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Sigmund Freud, psicoanalista: "Solo hay una persona con la debes compararte"

Desde la psicología nos previenen sobre las comparaciones, puesto que pueden ser injustas y crear envidias. No obstante Freud nos plantea un tipo de comparación que sí puede sernos muy útil.

El dicho popular nos enseña que “las comparaciones son odiosas”. Lo que ocurre es que la educación moral va por un lado y la social va por otro. Y vivimos en una sociedad donde la comparación está a la orden del día.

La sociedad capitalista de consumo se basa precisamente en la libre competencia y en la capacidad de ofrecer un producto mejor que los otros. La idea troncal es que así nos beneficiamos todos. Mejora la calidad del producto o las capacidades de los trabajadores cualificados.

Queremos ser los mejores para ganar más. El estilo capitalista de Estados Unidos, que muchos ponen como ejemplo, es peor. Allí lo habitual es que tu carta de presentación sea decir lo que cobras. Una forma sin tapujos de compararte y valorarte. ¿Es lo que quieres ver en tu sociedad?

En estos lares no llegamos a estos extremos y, al menos hasta donde yo sé, es de mala educación ir preguntando o dando el sueldo a tus colegas. Pero eso no quita que nos comparemos de mil otras maneras.

Cuando vemos el auto de otra persona, su vestuario, el piso, el estilo de vida en general. “No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados en compararnos con los demás”, nos afeaba la conducta el filósofo Slavoj iek, siempre provocador pero certero.

Sigmund Freud: las envidia y comparaciones

Esa comparativa nos está haciendo daño. Y ya sé que me dirás que no es fácil obviarla, porque no vivimos en una torre de marfil. Vivimos en una sociedad donde las interrelaciones importan. Y la publicidad, las redes sociales y los medios, incitan a esa comparación.

Por eso la psicología lleva casi un siglo trabajando ese aspecto, desde que el consumismo se hizo masivo y se empezó a ver esos efectos. Y lo que se vio es que sobre todo nos comparamos con los que tienen más y mejor que nosotros. Algo que erosiona el bienestar.

Estos estudios que ha hecho la psicología respecto a las envidias y comparaciones son relativamente recientes, desde la Segunda Guerra Mundial en adelante.

Pero, por supuesto, las comparaciones y sus riesgos ya se habían establecido antes. El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, clamaba por el amor al otro como bien preciado. Y advertía que las comparaciones pueden activar vergüenza, rivalidad, culpa o sensación de insuficiencia.

El primer error es creer que nuestra visión nos va a dar una imagen objetiva o completa de la otra persona. Lo único que hace es vemos es lo que esa otra persona quiere o lo que conseguimos ver, que no es todo.

Freud pudo comprobar en sus estudios que detrás de personas aparentemente perfectas se escondían situaciones muy oscuras y dramas. Lo mismo que nos pasa hoy con las redes sociales, que tantos problemas de salud mental ha creado precisamente por mostrar una realidad que es falsa.

En este sentido, ya ves que no hay nada nuevo. Volvemos a caer en los mismos errores precisamente por este afán de comparación.

Entonces, ¿no hay comparación posible? Freud nos dice que sí. Hay una persona en la que sí podemos fijarnos.

“La única persona con la que debes compararte es con la que eras ayer, esa es la persona a la que debes superar”. La frase literal no es de Freud, sino del psicólogo canadiense Jordan Peterson, pero la idea sí la planteaba el maestro vienés.

Compararse con uno mismo sí tiene ciertos aspectos positivos, porque nos permite ver la evolución y decidir si estamos por el camino correcto. Allí hay una lucha que es con nosotros mismos.

La comparación con el yo de ayer puede ser más sana que la comparación con los demás. No elimina la exigencia, pero la concretamos. ¿Duermo un poco mejor? ¿Soy más honesto? Es una vara diferente a la de mirar la vida editada de otra persona, pero también más justa.

Freud ahondó más en la comparación y sí planteó una pega. Fue al describir el narcisismo. Freud describió al narcisista como una persona “ha establecido en sí misma un ideal por el cual mide su yo actual”. En este caso el problema no es querer mejorar. El problema aparece cuando el ideal se vuelve tiránico.

El “ideal del yo”

Freud explica que el ser humano intenta recuperar, en forma de “ideal del yo”, aquella sensación infantil de perfección perdida. “Lo que proyecta ante sí como su ideal es el sustituto del narcisismo perdido de su infancia, en el que él era su propio ideal”, describía. Más allá de esta patología, la comparación con otros puede llevarnos a menor autoestima, malestar y depresión.

También desde la filosofía rechazan las comparativas. Nietzsche, que ha pasado a la imagen popular como un sostenedor del pensamiento nazi (algo que es falso) también repudiaba la competición con el vecino. “Sé fiel a ti mismo y deja de vivir bajo moldes ajenos”, era el resumen de su pensamiento.

Por poner el contrapunto, el psicólogo Carl Rogers aconsejaba que, si quieres cambiar, no te compares ni siquiera contigo. “Cuanto más te aceptes tal como eres, entonces podrás cambiar”, decía. Superarse no puede ser humillarse ante una versión ideal de uno mismo.

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