Cooperativa social Gastrovida
Una de las claves del proyecto es su articulación con la cooperativa social Gastrovida, integrada por personas con trayectorias de vida atravesadas por la privación de libertad, la situación de calle o la jefatura de hogar en contextos de vulnerabilidad. Son ellos quienes producen los alimentos que se sirven a diario, generando una dinámica en la que quienes cocinan comparten experiencias similares con quienes asisten.
Para Melgar, este aspecto no es menor. “No es solo la comida en la mesa; hay una historia detrás, una motivación distinta, una lógica de economía social y solidaria que también cumple un rol”, señaló. La funcionaria enfatizó que este modelo permite mostrar que, con derechos garantizados y acompañamiento adecuado, es posible construir salidas sostenibles a situaciones de exclusión.
Experiencia de El Hacha
El comedor atiende actualmente a 80 personas, una escala que, según explicó, permite trabajar con mayor profundidad en los vínculos y en los procesos individuales. “No es lo mismo que un comedor que atiende a mil personas por día. Acá hay otra posibilidad de acompañamiento”, indicó.
Ese acompañamiento se traduce en instancias que van más allá de la alimentación, hay talleres, apoyo para la elaboración de currículums y espacios de intercambio cotidiano que surgen naturalmente al compartir la mesa. “El acto de comer juntos abre conversaciones sobre la vida, y eso también necesita ser acompañado”, sostuvo.
La experiencia de El Hacha, financiada por el INDA, se proyecta como un modelo replicable en otros puntos del país. En el fondo, plantea una redefinición del concepto de alimentación pública, no solo como respuesta a la necesidad inmediata, sino como una herramienta para reconstruir autonomía, dignidad e integración social.
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