Hoy, algunos analistas ven ecos de ese proceso en Estados Unidos. Por un lado, la economía estadounidense enfrenta tensiones estructurales: una deuda elevada, políticas económicas a veces contradictorias y un crecimiento que, aunque impulsado por sectores como la inteligencia artificial, no termina de disipar las dudas de los inversores. Por otro, las tensiones geopolíticas —incluyendo guerras comerciales y conflictos internacionales— introducen incertidumbre sobre la estabilidad del sistema que el propio Estados Unidos lidera.
En este contexto, surge una lectura más crítica: la guerra y la confrontación geopolítica pueden interpretarse como intentos de sostener, de manera artificial, una hegemonía en retroceso. No se trata únicamente de conflictos territoriales o comerciales, sino de disputas por el control de las reglas del sistema internacional. Si el dólar es el eje de ese sistema, cualquier cuestionamiento a su centralidad tiene implicancias globales.
Otro indicador relevante es la evolución de las reservas internacionales. La participación del dólar en las reservas globales ha venido descendiendo, pasando de aproximadamente el 71% a fines de los años noventa a cerca del 59% en las últimas décadas. Si bien sigue siendo claramente dominante, la tendencia muestra una diversificación progresiva, con mayor presencia de otras monedas y activos.
A esto se suma un fenómeno más reciente: la volatilidad del dólar en los mercados. En 2025 y comienzos de 2026 se observaron episodios de depreciación frente a otras divisas, acompañados por decisiones de inversores de reducir su exposición al billete verde. La incertidumbre política interna también juega un papel importante, ya que introduce riesgos adicionales que afectan la percepción de estabilidad.
Sin embargo, sería apresurado hablar de un colapso inminente. El dólar mantiene lo que históricamente se ha denominado su “privilegio exorbitante”: sigue siendo la principal moneda de reserva, de comercio internacional y de financiamiento global. No existe hoy una alternativa clara capaz de reemplazarlo en el corto plazo. La transición, de ocurrir, sería necesariamente lenta y fragmentada.
La lección que deja la experiencia británica no es tanto que el declive sea inevitable, sino que la confianza es un elemento central y frágil. Una vez que se erosiona, es difícil reconstruirla plenamente. En ese sentido, el debate actual sobre el dólar no es solo económico, sino también político y simbólico: tiene que ver con quién define las reglas del juego global.
Entonces, ¿qué pasará con el dólar? Probablemente no asistamos a una caída abrupta, pero sí a un proceso de transformación en su rol. Más que un “fin del dólar”, lo que se vislumbra es un mundo más multipolar, donde su hegemonía será cada vez más disputada.
La pregunta, en última instancia, no es si el dólar dejará de ser dominante mañana, sino si ya ha comenzado —aunque de forma silenciosa— el largo proceso de dejar de ser incuestionable.