Meta negó las acusaciones, calificándolas como “alegadas, infundadas y divorciadas de la realidad”. Aseguraron que estas prácticas no forman parte de sus políticas de anuncios dirigidos y que han implementado cambios para proteger la experiencia de los adolescentes, como las cuentas de “Teen Accounts” con filtros preestablecidos y control parental.
Sin embargo, estos contraargumentos se suman a un patrón más amplio de cuestionamientos hacia la plataforma por priorizar el engagement sobre la seguridad, especialmente en poblaciones sensibles.
¿Una práctica sistemática? Las repercusiones éticas y regulatorias
El testimonio de Wynn-Williams se inserta en un contexto donde Meta ya enfrenta múltiples investigaciones. Se le acusa de diseñar sus plataformas para enganchar a jóvenes mediante algoritmos adictivos, desatendiendo los daños psicológicos que esto les puede causar
Expertos y legisladores advierten que lo que en otros ámbitos sería considerado explotación emocional podría ser una violación ética o incluso legal, especialmente tratándose de menores.
Las denuncias de Sarah Wynn-Williams ponen en el centro una pregunta clave: ¿puede una empresa tecnológica usar la inteligencia artificial para beneficiar sus ingresos, incluso si implica atacar las inseguridades de menores? Si resultara ser una práctica estructural, podría demandar una respuesta regulatoria urgente y cambios profundos en cómo se gestiona la publicidad en línea dirigida a adolescentes.