«Tampoco podrán los rusos comprar iPhones de Apple. Ni zapatillas de Nike. Ni conducir el coche que prefieran. La marca sueca Volvo no enviará más vehículos hasta nuevo aviso. Ni la británica Jaguar Land Rover o la división de camiones de la alemana Daimler. Otras, como BMW, estudian seguir sus pasos, o desprenderse de sus participaciones allí, como Mercedes Benz con su 15% en el fabricante ruso de camiones Kamaz. También sucede en otros sectores: Shell romperá sus alianzas con Gazprom, y la petrolera estatal noruega Equinor detendrá sus inversiones y se deshará de sus activos. En Rusia, mucho más interconectada por su extensión y su proximidad a la Unión Europea, la desbandada de grandes corporaciones es patente, y crece cada hora que pasa. Con ellas se marchan, sin fecha de vuelta, inversiones, empleos, servicios y mercancías que antes llegaban por tierra, mar y aire. Presión extra para el régimen de Vladimir Putin».