La obra fue recibida con enorme entusiasmo. En los primeros años del siglo XX se multiplicaron de tal manera las reediciones que su propio autor perdió la cuenta; y mereció elogiosos comentarios de escritores y filósofos como Miguel de Unamuno, Juan Valera, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Francisco García Calderón y muchos otros. Tal como señala Real de Azúa, ni una sola de las mayores autoridades de las letras iberoamericanas dejó de colocarlo entre los más grandes, es decir, entre escritores de la talla de Sor Juana Inés de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Andrés Bello, Domingo F. Sarmiento, José Martí y Rubén Darío.
Persecución de la verdad y americanismo; esos son los grandes pilares del Ariel de Rodó. Unión americana, pensamiento genuinamente americano, solidaridad americana (lo cual no significa norteamericana sino en todo caso latinoamericana en su más honda acepción), en la pluma de un uruguayo que se mostró hondamente preocupado por los destinos humanos, políticos y sociales de nuestro continente. Su mensaje, sin embargo, ha sido tergiversado o incomprendido en buena medida, debido en parte a algunos términos que el propio Rodó utiliza, como su reiterada invocación a “los mejores” o a las superioridades en el marco de una democracia. Esa referencia a los mejores ha sido entendida como elitista o clasista, cuando en verdad alude al estricto ámbito moral, o sea a los talentos y a las virtudes (y jamás al dinero, la clase social o la pertenencia a una oligarquía, como algunos creen o desearían creer) en el marco de los conceptos emanados del artículo 8 de nuestra Constitución: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.
Hay algo más en Rodó: una ética que no admite claudicaciones, aquiescencias o imitaciones de ninguna índole. Una ética que postula libertad, dignidad y responsabilidad, sin caer en los lugares comunes de lo “políticamente correcto”. El ser humano no puede permanecer atado a rígidos patrones -léase estereotipos- sobre sí mismo y su entorno, así como tampoco puede permanecer ajeno a los riesgos del imperialismo (en este caso de Estados Unidos). Ariel es también un mensaje dirigido a la juventud, en el doble sentido del individuo y del continente. La juventud es un estado de la vida vinculado a la fe, a la esperanza y al porvenir, donde todo está por hacerse. Rodó entendía necesario dotar a esa juventud (tanto a la de los sujetos como a la americana, en lo político, social, económico y cultural) de espiritualidad, o sea de un deseo de elevarse por encima de la puntual materialidad, que es necesaria pero que no puede constituir la meta última de ningún ser humano. Hace falta asomarse a Rodó, sin determinismos y sin prejuicios. Hace falta saber un poco más sobre el escritor uruguayo que nos advirtió en 1900, que en la ciega admiración a Estados Unidos, “en ese esfuerzo vano, hay además no sé qué cosa de innoble. Género de esnobismo político […], género de abdicación servil”; porque “el cuidado de la independencia interior -la de la personalidad, la del criterio- es una principalísima forma del respeto propio”.