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Trump y la “conexión rusa”

Antes de la elección del 8 de noviembre, los demócratas denunciaron ciberinjerencia de Rusia en el proceso electoral en favor de Donald Trump. La presidencia de Estados Unidos enfrenta hoy investigaciones que podrían provocar el impeachment o juicio político. Mientras tanto, continúa deportando inmigrantes, acusa a Obama de espionaje y aumentó en US$ 54.000 millones el presupuesto de defensa, aporte al “keynesianismo militar” que puede reportarle múltiples beneficios.

Por Carlos Luppi

Por estos días un canal de cable exhibe casi de continuo JFK, la obra maestra de Oliver Stone basada en el libro homónimo del fiscal Jim Garrison, que disecciona con precisión de entomólogo la vasta conspiración de poderosos que asesinó al presidente John Fitzgerald Kennedy en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Según se ha sabido, el mandatario se proponía alcanzar un acuerdo permanente con la URSS de Nikita Kruschov para terminar con la Guerra Fría y dedicar todos los esfuerzos al desarrollo económico de sus respectivos países y áreas de influencia. También pensaba terminar con el conflicto con Cuba, según reveló el actual mandatario Raúl Castro en la histórica VII Cumbre de las Américas celebrada en Panamá el 11 de abril de 2014. Allí, tras sellar su acuerdo con el presidente Barack Obama, Castro formuló un extenso discurso en el que afirmó que el acuerdo que se estaba realizando entre Cuba y Estados Unidos (EEUU) fue buscado por el presidente Kennedy hasta el momento mismo de su asesinato. Al respecto también puede verse el artículo ‘El acto final de Kennedy: acercarse a Cuba’ en Cubadebate del 22 de noviembre de 2013.

El motivo que definió su asesinato fue, según JFK, su oposición a la Guerra de Vietnam y al fabuloso negocio que esta significó.

Kennedy nunca fue acusado de traidor a su país. Hubo que simular que el asesino era un paranoico solitario y urdir una conspiración a la que también se refirió el Dr. Carlos Quijano en Marcha el 26 de noviembre de 1963.

¿Qué dirían los adustos generales repletos de medallas que se ven en el filme conspirando con altos funcionarios gubernamentales y con millonarios ultraconservadores, ferozmente anticomunistas, si supieran que hoy gobierna EEUU un equipo que habría tenido cantidad de contactos con la Federación Rusa, no para impulsar el desarme y el esfuerzo común hacia un mundo desarrollado, sino para incidir en las elecciones y ayudar a un candidato que sería del gusto de Moscú?

¿Qué dirán quienes revisen el affaire Watergate, el escándalo producido por el espionaje en la sede demócrata ubicada en dicho edificio, que obligó a renunciar al entonces presidente Richard Nixon el 9 de agosto de 1974, antes de ser sometido a impeachment o juicio político?

Es que Rusia, el país más extenso del mundo y su segunda potencia militar, ha tenido siempre gran importancia mundial y competido históricamente con EEUU, al menos en lo que Eric Hobsbawm llamó el “siglo XX corto”, que va desde la Revolución soviética de 1917 hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la URSS en 1991.

Los contactos reservados que tuvieron lugar en el período electoral reciente entre importantísimas figuras del equipo de Donald Trump con la Federación Rusa –y ocultados al parlamento, a la justicia y al soberano– ya provocaron la caída del asesor de Seguridad Nacional, Gral. Michael Flynn, cubren de sospecha al secretario de Estado, Rex Tillerson (hombre de negocios con vastos intereses en Rusia que mereció la Medalla de la Amistad entregada por Vladimir Putin), evidenciaron el perjurio del fiscal general del Estado, el exsenador Jeff Sessions, e involucran también a uno de los principales asesores del presidente, nada menos que su yerno Jared Kushner, esposo de su hija Ivanka, a la que se señala como la persona con más influencia sobre el primer mandatario de la Unión.

Mientras el presidente emite un nuevo decreto de deportación de inmigrantes y acusa al expresidente Obama de haberlo espiado (lo cual ha sido desmentido por James Comey, director del FBI, y por un vocero republicano de la Cámara de Senadores), el escándalo de la “conexión rusa”, tan debatido en el período electoral, amenaza con provocar un nuevo intento de juicio político al mandatario.

