La posición de Uruguay es muy difícil de comprender. Y es débil. Uruguay participa en dos mecanismos que son abiertamente contradictorios. En uno se pretende imponer el adelantamiento de elecciones y se abre juicio sobre la instituciones venezolanas; en el otro se expresa abiertamente que hay que respaldar la autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención. Será una genialidad de la cancillería, una salida salomónica para satisfacer a todos los concurrentes, una obligación de la sede de no dejar tirado a ningún invitado, pero no hubo una sola nación entre todas las que vinieran que se atreviera a semejante esquizofrenia diplomática, cuya sustancia es, por lo menos, confusa.
El problema de la posición europea es evidente a la luz del derecho internacional, pero lo es antes desde una mínima evaluación de riesgo: se está pariendo un método para cambiar gobiernos que se basa en el reconocimiento de las autoridades por la Casa Blanca. La UE se arrastra ante un tuit de Donald Trump, así como lo hacen otros gobiernos del mundo, sometidos hasta psicológicamente a la prepotencia estadounidense.
EEUU, por su parte, continúa preparando la guerra que ya tiene decidida. No es una guerra conjetural. No es una guerra posible si se dan un conjunto de circunstancias. Es una guerra segura, aunque se ignore cuándo comienza y cómo se desarrollará. No se sabe si será directa o echando mano a mercenarios y terceros países. Los detalles se nos escapan, pero la decisión política es transparente y los cortesanos de Trump no se esmeran en opacarla.
Venezuela se prepara para la defensa. La inmensa mayoría de los venezolanos no quiere una guerra y mucho menos una intervención extranjera. Pero si se produce, las Fuerzas Armadas y las milicias bolivarianas van a combatir: no va a ser una travesía corta ni una operación quirúrgica. Va a ser una guerra prolongada que va a costar cientos de miles de vidas.
La semana que viene comenzará a operar el “mecanismo de Montevideo”, intentando tomar contacto con las partes y el grupo de contacto de los europeos seguirá su agenda de intentar imponer por vía diplomática a Venezuela un cambio de presidente y un gobierno de derecha, porque es eso lo que está haciendo la UE, pero ahora con el apoyo de Uruguay. El grupo de contacto no va a conseguir que el gobierno venezolano le dé ni la hora y el mecanismo de Montevideo va a ser rechazado por la oposición venezolana y por su autoproclamado Guaidó, que es apenas un peón de EEUU.
Como en ambos protocolos -el europeo y el “mecanismo”- se excluye el uso de la fuerza y se acuerda contribuir con ayuda humanitaria, quizá eso pueda ganar tiempo para que no se utilice el ingreso de “ayuda” de los EEUU como la excusa o la estrategia para iniciar la operación estadounidense de “cambio de régimen” y desatar la violencia, pero todos los países que genuinamente aspiran a la paz saben que es imposible alcanzar un acuerdo que suponga la rendición del gobierno venezolano y que la voluntad de diálogo de los opositores está supeditada a la determinación del Departamento de Estado.
El grupo de contacto se volverá a reunir en el mes de marzo. Europa buscará apretar las clavijas todavía más, hasta lograr sustituir “el menor tiempo posible” -que expresa la declaración- para la realización de elecciones presidenciales por una fecha límite, un ultimátum tras el cual, va de suyo, se habilitaría la imposición de nuevas sanciones a un país que ya está completamente bloqueado y, aunque no se diga, el uso de la fuerza.
Cabe preguntarse qué busca el gobierno de Uruguay adhiriendo a un protocolo notablemente injerencista y, sobre todo, qué busca adhiriendo simultáneamente a los dos, que se excluyen en las formas y en el contenido. Es un misterio que habrá de develar el tiempo. Por lo pronto, como país, hay que admitir que hemos perdido la neutralidad y nos hemos sumado al bando de los países que reclaman un cambio de gobierno y el desconocimiento de las elecciones venezolanas del pasado 20 de mayo: mal que nos pese, lo único que nos distingue hoy de los partidarios del golpe de Estado internacional es que no hemos reconocido a Juan Guaidó, el títere investido por Donald Trump. Por ahora.