En 2018, sucedieron algunos eventos, personales y académicos, que la llevaron a replantearse el trabajo de investigación. "En esa época recién llegaba el término feminismo a la FADU [Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo] y empecé a leer mucho sobre el tema. En ese proceso me di cuenta que mi tesis hablaba sobre desigualdades sin tener en cuenta la perspectiva de género, y decidí que tenía que ser parte del análisis, como una capa más de la desigualdad”.
La “semiprivacidad”
En Montevideo la normativa prohíbe las urbanizaciones totalmente cerradas y, por este motivo, a estos barrios se los puede catalogar como "semiprivados", término que la autora tomó de su tutor, Marcelo Pérez, licenciado en Ciencia Política, doctor en Estudios Urbanos y docente de la Udelar.
Según Rodríguez, la principal diferencia entre ambos modelos es que a los barrios semiprivados pueden entrar personas que no los habitan, aunque aseguró que “por momentos la experiencia puede ser muy compleja”. "Si bien durante mi trabajo de campo todas las veces que fui entré, algunas veces me siguieron y me prohibieron sacar fotos", expresó.
“Tienen características similares a las de un barrio privado: vigilancia las 24 horas y pocos puntos de ingreso, lo que genera un aislamiento respecto a la trama urbana que está alrededor. Son en general viviendas unifamiliares, con un patio, una piscina, tienen calles curvas, espacios verdes, algunos tienen lagos”, describió.
Con los lentes violetas
¿Qué hallazgos aparecen cuando se observa el fenómeno de los barrios semiprivados desde una perspectiva feminista? Para responder esta pregunta Rodríguez detalló primero las diferentes dimensiones que guiaron su análisis, asegurando que buscó “analizar a cada una de ellas desde la perspectiva de género”. A la dimensión política la definió como “la planificación concreta”, es decir, “cuáles son los instrumentos de ordenamiento territorial utilizados, las políticas públicas y qué dice la normativa para esa zona”. La dimensión material, explicó, “tiene que ver con lo construido: la morfología urbana, cómo es la ciudad, cómo son las manzanas, cómo se ocupan los padrones, infraestructura, equipamientos, espacios públicos, etcétera”. La dimensión simbólica “analiza lo intangible como las prácticas sociales, las representaciones o las percepciones, tanto de la zona como de las mujeres”.
En cuanto a la dimensión política, la autora confirmó que, “si bien existe en Montevideo una Estrategia para la Igualdad de Género, aún es difícil encontrar esta mirada en los instrumentos de ordenamiento territorial”.
Para diagnosticar la dimensión material, Rodríguez analizó cinco pilares del urbanismo feminista, tomados del Colectivo Punto 6: proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad. A estos, le sumó el concepto de seguridad ciudadana de Jane Jacobs. De acuerdo a lo expuesto en la tesis, “la proximidad hace referencia a una red de cercanía conectada vinculada a servicios y equipamientos necesarios para la vida cotidiana”. Por otro lado, la diversidad tiene que ver con “la mixtura social, física y funcional del territorio. Esto se relaciona con una red de lugares complementarios mediante los cuales se propicia la variedad de personas, actividades y usos de manera democrática atendiendo las diferentes necesidades de cada persona”. Sobre autonomía explica que “está condicionada por la accesibilidad universal, física y económica de los espacios”. En tanto, la vitalidad “tiene que ver con la presencia continua y simultánea de personas. Eso a su vez se vincula con la densidad de usos y actividades necesarias para favorecer el encuentro, la socialización y el apoyo mutuo entre personas”. En el caso de la representatividad implica “reconocer la memoria de personas y colectivos, en especial de las mujeres y de las minorías, mediante la nomenclatura y la señalización de los espacios públicos”.
Con respecto al concepto de seguridad ciudadana, Rodríguez explicó que implica “otras formas de garantizar la seguridad en las calles que no se vinculan al control y la vigilancia”, como por ejemplo la iluminación, una clara demarcación entre los límites de lo público y lo privado, que los edificios estén orientados a la calle para que desde estos se pueda observar a las personas o que no existan muros que impidan la visión, entre otros.
Algunos resultados
Para analizar cada una de estas variables, Rodríguez elaboró una tabla a partir de cinco preguntas específicas. En el caso de la proximidad, por ejemplo, analizó si había paradas de ómnibus o comercios cercanos, tomando como distancia óptima entre 300 metros y 500 metros, asociada a un tiempo estimado de entre 5 y 10 minutos a pie. “Los resultados mostraron que ninguno de los barrios cumplía con este criterio, debido a su lejanía. La parada de ómnibus más cercana se encuentra sobre Camino Carrasco, a varias cuadras. Son barrios pensados para moverse en auto”, señaló.
La diversidad tampoco es una cualidad de estos enclaves. De acuerdo a la investigación, estos barrios son entre un 80 % y 90 % residenciales, lo que impide el cruce entre distintas clases sociales o actividades. Para Rodríguez, esto genera una dinámica de "entre nos", donde lo diferente se termina percibiendo como una amenaza.
En relación a la autonomía, se evaluó, por ejemplo, si el entorno permite que infancias, adultos mayores o personas con discapacidad se muevan solos de forma segura. En este caso, el diagnóstico reveló una prioridad absoluta del vehículo privado. “La ausencia de veredas y las grandes distancias obligan a que niñas, niños y adolescentes dependan siempre de otra persona”, señaló la autora.