Aquellos fueron los días

Durante la escandalosa y execrable campaña electoral norteamericana de 2016 (signada por los insultos y amenazas del actual presidente), la simpatía de Donald Trump por el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, era una realidad conocida y proclamada.

Se trató de una apuesta muy arriesgada, ya que las relaciones entre EEUU y la Rusia de Putin atravesaban uno de sus peores momentos por dos temas de importancia estratégica: la guerra civil en Siria y el supuesto expansionismo ruso sobre Ucrania. Obama y Putin habían forcejeado en varias ocasiones y el reflejo antirruso de EEUU tenía espléndidos motivos para resurgir.

Para el habilísimo estratega ruso, formado en los servicios secretos soviéticos, y titular de una trayectoria formidable, no podía haber dudas en cuanto a quién encarnaba la fortaleza y quién la posible debilidad futura de EEUU como presidente. Por eso brindó con alegría la noche del 8 de noviembre.

Putin apoyó discretamente el brexit y a Marine Le Pen, enemigos de la Unión Europea: la opción por Trump era cantada.

Ya en diciembre de 2015, en la rueda anual con periodistas, el presidente ruso había declarado que “Trump es una persona brillante, de talento, sin duda alguna, es líder absoluto de la campaña presidencial”. Increíblemente, el candidato estadounidense, megamillonario y ultraconservador, respondió a esos halagos. El intercambio de cortesías continuó. En junio de 2016, tras alardear varias veces de su relacionamiento privilegiado con Putin, Trump declaró que el presidente ruso “es un hombre muy respetado en su país y fuera de él”.

Entretanto, comenzó a trascender en los medios que fuentes de la comunidad de inteligencia estadounidense aseguraban que existía una “creciente evidencia” de que la campaña contra Hillary Clinton recibía sus datos de hackers rusos pertenecientes a organizaciones gubernamentales, insinuando que Putin era el ideólogo de tales operaciones.

Obviamente, los demócratas trataron de mostrar como antipatriótico que Trump utilizara esa información.

En agosto de 2016, el jefe de campaña de Trump, Paul Manafort, debió renunciar luego de que varias publicaciones lo vincularan con dirigentes ucranianos prorrusos. Había también acusaciones al influyente Rex Tillerson, exdirector ejecutivo de Exxon, que negocia petróleo con Moscú desde hace 20 años y es amigo personal del presidente Putin, quien lo honró con la Medalla de la Amistad.

El 8 de setiembre, la BBC consignó que el entonces candidato Trump manifestó en un foro con veteranos de guerra, del que también participaba la candidata demócrata, que si ganaba las elecciones, se llevaría “muy bien” con el líder ruso, y que “Putin es mucho mejor líder” que Barack Obama”. Agregó que “tiene un gran control sobre su país”. Cuando el moderador del foro interrogó sobre los elogios de Trump a Putin, aquel contestó que “tiene un índice de aprobación de 82% […] así que cuando él diga de mí que soy brillante, creo que aceptaré el elogio. ¿De acuerdo?”, finalizó.

Agregó que “sería maravilloso” que EEUU pueda trabajar con Moscú en “destruir al grupo autodenominado Estado Islámico”.

El acto culminante tuvo lugar en el tercer y último debate entre los candidatos Trump y Clinton, ocurrido en Las Vegas el 19 de octubre de 2016.

En dicho debate, Hillary atacó a Trump refiriéndose a los e-mails de su campaña que habían sido filtrados por WikiLeaks.

“Estás citando a WikiLeaks y lo que es importante de eso es que el gobierno ruso está metido en espionaje contra estadounidenses […] Esto viene de los más altos niveles del Gobierno ruso, claramente del mismo Putin”, afirmó Hillary Clinton cuando el moderador citó uno de esos correos.

La candidata redobló su apuesta: “Creo que la pregunta más importante de la noche es si finalmente Donald Trump admite y condena lo que los rusos están haciendo y acepta que no tendrá la ayuda de Putin en estas elecciones […] o que rechaza el espionaje ruso contra estadounidenses, que ha incentivado en el pasado”.

