Quino y la filosofía de la dignidad
En los últimos días se ha hablado de Quino a lo largo y a lo ancho del mundo conocido. Ocurrió con motivo de su muerte y, sin embargo, bien puede decirse que la muerte es, en el caso del famoso dibujante argentino, un accidente menor, un resbalón del tiempo que no mengua, sino que acrece su figura. Esto es lo que suele suceder con el arte y con los artistas, sea cual sea el medio que elijan para expresarse. A Quino lo eligió la historieta, la viñeta, la tira tragicómica, el preciosismo de la línea, el detalle estirado hasta lo inverosímil y, por supuesto, el caudal interminable de su pensamiento. Su casi brutal poder de síntesis ha hecho de Quino un verdadero filósofo, un pensador minimalista que no dejó casi ningún rincón del corazón humano por explorar. Hurgó en todos y cada uno de los pliegues de las intenciones y de las miserias de la gente, pero lo hizo rescatando siempre la ternura, esa rara condición que supo conocer a fondo, y que emana sin lugar a dudas en cada uno de sus personajes principales. Como el gran dibujante español Antonio Mingote, en cierto modo Quino fue, además de filósofo, un cirujano que supo salvar cuanto rozó de lo trágico, de lo melodramático y de lo macabro, de lo sensiblero y de lo humorístico de nuestro diario acontecer. Más de una vez Quino sabe ser cruel, agresivo y tajante. Mafalda, su creación principal, no deja de ser un personaje traumatizado y traumático. Y como paradoja, Quino o, mejor dicho, Joaquín Salvador, era un hombre apacible, amigo de sus amigos, que iba por la calle sin llamar la atención de nadie, pero capaz de darle ideas insólitas e inquietantes a su legión de niños, entre los que sobresalen Mafalda y Libertad.