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Un paso adelante, dos pasos atrás

La imagen se viralizó rápidamente: los medios de comunicación y las redes no se hicieron eco de las propuestas políticas de la fórmula presidencial progresista, para priorizar a la pareja paritaria dando unos pasitos de baile. Sin dejar de reivindicar la alegría aun en la lucha por defender las conquistas logradas, el ritmo de esta campaña electoral viene más de marcha que de plena.

Por Ricardo Pose

Quisiera pensar que fue en un acto espontáneo que Daniel Martínez convocó a bailar a la compañera Villar.

Porque si sumar el baile de la pareja candidata como señal política es obra del comando de campaña, estamos en problemas. Todos podemos recordar la sensación de vergüenza ajena, de ridículo, que nos generó ver bailar a Mauricio Macri cuando fue electo, como cantar un tema de Gilda a su vice; alguien podría justificar que hasta la propia Cristina Fernández ha bamboleado en algún acto político las caderas alguna que otra vez pero, en la idiosincrasia de nuestros pueblos, una cosa era el humor uruguayo de Decalegrón y otro el humor porteño de No toca botón.

Cierto es que los medios de comunicación vienen culturalmente hegemonizando la industria del entretenimiento y uno ya no encuentra grandes diferencias en la deliberada emulación de programas argentinos.

El impacto es tal que los gurises y botijas pasaron a denominarse “chicos”.

Bailotear, cantar, parece estarse imponiendo en la política uruguaya; antes que me lo recuerden, Sanguinetti supo cerrar un acto bailando al ritmo de plena y podemos recordar los toscos meneos de Verónica Alonso en alguna que otra oportunidad.

Lo mejor que nos podía pasar era ver además a los dirigentes de la derecha política nacional, emulando a sus pares argentinos, caer en ese espacio de vergüenza ajena.

Tal vez también esté explicado por ese fenómeno que va permeando la sociedad de la Noche de la Nostalgia, un éxito comercial de la industria del entretenimiento pensado para distraer más que divertir.

Sintomático, además, porque en un rápido paneo de los hits musicales usados para recordar se encuentran los éxitos latinos y anglosajones durante los años 60 y hasta fines de los 80; al ritmo del Club del Clan, se vuelven a reconocer quienes vivían de espaldas al proceso que dejó entre otros saldos treinta mil detenidos desaparecidos en Argentina, o sintonizaban Radiomundo en los ochenta, mientras el resto de las radios estaban censuradas de emitir música nacional y sus informativos impedidos de mencionar la situación de los presos políticos en Uruguay.

En el inicio de lo que será una de las batallas electorales que deba enfrentar la izquierda uruguaya en el gobierno, nada aporta a la campaña que una parte de la discusión se centre en las habilidades de bailarines de los candidatos, como ha pasado en las redes.

 

Alegre y amargado

Conozco la sensación de alegría; no solo la conozco, sino que además la estimulo.

Buena parte de mi tiempo lo ocupo en trabajar con niños y sé de la importancia de un ambiente donde reine la alegría para la labor docente, y ni que hablar, para el ámbito laboral.

Conozco los buenos resultados políticos, o sus intentos, de un grupo de compañeros que militan en forma fraternal y alegre.

Dediqué parte de mi actividad artística y cotidiana al humor; por eso también distingo, aunque suene groseramente intelectual, entre el humor y la guarangada, entre la alegría y la lisa y llana estupidez.

Porque además hay un manejo de las emociones vinculado a la sensibilidad; nadie abre la puerta de un velorio al llegar a las risas, por más sacro, occidental y cristiano que le parezca el evento.

Sin embargo, increíblemente se ha instalado en algunos lugares de la militancia la discusión entre alegres y amargados, y como un concepto más complejo, lo aburrido.

Es aburrido escuchar informes políticos, leer y estudiar programas, convocar a los artistas del canto popular, priorizar lo que el texto de una canción tiene para decirnos por sobre el ritmo que permite menear caderas.

