Hace pocos días, más de 150 intelectuales firmaron una carta, en Estados Unidos, para reivindicar el derecho a discrepar, que no es otra cosa que el derecho a pensar, a usar libremente el espíritu crítico, a formular preguntas, y aun a equivocarse, “sin consecuencias profesionales funestas”. La ola autoritaria, coercitiva, intolerante y plagada de amenazas, acuñada por la era Trump, tardó muy poco en llegar a estos lares.
Al igual que en Estados Unidos, entre nosotros ya campean dos actitudes que se señalan en la carta aludida: la aversión al riesgo y una autocensura que empobrece el debate público y convierte a periodistas y ciudadanos en general en simples marionetas obsecuentes. Ustedes se preguntarán, a estas alturas, qué tienen que ver Borges y Averroes con la cuestión. De Averroes a Rodó, de Rodó a Borges, de Borges al teatro, media una fina línea, la que separa la censura de la libre expresión.
Los teatros permanecen cerrados a cal y canto en Uruguay. Si el hecho obedeciera a las reglas del protocolo sanitario y a la necesidad de evitar aglomeraciones, no existiría objeción alguna. Pero por desgracia no es así. Para que sea realmente coherente el cierre continuado de las salas teatrales, se necesitan hechos igualmente coherentes. Ya somos especialistas, todos los uruguayos, en las reglas del protocolo sanitario. Sabemos de las mascarillas, de la distancia física, del lavado de manos, de la desinfección y del termómetro. Pero no estamos tan entrenados en lógica, según parece. Es lícito preguntarse, en ese marco, cuál podría ser la fundamentación de que se hayan habilitado iglesias, escuelas, liceos, restaurantes, cafés y shoppings, mientras el teatro continúa vedado.
Está claro que la pandemia ha recrudecido. No estamos reclamando, por tanto, apertura masiva de teatros, pero sí estamos reclamando racionalidad. También está claro que no hay pandemia que pueda llevarse por delante la libertad humana, incluida la libertad compleja de la que nace el arte. Para muestra, ahí está la joya arquitectónica de la ciudad de Florencia. Me refiero a la magnífica Santa María del Fiore, cuya cúpula fue creada por Filippo Brunelleschi 80 años después de que la terrible peste negra matara al 70% de la población en la ciudad.
No hay pandemia que pueda llevarse por delante el arte, en sus más variadas expresiones, por mucho que lo deseen, furtiva y solapadamente, algunos amantes del “orden”. Y el teatro es una de esas artes, la que por excelencia encarna la representación física y “viva” de las pasiones, sentimientos, emociones y creencias que atraviesan al ser humano desde el fondo de los tiempos.
La vulnerabilidad económica y laboral de los actores y de las actrices, muy conocida por desgracia, no puede tampoco ignorarse. Además de ser necesario como fenómeno social y cultural, el teatro requiere de una decidida intervención institucional, desde el Estado, para hacer efectiva la protección laboral de sus integrantes. Sería bueno recordar que las instituciones del Estado no nacen de los repollos, sino que son creadas (y pagadas) por el cuerpo social, o sea por todos nosotros, con determinadas finalidades, entre las que figuran, de forma principalísima, el respeto y la promoción de los derechos humanos, entre los que figuran los derechos culturales, ampliamente reconocidos y protegidos en su goce por la ONU.
No debería ser necesario recordarlo y, sin embargo, hay Estados y gobiernos a los que les cuesta comprender y poner en práctica los derechos culturales. Estados Unidos de la era Trump es uno de tales ejemplos. Se argumenta que la diversidad de expresiones culturales (sean cuales sean) pone en peligro y erosiona la identidad norteamericana (tampoco se sabe en qué consiste esta última, a menos que se entienda por tal al núcleo “fundador” de ingleses y holandeses de piel blanca). Es que las expresiones culturales ponen en peligro el discurso político de turno, que pretende imponer su visión del universo de manera monolítica y, por qué no, amenazante.
En todos estos sentidos, el teatro es un enemigo poderoso para los mandones y los dueños de la verdad, ya que si algo caracteriza al género, es meter el dedo en la llaga de todos y cada uno de los problemas humanos. Sea por una causa, sea por la otra, en Uruguay seguimos esperando, todos los uruguayos, que las autoridades de gobierno decidan dar alguna señal encaminada a la apertura de las salas teatrales. Cuando se pueda, sí, pero sin distinciones arbitrarias. Cuando se pueda, pero sin anteponer prioridades sospechosas de favorecer unos intereses en detrimento de otros. Cuando se pueda, pero con el respeto y la valoración que el arte y la ciudadanía se merecen. Con mascarilla y protocolo, faltaba más.