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Una Mama en el Vaticano

La Iglesia Católica, integró el entramado que legitimó la esclavización de pueblos africanos, el sometimiento indígena y la imposición cultural sobre los territorios colonizados.

Hubo un tiempo -no del mito sino de la memoria- en que la humanidad no hablaba de “ecología” porque vivía en equilibrio. Leían el cielo sin satélites. Entendían la tierra sin manuales. Sabían del tiempo sin relojes. No hacía falta teorizar el cuidado: se respiraba, se sembraba, se honraba.

Las civilizaciones ancestrales de África, América, Asia y Oceanía no descubrieron la naturaleza: eran parte de ella. Sabían algo que la modernidad olvidó: que la vida no se domina, se cuida.

Pero llegó la falsa conquista: invasión, saqueo y crimen contra la humanidad. Y hay que decirlo aunque incomode: el imperialismo europeo no fue solo económico y militar; también fue ideológico y religioso.

La Iglesia Católica, en términos históricos y estructurales, integró el entramado que legitimó la esclavización de pueblos africanos, el sometimiento indígena y la imposición cultural sobre los territorios colonizados.

Existieron voces dentro de esa iglesia que denunciaron abusos. Pero la institución acompañó un sistema cuyos efectos siguen vivos: racismo estructural, patriarcado, extractivismo, desigualdad y destrucción ambiental. Ese orden convirtió la tierra en recurso, los cuerpos en mercancía y las culturas en obstáculos.

Hoy el ecologismo intenta reparar un daño que el propio modelo civilizatorio produjo. Porque la conciencia ecológica moderna nace de la crisis, mientras que los pueblos ancestrales practicaban el equilibrio mucho antes de ponerle nombre.

Antes de la palabra “ecología”, ya existía el cuidado.

Antes del cambio climático, ya existía el equilibrio.

No fueron las grandes potencias las que enseñaron a cuidar la tierra. Fueron los pueblos tribales, indígenas y afrodescendientes que nunca dejaron de escucharla.

Por eso no puede hablarse de crisis climática sin hablar de colonialismo, racismo estructural y desigualdad global.

Y tampoco puede analizarse el rol histórico de la Iglesia Católica sin asumir su ambivalencia: hubo resistencias, sí, pero también acompañamiento a invasores y depredadores que cimentaron allí las jerarquías del capitalismo global.

Desde el respeto a todas las religiones -y también a quienes no profesan ninguna- sostengo esto: si alguna vez el poder religioso quiere interpelar verdaderamente a la humanidad, deberá hacerlo con actos a la altura de su influencia.

Tal vez, cuando una mujer -una Mama- ocupe un lugar de máxima jerarquía en el Vaticano, algo empiece a cambiar de raíz.

Porque ya con palabras no alcanza.

Falta coherencia.

Falta justicia.

Falta verdad.

Y falta comprender Ubuntu en su amplia profundidad. Ubuntu no es una moda ni apenas solidaridad. Es destino en común, es la certeza de que mi existencia está ligada a la de los demás. Es el nadie se salva solo.

Como se enseña, una persona con ubuntu está abierta a los otros porque sabe que pertenece a algo más grande. Este principio ancestral africano -como tantos saberes indígenas- recuerda que la comunidad está por encima del lucro y que la tierra no es un objeto.

En un mundo que convirtió la ambición en sistema, quizá la humanidad no necesite inventar nuevas respuestas, sino recordar lo que alguna vez supo.

Porque la solución no es nueva.

Es ancestral.

Es fuente.

Es manantial.

Y aunque nos alejamos mucho, todavía estamos a tiempo de regresar a la esencia. En la aldea sin murallas que es el mundo, mi voz se vuelve eco en tu silencio:

Ubuntu baila y canta en tu fogata,

y tu risa me completa.

¡Gracias!

Susana Andrade

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