciones de ningún tipo.
Pero sobre las medidas de intención sanitaria, hay mucho que preguntarse sin caer en indagatorias morales sobre la carga simbólica de cerrar escuelas antes que cerrar shoppings o casinos. Cabe preguntarse, por ejemplo, ya no si estas medidas son suficientes para recuperar el control sobre la epidemia, porque tal vez estamos en un punto en que ningún conjunto de medidas tiene garantías de éxito, sino si el gobierno está echando mano de todo el arsenal que permite su amplio control sobre las instituciones del Estado.
El asunto es concreto, no son disquisiciones sobre la inmortalidad del cangrejo. Si estamos en la peor parte de una pandemia que se encamina hacia un lugar en el que nunca hemos estado antes, con la saturación inminente del sistema de salud, lo que supone la incapacidad efectiva de atender a todos los enfermos críticos, ¿para qué te vas a guardar medidas? ¿Qué abismo hay que tocar para que el gobierno ponga toda la carne en el asador? ¿Cuánta desgracia se debe acumular para que Lacalle Pou cierre actividades del sector privado, que permanecen abiertas y emplean a más de un millón de personas y use las herramientas económicas de las que dispone el Estado para subsidiar a los sectores afectados y brindar ayuda real a la población?
En la conferencia de prensa, el presidente dijo que por motivos de principios estaba en contra de las cuarentenas. Como principio, es un principio insólito. Habría que buscar en la historia de la humanidad una formulación de ese estilo. Porque mirá que hay principios raros, como el de algunas interpretaciones religiosas que se niegan a las transfusiones de sangre, pero el principio de no cuarentenar ni aunque venga degollando un virus para el que nadie tiene defensas, es de cuño originalísimo. Me lo imaginé a Lacalle Pou, al borde de una guerra nuclear, justificando, en un principio ad hoc, no guardar a la población en búnkeres hasta que pase el bombardeo. Al fin y al cabo, no hay nada menos liberal que un búnker de plomo y concreto.
Si las cosas salen como el mandatario quiere, y yo también, por cierto, y estas medidas sanitarias demuestran ser las necesarias y suficientes para aplanar la curva, entonces los CTI no se terminarán de llenar y el progreso de la vacunación hará resto para terminar con la epidemia. Pero si por motivos de principios sospechosos, o por el motivo más pedestre pero más probable de que no está dispuesto a volcar dinero a la sociedad, dejar de ajustar y afectar un poco el patrimonio y la rentabilidad de los “malla oro”, si por estos motivos, se quedó con balas en los bolsillos y las próximas semanas y hasta meses nos deparan un infierno sanitario, sería bueno que admita su gravísimo error y asuma su responsabilidad sobre las consecuencias.