Un día después de que el presidente ofreciera su conferencia de prensa, pleno de un optimismo irracional, el GACH libera un informe demoledor en sentido completamente contrario, con el pesimismo de la evidencia, que indica que la vacunación, hasta ahora lo mejor que teníamos, no va a ser capaz de frenar este desastre: ni el que estamos viviendo ni el que se va a añadir cuando sobre la catástrofe de abril se desplome la catástrofe de mayo.
¿Cómo llegamos a esto? Es sublevante la profundidad del egoísmo negacionista de Lacalle Pou, presidente de este país, y cuya investidura merece respeto, pero, antes que eso, una persona de espíritu menor, obcecada, incapaz de reconocer el brutal desacierto de lo que está haciendo, aunque se lo informe la ciencia y se lo griten los hechos, con la elocuencia incontestable de un montón de muertes.
Esta estrategia fracasó, pero todavía no encontró su techo. Para esquivar sus consecuencias, nos proponen naturalizar un número inaceptable de muertes en nombre de una premisa ideológica sin sustento político y sin vigencia histórica. La apuesta de Lacalle Pou y su reducido núcleo de colaboradores es destruir cualquier sentido de comunidad, cualquier tipo de solidaridad social. Pretenden que ya ni siquiera la enfermedad o la muerte de compatriotas conmueva lo suficiente como para que alguien mire para el costado y proponga una conducta colectiva de mitigación. Indudablemente representan los peores valores de su clase: valores que, en el fondo, son precivilizatorios, disolventes, extremadamente individualistas, el paroxismo de la displicencia. No les importa nada más que despojarse de culpas y que nadie los juzgue por sus acciones. Pero, al tiempo, también en eso van a fracasar: la estela de dolor innecesario que han provocado por omisión los va a perseguir, los debe perseguir, como mácula sobre su conciencia y como memoria de los sobrevivientes.