No obstante, John Springford, jefe del Centro para la Reforma Europea, expresó que no hay razones para manifestar optimismo con una medida que no hay pruebas de que la medida atraiga a los inversores, en la medida que previsiblemente se reducirá la actividad de las empresas, que dependen del comercio sin restricciones y de la libre circulación de la mano de obra.
A ello se agregaría el incremento del gasto público, en la medida en que la economía mundial no está creciendo, particularmente por las tensiones comerciales entre los grandes bloques. Se suma a ello la depreciación de la libra, ya que mientras los precios de las importaciones y la inflación se incrementaron, sucedió lo inverso con los salarios, que se redujeron en un promedio del 2,9%.
Se la libra se apreciara, estas variables mejorarían. Pero después del referéndum sólo lo ha hecho en un 3,5%, requiriéndose un 8% para lograr un equilibrio razonable.
Con las inversiones sucede algo análogo, ya que las mismas, según el Banco de Inglaterra, se retrajeron en un 8%.
En definitiva, las expectativas respecto a una recuperación de la economía tras el Brexit, podrían comenzar a sentirse lentamente -en la mejor de las hipótesis- y siempre dependiendo de las alternancias de la economía mundial.