La política en Uruguay siempre tuvo un rasgo distintivo, aun en los momentos de más dura confrontación; fue una política seria (seria, no amargada) y respetaba ciertos límites de la disputa que evitaban caer en violentar la intimidad.

La seriedad genera confianza y solvencia en el manejo del arte político y lo que se combate son ideas, programas y actitudes en ese terreno.

Hasta ahora, y ojalá no se pierda, no se combate al adversario por su orientación sexual, sus vicisitudes afectivas; cuando ha habido algún intento, la sociedad en su conjunto, el sistema político y los medios de comunicación han tomado distancia de ingresar en ese camino.

Desde ese punto de vista, la izquierda lo que necesita es mantener la misma imagen de seriedad que siempre dieron Tabaré y Pepe. ¿Daña esa imagen de seriedad algún bailecito de los actuales candidatos a la presidencia? Quizás no, pero para qué probar.

 

El centro de la pista

En el medio de la euforia, de la gurisada agitando, pedirles a Daniel y Graciela que demuestren su simpatía acompañando unos pasos de bailongo antes que los tape la ola no es tampoco el fin del mundo. En todo caso es más de ese raro juego entre el elector y el candidato que genera una suerte de vinculo complejo, en el cual el candidato se siente en el deber de cumplir las aspiraciones de sus electores.

Puedo cederles la derecha a los candidatos en ese sentido, y de ser en un ámbito no público, interno, fraterno, sin tener a los medios de comunicación haciéndonos vivir una suerte de Gran Hermano, hasta confieso que sacaría a bailar a Graciela Villar.

Pasa que la situación de nuestro pueblo está cambiando; sin haber perdido los derechos más elementales e importantes adquiridos bajo los gobiernos progresistas, siguen bastantes ciudadanos y jubilados con ingresos escasos y aumentan los que están perdiendo empleos, sin volver a encontrar trabajo, aun con los peores salarios.

Pasa que al resolver situaciones de injusticias aparecieron nuevas demandas que no estamos pudiendo contemplar, pasa que faltó y falta un relato que explique el porqué de los cambios posibles y de los no posibles y de allí una sensación de malestar en algunos sectores de nuestro pueblo.

Pasa que aunque Uruguay se movilice en la Noche de la Nostalgia, los eventos de música  tropical llenen boliches, varios hagan pogo y la izquierda en sus actos no quiera quedar al margen de ese fenómeno de masas apostando al agite, tenemos la tasa más alta de suicidios, lo que debería como militantes ponernos a pensar qué dramas está ocultando buena parte de nuestro pueblo entre cumbia, alcohol, porro y comportamientos de hinchada de fútbol.

En términos políticos, muchísimos orientales tal vez no tengan nada para festejar y no entiendan determinado tipo de alegría que se les antoja impostada.

¿Es esta alegría tan difícil de diferenciar de la del adversario, una apuesta a cautivar el centro del electorado?

¿Es una suerte de peaje de la pequeña burguesía para que los sectores populares los sientan como uno más de ellos?

Los desafíos que, aún sin conocer el resultado electoral, le esperan a Uruguay no son promisorios; los impactos de la guerra comercial entre EEUU y China se notarán con fuerza entre los años 2020 y 2021en la región, y las ventajas de un acuerdo comercial entre el Mercosur y la UE parecen naufragar por la tensión entre Francia y Brasil.

Si la disputa de todos los candidatos con más énfasis que nunca es por el centro político del electorado, es posible pensar un escenario sin mayorías parlamentarias que obliguen a una negociación permanente.

Hacerlo mejor no es abrir un marco de duras autocríticas a aspectos de gestión pasada solamente; la seriedad con que la izquierda ha administrado durante estos tres períodos no es un elemento a mejorar, pero sí a preservar.

Al decir de Don Benedetti, defender la alegría como una trinchera, sin dudas, pero, también como una trinchera, defenderla del caos y de las pesadillas, de la ajada miseria y de los miserables, de las ausencias breves y las definitivas.

Al decir de Mario, también: “Defender la alegría de la alegría”.

 

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