Un crimen de odio
Si Felipe hubiese sido un ladrón, un joven adicto a la pasta base, un pibe con antecedentes penales, un criminal huyendo, un delincuente planificando un robo, un malviviente, un vecino díscolo o el más sospechoso de los seres humanos, igual nadie en este mundo tenía derecho a pegarle un tiro. Pero Felipe Cabral, Plef, no era nada de eso. Era un artista popular que embellecía los muros de la ciudad con grafitis preciosos, llenos de contenido, militantes, honestos, mejores que el conjunto de esta sociedad, sin dudas. Lo mataron por mirar un muro en Punta Gorda, una obra suya en una casa abandonada, un trabajo artístico que, además, después de asesinarlo, taparon con cal. Le dieron un tiro en la cabeza porque dicen que lo confundieron con un ladrón. Pero el que lo mató es un asesino inconfundible. El asesino que anida el corazón inmisericorde de esa “gente de bien” que antepone la propiedad a la vida, la sensación precaria de seguridad al derecho a existir de los otros, los que no son como ellos, los que no viven, ni se visten, ni hablan, ni sienten ni piensan como ellos. El homicidio de Plef no obedece a un error de apreciación de un vecino paranoico y temerario, es el tipo de desenlace más probable de una campaña permanente de atemorización de la sociedad, de exaltación del fascismo cotidiano de la gente corriente, de justificación de linchamientos, de eso que se hace llamar justicia por mano propia, pero que ni es justicia ni es propia o sólo lo es en el momento de la ejecución concreta, pero cuya urdimbre intelectual es más compleja, más encumbrada y más abarcativa.