Trump se hizo el desentendido, pero el tema continuó arreciando en los medios y The Washington Post llegó a sugerir en un editorial que Trump era de alguna manera “títere” de Putin, lo que da idea de la violencia del debate.

El 7 de octubre, el gobierno de EEUU acusó oficialmente a la Federación Rusa de interferir en el acto eleccionario mediante ciberataques y difusión de documentos hackeados.

El influyente embajador Kislyak

El romance se intensificó luego de la asunción de Trump a la presidencia.

El embajador Sergey Kislyak comenzó a verse en todas partes, particularmente en grandes fastos como el del 20 de enero o en el discurso de Donald Trump en el Congreso, el 28 de febrero.

Sus conversaciones iban a alejar al designado asesor de Seguridad Nacional y descalificar al fiscal general.

Kislyak, de 66 años, 9 de los cuales revistó como embajador en Washington, es considerado un profundo conocedor de la realidad política norteamericana. Su carrera es fulgurante: ingresó en 1977 al Ministerio de Exteriores de la URSS, entre 1985 y 1989 formó parte de la representación soviética ante la ONU, fue embajador ante la OTAN y vicecanciller de la Unión Soviética. Luego de otros destinos, se convirtió el 26 de julio de 2008 en embajador en Washington, poco antes del triunfo de Barack Obama. Los momentos más tensos de su gestión están vinculados a la crisis de Ucrania en 2014.

Kislyak ha respondido públicamente que Rusia no operó en un eventual fraude electoral en EEUU.

En diciembre de 2016 mantuvo conversaciones telefónicas con el entonces designado asesor de Seguridad Nacional, Gral. Michael Flynn, quien se vio obligado a dimitir por haberlas ocultado, el 13 de febrero de 2017. Flynn es un ultraderechista vinculado al estratega principal de Trump, Steve Bannon.

El embajador también conversó en julio y setiembre de 2016 con el designado fiscal general de EEUU, senador Jeff Sessions, quien negó dichos contactos al vicepresidente Mike Pence y, bajo juramento, ante el Senado en su audiencia de confirmación. Esto tuvo un efecto político devastador. Los demócratas exigieron su renuncia: “Sessions no cumple los requisitos para ser el primer ejecutor de la ley en nuestro país; ha mentido bajo juramento y debe dimitir. Hay que abrir una comisión independiente para investigar las conexiones políticas, personales y financieras de Trump con los rusos”, sostuvo la vocera demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. Los republicanos, heridos, debieron aceptar las críticas. El fiscal general Sessions fue obligado, por ahora, a abstenerse de participar en las investigaciones sobre la interferencia rusa, lo cual constituye una humillación inaudita y un indicador de la degradación institucional que sufre EEUU.

Trump reaccionó de la peor manera, atacando a los medios que informaron sobre las investigaciones, The Washington Post y The New York Times, a los que señaló como “enemigos del pueblo”. Esto mereció una airada defensa de la libertad de prensa por parte del excandidato presidencial republicano, exmilitar y héroe de guerra, senador John McCain.

Finalmente, The New York Times informó acerca de una reunión del embajador ruso con Jared Kuschner, esposo de Ivanka Trump, a quien se señala como la principal operadora del presidente de EEUU. El encuentro tuvo lugar en la Trump Tower y asistieron el embajador, Kushner y Flynn. Fue el 26 de diciembre, ocasión muy especial, ya que el gobierno de EEUU estaba sancionando a Rusia por “intromisión en la campaña electoral” con base en informes de los servicios de inteligencia que señalaban que el gobierno ruso había montado “una gran operación para ayudar a Donald Trump, desacreditando a la demócrata Hillary Clinton”. Hackearon las cuentas de correo del Partido Demócrata, del jefe de campaña, John Podesta, y pasaron su contenido a WikiLeaks para su difusión, siempre según la comunidad de inteligencia. Obama expulsó el 29 de diciembre a 35 agentes rusos de EEUU. Sin embargo, Putin decidió no tomar ninguna represalia contra EEUU, acaso porque la administración entrante le prometió que todo se solucionaría a partir del 20 de enero. Esas son las conjeturas.

