En el pasado, Brasil había intentado presentarse como líder en la protección de la Amazonia y en el combate al calentamiento global. Entre 2004 y 2012 el país creó nuevas áreas de conservación, incrementó las medidas de monitoreo y les quitó los créditos públicos a productores rurales que intentaran derribar áreas protegidas. La deforestación logró su nivel más bajo.
En 2012, agentes medioambientales interceptaron un barco pesquero en una reserva ecológica en Río de Janeiro; Bolsonaro, entonces diputado federal, estaba a bordo. Pasó una hora debatiendo con los agentes e ignoró sus demandas de que abandonara la reserva. Bolsonaro se rehusó a identificarse, pero un agente le tomó una fotografía al ahora presidente en un traje de baño blanco ajustado y lo multaron después. Nunca pagó.
La postura del gobierno de Bolsonaro desató fuertes críticas entre líderes de Europa, tras la firma de un acuerdo de libre comercio de Brasil y otros tres países sudamericanos con la Unión Europea, que incluye compromisos ambientales.
Durante una visita a Brasil, el ministro de Cooperación y Desarrollo Económico alemán, Gerd Müller, dijo que proteger la Amazonia es un imperativo global.
Alemania y Noruega ayudan con el financiamiento de un fondo de conservación amazónico de 1300 millones de dólares.