Agresión en Montevideo
“Hoy está frío y hay un poco de viento. Tengo 17 años… extraño mi tierra. Me arrimé a los que quieren cambiar lo triste de esta vida… milito en solidaridad con las luchas en Paraguay y estoy en la UJC”, recuerda Soledad sobre sus días en Montevideo.
“Hace días sucedió… aún siento los gritos y la sangre entre mis piernas. Fue el 6 de julio. Un comando neonazi me secuestró y quisieron que gritara:
-¡Viva Hitler!
-¡Muera Hitler!- respondí.
La patota insistía:
-Grite: ¡Muera Castro!
-¡Vivan Castro y la Revolución cubana!- Respondí.
Sacaron sus navajas y me tatuaron dos esvásticas en los muslos. Me arrojaron a la calle, encapuchada, ahí, cerca del zoológico de Villa Dolores. Me llevaron al Hospital de Clínicas. Me curaron.
Me interrogaron -parecían no creerme- una y otra vez cómo fue que pasó… qué rabia ¿creen que pude inventar algo? ¿Acaso no saben que ya sucedió a otros compañeros y compañeras? ¿Acaso no creen lo que empezó a pasar en Montevideo? Pude identificar a uno de la patota. A Pedro Andrade Arregui, pero ¡lo dejaron libre!”.
Así narraba Soledad la agresión nazi de la que fue objeto en aquel lejano julio de 1962, en pleno Montevideo, y que causó un verdadero escándalo con denuncias en la prensa, planteos en el Parlamento y actos de solidaridad. Ninguno de los responsables fue detenido. Tan solo uno, identificado por la víctima fue arrestado unas horas y liberado. Nunca más se investigó.
De Moscú a Brasil
Tras este atentado, Soledad viajó a la Unión Soviética para realizar cursos en la escuela del Komsomol; de ahí pasó a Cuba, país donde conocería a quien sería su pareja, el brasileño José María Ferreira de Araujo. Con él tendrían una hija, Ñasaindy. No sabía que en ese momento comenzaba uno de los momentos más trágicos de su vida: en 1970 su esposo regresó a Brasil para integrarse a la lucha contra la dictadura militar. Fue capturado y asesinado. Por esa razón es que Soledad decide viajar a Brasil; allí se unió a la lucha armada en la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), la organización guerrillera liderada por el capitán Carlos Lamarca.
Instalada en Recife, comienza a trabajar en la boutique Chica Boa, lugar donde conoce a quien la llevaría a la muerte. Un día llega José Anselmo dos Santos, el “cabo Anselmo”. Era un doble agente dedicado a “marcar” a los militantes opositores. Soledad se enamoró. Decía ser un viejo compañero de militancia de Ferreira, lo que le acercó más a este siniestro personaje. Se trataba de un militar que había participado de la denominada “revuelta de los marineros” en 1964. Sin embargo, había sido captado por los servicios de inteligencia como doble espía. Según relata la periodista brasileña Vanessa Gonçalves, “para no despertar sospechas, Anselmo necesitaba acercarse a alguien respetable y con un histórico de militancia impecable. La víctima ya había sido elegida: Soledad Barrett Viedma”.
Por ese tiempo quedó embarazada y cuando cursaba el cuarto mes de gravidez, fue detenida por cinco hombres de civil. Era el 8 de enero de 1973. Fue la última vez que la vieron con vida. Con ella fueron secuestrados Pauline Reichstul, Eudaldo Gómez da Silva, Jarbas Pereira Márquez, José Manoel da Silva y Evaldo Luiz Ferreira. Su cadáver fue encontrado en el fondo de un barril; a su lado estaba el feto de su hijo. Sin embargo, su cuerpo nunca fue entregado.
Versión falsa
Dice el periodista paraguayo Francisco Corral en una columna publicada en el diario ABC de Asunción: “La versión oficial fue la de un ‘enfrentamiento a tiros’ ocurrido el 8 de enero de 1973 en un lugar próximo a Recife conocido como la Chácara de São Bento. En el tiroteo entre la Policía y un grupo de siete subversivos, seis de ellos habrían sido muertos y uno habría conseguido escapar. El que supuestamente habría escapado sería Anselmo y, mediante esa estratagema, la Policía esperaba poder seguir utilizando sus servicios. No sirvió de mucho, pues la traición quedó al descubierto y Anselmo se vio obligado a desfigurar su rostro para no ser reconocido y a vivir oculto desde entonces”. Anselmo vive aún en algún lugar de Brasil. Hace unos años dio una entrevista en la que dijo que iba a revelar secretos de la dictadura. Fue un intento de lavar su imagen. Luego de la detención de Soledad, protegido por los servicios de inteligencia y la CIA, cambió su vida y pasó inadvertido durante años.
Agrega Corral que “sólo a partir del año 1995, gracias a la ley Nº 9.140, pudo crearse en Brasil una ‘Comisión Especial de Reconocimiento de los Muertos y Desaparecidos Políticos’. En 1996 la comisión se ocupó de aquel asunto y enseguida confirmó lo que siempre se había sospechado: que la versión oficial era totalmente falsa”.
Han pasado los años; en Montevideo algunas organizaciones de izquierda y de defensa de los derechos humanos han realizado homenajes y actos de recuerdo en un intento por mantener viva la memoria. Sin embargo, Soledad Barrett permanece como uno de los millares de detenidos desaparecidos con que las dictaduras del Cono Sur regaron estas tierras hace décadas; pero se sigue reclamando justicia.
El recuerdo
La memoria de Soledad Barrett se escurre muchas veces, pero cada tanto florece y se hace presente, como en los homenajes materiales realizados en Brasil. En San Pablo, en el barrio Jardim Adelfiore, en el número 315 de la calle Tarcon, hay una escuela municipal denominada Soledad Barrett Viedma. Allí los alumnos la recuerdan como “una luchadora paraguaya heroica, que dio su vida por la libertad”. En Río de Janeiro, una calle lleva el nombre de Soledad. En Paraguay, el nombre de Soledad Barrettt aún es ignorado por la gran mayoría de los habitantes, aunque su abuelo, Rafael Barrett, sí resulta más conocido. Una obra de teatro, estrenada en Montevideo años atrás -Soledad, la tierra es fuego bajo nuestros pies-, recuerda su vida y su lucha. Películas, canciones, poemas, en particular de Mario Benedetti, se han esparcido por estas tierras en estas últimas décadas. Un mural en la calle Burgues de Montevideo, donde viviera a principios de los años 60, permanece como mudo recuerdo en la ciudad.