Desde una mirada de izquierda, esta no es una crisis coyuntural ni el resultado de un shock externo aislado. Es, más bien, la expresión de un agotamiento estructural del modelo neoliberal consolidado desde los años 80. Un modelo que prometía crecimiento, eficiencia y bienestar, pero que hoy muestra sus límites con claridad. Mutando con riego de algo mucho más radical.
Entre sus rasgos más evidentes se encuentra el estancamiento económico combinado con una fuerte concentración de la riqueza, la financiarización de la economía que ha desconectado la lógica financiera de la economía real, la fragilidad estructural del empleo, especialmente para mujeres y jóvenes, y la creciente dependencia de cadenas globales de valor vulnerables a crisis externas. A esto se suma una constante presión por el ajuste fiscal, que termina debilitando los servicios públicos y erosionando derechos sociales. Pero hay un elemento que resulta central para comprender la profundidad de esta crisis no afecta a todos por igual. Las crisis, lejos de ser neutras, se gestionan políticamente, y sus costos se distribuyen de manera desigual.
Hoy, la inflación y las políticas de ajuste recaen principalmente sobre los trabajadores y los sectores populares. En América Latina, las mujeres enfrentan una intensificación de la pobreza y una mayor carga de trabajo no remunerado vinculada a los cuidados. Al mismo tiempo, los recortes en servicios públicos —justificados en nombre de la austeridad— profundizan las desigualdades y limitan las capacidades de respuesta de los Estados. En este sentido, la crisis actual puede resultar menos visible que una guerra o una crisis financiera abrupta, pero es más persistente y estructural en sus efectos sobre la vida cotidiana. Se manifiesta en la inseguridad económica, en la pérdida de expectativas, en la precarización de las condiciones de vida y en el debilitamiento de los vínculos sociales.
Desde una perspectiva crítica, puede afirmarse que se trata de la crisis más profunda desde el agotamiento del modelo de posguerra, no por su intensidad en un indicador puntual, sino porque expresa una crisis multidimensional del capitalismo contemporáneo. No es “la peor” en términos absolutos, pero sí una de las más complejas y peligrosas, precisamente porque no tiene una salida clara, porque combina múltiples dimensiones y porque, en muchos casos, está siendo gestionada con respuestas que tienden a profundizar y no a corregir las desigualdades existentes. El desafío, por tanto, no es solo superar la crisis, sino redefinir el modelo. Porque lo que está en juego no es únicamente la estabilidad económica, sino el tipo de sociedad que se construirá en los próximos años.