El balotaje de noviembre, que tendrá lugar por la desmesurada exigencia de nuestro sistema electoral -con números similares en Argentina o Bolivia, que votan en la misma semana, Martínez sería electo en primera vuelta- que hace pesar en el conteo hasta los votos en blanco, enfrentará al tipo más simpático de la política uruguaya, Daniel Martínez, con el dirigente más rechazado de todos, Luis Lacalle Pou. Cualquier observador imparcial del mundo diría que en una justa entre dos, en la que el primero arranca con una ventaja superior a los diez puntos, y en la que el desafiante es el campeón nacional de los resistidos, la elección está prácticamente definida. Pero acá, lo más probable, es que si el Frente Amplio no llega a la mayoría parlamentaria, así sea por un voto, todo el concierto de medios y analistas dedicará el mes de noviembre a destruir la moral de los frenteamplistas y a inflar de esperanza a los derrotados. La idea será instalar una victoria de la oposición en el plano de la cabeza de los uruguayos, para que luego esa certidumbre sembrada contra los datos se convierta en una realidad en las urnas. Buscarán que el votante exitista, ese que se comporta como una veleta que sigue la marea popular, se vuelque hacia los opositores, no por mérito de un desempeño concreto, sino por la virtud de una estrategia de mar de fondo, en que todo el que no vota al Frente, vota en contra del Frente Amplio sin importar lo que se les ofrezca.
Esa estrategia, que va a ser la estrategia principal de campaña, tiene una profunda limitación: asume equivocadamente que los uruguayos y uruguayas que votan distinto del Frente Amplio prefieren al neoliberalismo a la continuidad política de la izquierda. Y eso es mentira en todos los partidos, pero fundamentalmente es mentira en los partidos menores, incluyendo al partido de Manini Ríos. El neoliberalismo es un dogma económico que, donde se ha aplicado, ha conducido al desastre. La mayoría de los millones de uruguayos que lo padecieron no quieren volver a eso nunca más y a los cientos de miles que no lo recuerdan o no lo comprenden, es necesario ponerlos al tanto. Ningún asalariado civil o militar, salvo una casta minúscula, se beneficiaría de un gobierno neoliberal diseñado por tecnócratas a sueldo de los ricos para favorecer a banqueros, empresarios poderosos y voraces transnacionales.
Desnudar el carácter neoliberal del programa de Lacalle Pou es la tarea de la hora. La gente intuye su carácter clasista y los intereses que defiende hasta en los detalles más íntimos de su modo de vida, y por eso la inmensa mayoría lo rechaza. Pero la operación de maquillaje y de ocultamiento será feroz. A partir del 28 octubre, si el Frente no alcanza una mayoría indescontable, el pueblo uruguayo será sometido a un verdadero juego psicológico que habrá que desarmar pieza por pieza con la razón y el corazón. El triunfo está ahí nomás, al alcance de la mano. Y hoy, pese a quien pese, es lo más probable.