Hay pues tres heridos de mucha significación: el Gral. Flynn, el fiscal Sessions y el “yernísimo” Jared.

Estos contactos con los rusos se tornaron especialmente insostenibles porque se mintió sobre ellos y porque ocurrieron en el momento en que las comisiones del parlamento analizaban las interferencias electorales a través de ciberasaltos, teniendo como telón de fondo las excesivas muestras de afinidad de Trump con el mandatario ruso, que irritan particularmente a su Partido Republicano.

Las consecuencias son muy graves. El País de Madrid, en el enésimo editorial que dedica a Trump, analizando la influencia rusa sobre la cual no tiene ninguna duda, señala que “detrás de la victoria de Trump sigue y seguirá pesando la enorme losa de la interferencia rusa. Está claro que desde el principio, Putin vio en Trump una oportunidad de zafarse de la presión que tanto los republicanos tradicionales como los demócratas venían ejerciendo sobre Rusia y su política exterior, lo que llevó a poner en marcha una operación de apoyo y acercamiento. Lo increíble es que los hombres de Trump cayeran tan fácilmente en su juego. Si se dejaron “ayudar” a ganar las elecciones llevados por su odio a los demócratas, mal. Si lo hicieron porque simpatizaban con la idea de hombres fuertes que hablan claro a la nación y quieren un mundo sin ataduras, peor aun. En cualquiera de los casos, la sombra de Putin no va abandonar nunca a Trump”.

Eso sin considerar la leyenda urbana, viralizada, de que los servicios de Vladimir Putin también poseen mucha documentación comprometedora sobre Trump (lo cual no sería difícil), incluyendo supuestas filmaciones íntimas de fiestas privadas similares a las que ofrecía Silvio Berlusconi.

Si las investigaciones demuestran que el equipo de campaña de Trump tuvo contactos con los servicios de inteligencia rusos y con los ciberataques al Partido Demócrata, podríamos estar en un escenario similar al de Watergate.

Parece imposible que los republicanos puedan resignarse a una nueva humillación histórica, pero si el delito (que en este caso comprometería aspectos de seguridad nacional, el orgullo norteamericano y la principal rivalidad histórica de Estados Unidos) es probado con suficiencia, acaso asistamos a una de las grandes instancias políticas de la historia de EEUU.

Un presente turbulento

El 28 de febrero, Trump pronunció su primer discurso ante el Congreso de EEUU.

Aunque levemente más calmo que de costumbre, el presidente de EEUU anunció “una revolución y un terremoto” y reafirmó las líneas de su programa.

Reiteró su rechazo a los inmigrantes; su promesa de invertir un billón de dólares en infraestructura (no se sabe de dónde sacará los recursos este enemigo del Estado y partidario de rebajar impuestos, sobre todo a los más ricos, que en EEUU son los que pagan más); el fin del Obamacare; un aumento del presupuesto militar de US$ 54.000 millones (9,3% del total actual), afirmando que “no podemos quedarnos por detrás de ningún país, aunque sea amigo. Nosotros tenemos que estar a la cabeza de la manada”, y que “EEUU antes ganaba todas las guerras y ahora pierde siempre, lo que es inaceptable”, para concluir: “Tenemos que empezar a ganar guerras”. Esta decisión sin duda le gana el respaldo del “complejo militar industrial” y asegura un “keynesianismo militar” que dinamizará la industria, la investigación y el empleo calificado en EEUU. Esto juega a su favor.

Sin embargo, no habló en detalle de política exterior: no mencionó a Irán, China, Rusia o México.

Concluyó con llamados a la grandeza norteamericana y, al menos, fue aplaudido por los republicanos. No es poca cosa para él.

Insólitamente, el cambio presupuestal fue criticado en una carta abierta firmada por 120 prestigiosos generales y almirantes retirados, entre ellos el exdirector de la CIA David Petraeus y el excomandante en jefe George Casey.

El discurso presidencial tuvo un gran éxito en Wall Street, donde el índice Dow Jones por primera vez pasó los 21.000 puntos. También se apreciaron el S&P y el Nasdaq, lo que se atribuyó tanto a las promesas de incrementar la inversión en infraestructura y el gasto militar, como por sus promesas de rebaja de impuestos a las corporaciones, de desregulación financiera y de subir las tasas de interés.

