Profunda crisis en la economía argentina
El dólar escaló hasta $ 24 y el Banco Central llevó la tasa de interés de 27,25% a 40% para contenerlo, disminuyendo también los encajes. La obra pública sufrirá un recorte de $ 30.000 millones. La revista Forbes se preguntó si es “el momento de salir de Argentina”, con lo cual se institucionalizó la fuga de capitales, y los medios hablan de la salida de los fondos que llegaron con el último “blanqueo”. Mientras tanto, los supermercados remarcan sin descanso y la población paga facturas y compras básicas a crédito. Esto ocurre en el país que fue “el granero del mundo” y del cual ahora los inversores solamente piensan en salir. Cuando El Observador evoca las cíclicas grandes crisis argentinas (desde el “Rodrigazo” de 1975, pasando por la que precedió a la derrota en la Guerra de Malvinas, hasta la catástrofe de diciembre de 2001, que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa), también recuerda grandes filmes como Plata dulce (con el impagable Julio De Grazia diciendo tras la rejas: “No te preocupes, Dios es argentino”), hasta la más reciente Las viudas de los jueves, que relata cínicamente cómo la pequeña burguesía que medraba en la “bicicleta financiera” vivió literalmente su suicidio ante la crisis provocada por Carlos Saúl Menem y Domingo Cavallo. Las grandes debacles económicas, originadas en crisis de confianza en el funcionamiento gubernamental parecen ser una constante en la historia argentina, por lo menos desde el fin de la Pax Britannica, circa 1940. El 10 de diciembre de 2015 se instaló el gobierno presidido por el ingeniero Mauricio Macri (1959), hijo del megaempresario Franco Macri, y empresario él mismo, presidente del Club Atlético Boca Juniors entre 1995 y 2008, ejecutivo del Grupo Macri y del Citibank, diputado entre 2005 y 2007 y jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires entre 2007 y 2015, que hasta sufrió la terrible experiencia de un secuestro a manos de la “banda de los comisarios”. Lo único que no cabía suponer era que este hombre experimentadísimo -rodeado de lo más poderoso de la oligarquía argentina, con la que se formó en el exclusivo colegio Cardenal Newman, y arropado por el FMI y el Banco Mundial- perdería el tino y no sabría leer las señales de la realidad, o solamente trabajaría para su clase social (como hacen Donald Trump y Michel Temer, en otros contextos), sin preocuparse de que la pobreza supere 30%, la inflación se proyecte a 40%, y todo su “modelo” se exponga a una pronta destrucción. Basta ver TodoNoticias (TN, el canal del Grupo Clarín) o leer la revista Noticias -enemigos furibundos del kirchnerismo que auparon a Macri al poder- para ver que solamente envían mensajes para que cambie su rumbo en beneficio de los sectores más vulnerables, y le señalan sus errores, llegando, en el caso del conocido periodista Alfredo Leuco, hasta a pedirle que destituya a sus ministros de Finanzas (Luis Caputo), de Hacienda (Nicolás Dujovne) y de Energía (Juan José Aranguren) por tener todos gran parte de sus fortunas en el exterior, y haber manifestado el tercero que “a medida que recuperemos la confianza en Argentina, regresaremos el dinero”, o sea, afirmar implícitamente que Argentina no es confiable. Se vino el estallido Todo ese desgaste y esa inoperancia para vencer la falta de crecimiento robusto y una adecuada distribución de la riqueza (a pesar de un déficit fiscal de 7% del PIB de US$ 660.000 millones y un déficit en cuenta corriente de US$ 30.000 millones) estalló en una caída masiva de la confianza pública, que se refugió en el dólar como ha ocurrido tantas veces. La divisa norteamericana pasó de costar $ 20,80 a $ 24,50, para descender el lunes -tras las durísimas medidas adoptadas- a $ 22,30 el lunes 7. El dique de contención fue la venta de 10% de las reservas, la suba de la tasa de política monetaria del Banco Central de la República Argentina de 27,25% a 40%, y el fin del anunciado plan de obras públicas con un recorte de $ 30.000 millones. Todas estas medidas provocarán indudablemente una mayor contracción de la economía, y a su vez, en el mediano plazo, una mayor inflación debido al aumento del costo del dinero. En definitiva, más pobreza, recesión y desempleo. Los acontecimientos determinaron que la popularidad del presidente Macri cayera de 35% a 15%, en tanto que la mayoría de los encuestados afirma no creer que la situación económica y social de Argentina vaya a mejorar. La inflación fue 24,8% en 2017 y todo señala que no bajará de 30%, por ser muy cautelosos, en el año en curso. Los ministros de Hacienda y Finanzas (que, reiteramos, tienen gran parte de sus fortunas en el exterior) dieron una conferencia de prensa autotranquilizante y el presidente Macri se manifestó satisfecho el lunes, a la salida de una serie de reuniones con sus principales colaboradores. El rumbo y los impactos No puede decirse que el gobierno no tenga rumbo: este quedó fijado en su primer acto, que fue suprimir las “retenciones” (impuesto a los grandes exportadores, que el ministro Roberto Lavagna, el más exitoso en más de 50 años de historia argentina, fijó en 30% y CFK llevó a niveles de hasta 43%) y un fenomenal aumento de tarifas. La ecuación era obvia: había que reponer el agujero fiscal abierto por la caída de los impuestos que pagaban los grandes terratenientes y ello se hizo mediante las tarifas públicas, que a su vez movieron al dólar y a la inflación. Por supuesto, ese rumbo no ha cambiado. Por el contrario, aparecen fantasmas del pasado como el impresentable Ricardo López Murphy (exradical que sólo consiguió ser ministro de Economía entre el 5 y el 20 de marzo de 2001, ya que el ajuste que aprobó hizo que Fernando de la Rúa tuviera que echarlo sin contemplaciones); el también impresentable José Luis Machinea, que mantuvo la insostenible “convertibilidad” de Domingo Cavallo entre el 10 de diciembre de 1999 y el 5 de marzo de 2001; y del mayor impresentable, el mencionado Cavallo, que fue ministro de Economía de Carlos Saúl Menem entre 1991 y 1996 (cuando impuso el imposible “un dólar=un peso argentino”), y volvió a serlo con Fernando de la Rúa entre el 20 de marzo y el 20 de diciembre de 2001, cuando la crisis de atraso cambiario que creó con su Ley de Convertibilidad -y los demás mantuvieron- hizo que Argentina explotara, situación que Uruguay viviría poco después, con la Crisis de 2002, que respondió a idénticas causas endógenas que las acaecidas en Argentina. Estos dirigistas de derecha (no debe decírsele neoliberales porque de liberales no tienen nada) vuelven ahora con sus planteos de un ajuste mayor, ya que es la única política que conocen: contraer la masa monetaria, los salarios, las jubilaciones (Menem y Cavallo alentaron el suicidio de miles de pensionados) y privatizar las empresas y bancos públicos, mientras protegen las rentas del gran capital. Son los antikeynesianos de siempre, los que veneran a Milton Friedman, asesor de los dictadores genocidas Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla y sus socios uruguayos. Están en sintonía con Henrique Meirelles y propondrán una mayor dosis de recesión y desempleo. En Uruguay tienen socios ideológicos que cada tanto los invitan a sus foros y que también simpatizan con sus políticas. Habrá que ver cuánto aguanta Argentina antes de un nuevo e inevitable estallido, que necesitamos que sea evitado.