Entrevistado por El Espectador, Cano sostuvo que puede “dar testimonio” de las cosas que ve, pero también de las cosas que cuentan los y las docentes, que en realidad “ellos pueden tomar nota de estas situaciones en casos muy agudos, un desmayo o una descompensación” o a veces en situaciones que pueden percibir a partir de tener “ciertas intuiciones”, y es recién en un ámbito de más “intimidad” donde los estudiantes reconocen “que no han comido desde la mañana”.
A raíz de esto, explicó, “es muy común que los docentes compren de su bolsillo un alfajor o una medialuna para los alumnos”, ya que el acceso a viandas escolares por parte de los liceos es “un mecanismo que se ha burocratizado”; asimismo, “muchas veces los estudiantes no quieren ir a la escuela o a donde hay que buscar el lugar donde dar esa vianda porque no es una situación fácil de expresar abiertamente” puesto que el hambre “tiene una carga que es muy dramática”, no solo “lo que implica fisiológicamente, sino en todas las dimensiones”.
Según Cano, “la problemática se ha agudizado”, y no es un tema “del que se esté hablando con la altura que corresponde a la gravedad del problema”. Así las cosas, en este fenómeno convergen “dos situaciones”, una “que es particularmente grave en los adolescentes, porque en las escuelas hay un sistema de comedores, y cuando se pasa de sexto de escuela a primero de liceo ese sistema se pierde”, ya que “no existe una política de alimentación en los liceos”, y lo otro se apoya en los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística en relación a la pobreza, donde “detectan que el rango de edad donde creció más es entre 13 y 17 años, un rango de edad que no tiene cobertura en las instituciones”.