Presente y futuro inciertos

Tras haber criticado “el turismo cultural” de Obama, Trump pasa todos los fines de semana en el monumental complejo turístico de su propiedad Mar-a-Lago (ya apodada “la Casa Blanca de invierno”), en Florida, donde disfruta de su inmensa mansión y los 69.000 metros cuadrados de jardines e instalaciones deportivas. Allí se ha reunido con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, realizó sesiones del gabinete de crisis (por el ensayo misilístico de Corea del Norte) y reuniones con sus ministros. Esto ocurre en medio de la concurrencia de millonarios consorcios que pagan US$ 14.000 anuales más una matrícula de inscripción de US$ 200.000, lo cual asegura, como dice su publicidad, “una concurrencia de elite”. Los viajes de weekend costarían mensualmente US$ 11 millones al erario, “casi el promedio anual que empleaba Obama”, según El País de Madrid.

Pero Trump no descansa. Acusó al expresidente Obama de “pinchar” sus teléfonos, gravísima acusación que fue desmentida oficialmente por el FBI a través de su director, James Comey, y lanzó un nuevo veto inmigratorio que excluye a los emigrantes y refugiados de Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen, permitiendo el ingreso de nacionales de Irak.

Reflexiones ¿preliminares?

Vivimos circunstancias asombrosas que a veces mueven a risa, pero no debe olvidarse que tanto el panorama económico como el internacional que plantea la administración Trump tienen aspectos fuertemente negativos.

Si bien, Kissinger mediante, parece haber normalizado sus relaciones con China, el prometido proteccionismo y la “guerra de divisas” que anuncia implícitamente podrían tener derivaciones insospechadas.

Su perfil autoritario, ostentoso, darwinista en el peor sentido de la palabra, ya domina el escenario internacional como símbolo de la nueva clase política. No podría ocurrir nada peor a quienes creen en la democracia y el sistema de partidos como el mejor de los sistemas de gobierno.

Lo más terrible del fenómeno Trump (y su constelación formada por Marine Le Pen y los líderes ultraderechistas europeos) es que sea tan sólo la punta del iceberg, el signo de nuestros tiempos y de nuestro futuro.

Se cumplirían las siniestras profecías de filmes como Blade Runner o La naranja mecánica y de novelas como El hombre en el castillo o La conjura contra América.

En América Latina asistimos a un eclipse del Socialismo del siglo XXI y aun del progresismo, desplazados por un consumismo impiadoso que exige líderes fuertes que impongan consignas de derecha: el odio a los inmigrantes, la xenofobia, el racismo, el culto al consumo, a los vencedores a toda costa y al capitalismo salvaje.

Lo terrible sería que esto no fuera pasajero, sino el signo de nuestro futuro.

***

Dos inmigrantes

El 21 de febrero el migrante mexicano José Luis Jiménez, de 44 años y padre de familia, se suicidó lanzándose desde un puente en el paso fronterizo de Tijuana, tras ser deportado de EEUU, país crisol de razas, fundado por inmigrantes en 1776 bajo el signo de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Por estos días se conoció el lamento de otro inmigrante: Friedrich Trump, abuelo de Donald, nacido en 1869, fue deportado de su Baviera natal a EEUU y rogó por escrito para volver, sin ser escuchado. Su nieto hoy expulsa inmigrantes de la patria de los Padres Fundadores.

***

La misión de Vladimir Putin

Nadie duda que Vladimir Putin, el abogado, militar y político que gobierna la Federación Rusa con mano de hierro, tiene como ejemplo de vida a Alejandro I (1777-1825) llamado el Grande, sin descuidar algún recuerdo al “gran padrecito de todas las Rusias”, Joseph Stalin. Tampoco se discute que la presencia de un líder fuerte es indispensable para gobernar la inmensa extensión rusa, y constituye un factor de estabilidad mundial.

Stalin y Roosevelt derrotaron al Tercer Reich, su autoritarismo, su racismo y su supremacismo criminal. Que esa memoria no nos abandone.

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