Al referirse a la vitalidad, la entrevistada sostuvo que la morfología urbana de estos barrios, con calles curvas sin salida y “muros vegetales”, limita el flujo de personas ajenas al barrio. A su modo de ver, al no haber comercios o plazas equipadas, el espacio público es "como una escenografía", donde escasea el intercambio social. A su vez, este tipo de diseño fomenta, según la arquitecta, la reclusión doméstica de las mujeres.
Otro de los aspectos que observó la experta en estos barrios fue la presencia de aros de básquetbol ubicados cada dos cuadras, que “parecían transmitir la idea de que la calle podía ser utilizada como espacio de juego”. Sin embargo, explicó que esos espacios permanecían vacíos, “no había personas jugando”.
La representatividad también brilla por su ausencia. De acuerdo a Rodríguez, el nomenclátor de las calles refuerza la hegemonía masculina: “Los pocos nombres propios detectados corresponden a varones o santos”.
En el análisis de la dimensión simbólica, la investigación de Rodríguez pone al descubierto cómo la publicidad inmobiliaria que utilizan para vender estos espacios perpetúa estereotipos de género. "Las fotos que aparecen en páginas web de estos barrios, generalmente, muestran a las mujeres en la cocina, cuidando infancias, tomando sol o en actitudes pasivas, mientras que los hombres aparecen activos, trabajando, con la computadora, etc. Además, casi siempre muestran familias tradicionales, compuestas por mujer, varón y niña o niño, y por lo general blancas”, dijo cuestionando la falta de diversidad en el modelo de familia promocionado.
Opacidad
Acceder al corazón de estos barrios para conocer la voz de sus protagonistas fue uno de los mayores desafíos de la investigación, según contó la autora. Debido a la “opacidad” de estos sectores, no logró coordinar entrevistas presenciales y tuvo que recurrir a un cuestionario enviado por Google Drive que finalmente completaron nueve mujeres del barrio San Nicolás. "Mi idea inicial era entrevistar a las mujeres que viven en estos barrios y también a las mujeres que van a estos barrios a trabajar como empleadas domésticas. Quería hablar de lo que sentían. Porque quizás muchos residentes no tienen que dedicarse a las tareas o a los cuidados, pero hay otras de menores recursos que sí. Y siempre es una mujer. Me pregunto, por ejemplo, ¿hasta qué punto las mujeres eligen ese tipo de residencia y estilo de vida o si la autosegregación por poder adquisitivo puede esconder formas de opresión? Lamentablemente, ese tipo de cosas no las pude comprobar”, dijo citando antecedentes de suburbios norteamericanos similares que describen un "malestar que no tiene nombre" entre las mujeres confinadas en el hogar.
Con respecto al alcance de estas entrevistas, Rodríguez explicó que, aunque no se trata de una muestra estadística, “sus respuestas colaboraron en el armado de un panorama sobre movilidad, actividades y relacionamiento en estos barrios”.
Las mujeres que respondieron el formulario cuentan con un alto nivel educativo, en su mayoría universitarias con estudios de posgrado. A su vez, declararon tener personal de servicio y, en general, cuentan con trabajadoras que viven en el hogar bajo el régimen de "cama adentro".
Con respecto a la forma de movilidad se pudo saber que la dependencia del automóvil es absoluta y unánime. Las nueve participantes manifestaron que se mueven exclusivamente en vehículo particular.
Sobre la ausencia total de veredas, solo dos de las nueve mujeres consideraron que sería bueno que existieran, mientras que el resto se mostró indiferente o consideró que no son necesarias.
El miedo al "afuera" es quizás el hallazgo más revelador de estos testimonios. Las mujeres indagadas admitieron que, por seguridad, "a partir de las 8 no salen del barrio". Para la investigadora, “esta percepción del afuera como amenaza refuerza la autosegregación”.
En cuanto a la convivencia, la mayoría prefiere mantener el control sobre quién cruza los límites del barrio. Solo dos de las nueve mujeres se mostraron a favor del ingreso libre de personas ajenas, mientras que la mayoría prefiere que el acceso sea restringido o bajo aviso previo.
Repensar la ciudad: reflexiones para el debate
Entre las principales conclusiones, el trabajo de Rodríguez resalta que, aunque Montevideo cuenta con instrumentos de planificación avanzados, “es necesario seguir trabajando para pasar de lo que planificamos a lo que hacemos" en materia de igualdad de género.
Su tesis no solo documenta la expansión de este tipo de barrios, sino que invita a repensar un modelo de ciudad que, bajo la promesa de seguridad y exclusividad, además de profundizar la desigualdad, podría estar cimentando nuevas barreras la integración social y la autonomía de las mujeres. "Creo que cuando medimos el crecimiento urbano solo en plata o en metros cuadrados construidos quedan en segundo plano partes importantes de la ecuación. Es verdad que necesitamos inversión y crecimiento, pero también sería bueno preguntarnos, por ejemplo, ¿quiénes van a ir a vivir a esos lugares? ¿No sería posible incluir otro tipo de vivienda, como cooperativas?”, cuestionó.
Para Rodríguez es necesario cuestionar la forma en que se piensa la ciudad, “colocando a las personas y al ambiente en el centro" de la planificación urbana.