El mecanismo del examen es una instancia clasificadora de personas que en su tiempo fue muy eficiente para ese fin. Es la expresión pura de una educación media selectiva, pensada para unos pocos y, justamente, creo que allí podría residir una de las explicaciones por la que los estudiantes de hoy día no concurren a las instancias de examen. Quizás en el interior del país haya otro panorama, pero en Montevideo, son muy pocos los estudiantes que se presentan a rendir exámenes. Incluso es observable que hay más estudiantes presentes en los períodos de diciembre y febrero, y en los períodos de julio y setiembre, el liceo está desierto. Algunos podrán pensar que en este mundo, regido por el principio del placer, ningún joven quiere pasar la bochornosa sensación que un examen genera, con tres docentes de gestos anticipatorios que preguntan una y otra vez los temas del curso. Porque convengamos que un examen es eso, el control que los docentes hacemos sobre una porción de información que estuvo enunciada alguna vez en el programa del curso. En resumen, un examen es una herramienta de control. En cierto momento, dio resultado porque respondía a una propuesta educativa “contenidista”, pero hoy ya no es un mecanismo efectivo. Por eso, los jóvenes ya no habitan el lugar y el tiempo del examen, prefieren cursar nuevamente un año entero y algunos adultos se desesperan porque asocian la calidad educativa con la capacidad de recitar contenidos.
El otro día escuché por enésima vez a la pedagoga argentina Graciela Frigerio. Siempre es un placer hacerlo, un placer que nace de la inquietud que su palabra despierta, hábilmente disparadora. Con mucha naturalidad planteó la necesidad e incluso la obligación de ver qué posibilidades hay de abrir un nuevo campo de sentidos plurales para la experiencia escolar, aprovechando este tiempo en que políticamente algo está tratando de transformarse. Y uno, que ha aprendido a recorrer con ella la práctica de la interrogación acerca de qué experiencias les ofrecemos a nuestros jóvenes en los liceos, no puede menos que conmoverse en este fin de año y plantear que en tiempos en los que estamos transitando hacia una educación rupturista con respecto a la tradicional, con duplas y tríos de docentes buscando la intersección disciplinar, lanzando preguntas para provocar el pensamiento, intentando la investigación, hay que poder crear una evaluación acorde, una evaluación que forme parte del proceso de enseñar y del proceso de aprender, que tenga sentido y no sea torturante.
Sé que este tema, como tantos otros, es muy polémico y la brevedad de estas líneas puede llevar a realizar interpretaciones incorrectas de mi sentir y a fortalecer la mirada siempre rigurosa de aquellos que piensan en el pasado como el tiempo paradisíaco de la vida, pero realmente es necesario poder establecer la pregunta acerca de por qué resguardamos los períodos de examen y su mecanismo y nos negamos a pensar otras modalidades de evaluación que puedan ser habitadas por los jóvenes de hoy, exhibiendo sus aprendizajes como fuerza motora para seguir aprendiendo.