Pero todo ese cúmulo de acciones, cada una de las cuales constituiría un casus belli si se les aplicara a ellos, no es suficiente para hacer caer una Revolución cuando tiene verdadero apoyo popular. Y la Revolución bolivariana no pasa por su momento de esplendor en popularidad de los tiempos de Chávez, pero está lejos de ser un proyecto político terminado o huérfano de pueblo. El chavismo es la identidad política más importante de la historia de Venezuela y tiene un respaldo que ya quisieran muchos de sus detractores dentro y fuera de ese país. Para tirarlo por la fuerza van a tener que aplicar la fuerza y no la fuerza de las sanciones económicas, de la violencia callejera o de las campañas de propaganda. Para tirarlo por la fuerza, Estados Unidos sabe que más temprano o más tarde va a tener que instalar una guerra que conduzcan ellos sin ninguna clase de intermediación. Una guerra que sólo puede ser exitosa en su propósito explícito si se destruye la capacidad de resistencia militar del Estado venezolano, algo que es imposible sin mediar la masacre de cientos de miles de personas, entre combatientes, militantes y civiles, millones de desplazados, la destrucción de la infraestructura nacional, de ciudades enteras, hospitales, centros de estudio, vías de transporte y el aparato industrial.
Una conflagración de esa naturaleza es más probable que desintegre el país a que destruya al chavismo. Toda la región se sumiría en un prolongado período de inestabilidad y el caos se apoderaría del norte de Sudamérica. Es una guerra que puede empezar pero no va a terminar nunca y va a alimentar conflictos más allá de las fronteras del país, el crecimiento de mafias de todo tipo, y el tráfico de armas, drogas y cuanta cosa crezca en el apartado geográfico más biodiverso del mundo. Sería una locura de consecuencias continentales que exigiría prácticamente un ejército de ocupación apostado por décadas para estabilizar un territorio permanentemente en disputa.
Este delirio imperialista promovido por Estados Unidos tiene la triste complacencia de los países de América Latina gobernados por la derecha. Nadie debe creer en la retahíla de subterfugios que se utilizan para llevarlo a cabo. Ni a Estados Unidos ni a las potencias europeas les importa un bledo la democracia ni la libertad ni los derechos humanos: creer ese cuento en pleno siglo XXI es de ingenuos o de ignorantes supinos. Los que promueven esto lo hacen por el petróleo, por la geopolítica y por sus intereses estratégicos: la vida y suerte de de los venezolanos les importa nada.
A esta altura es evidente que existe un solo camino para evitar un conflicto bélico de implicaciones trágicas: la estrategia de negociación multipartita liderada por Uruguay y México. Y hay que atribuir el crédito con todas las letras. Fueron los gobiernos de Tabaré Vázquez y Andrés Manuel López Obrador los que produjeron el único camino de salida que podría ser aceptado por todas las partes y, en particular, el único camino que aceptaría discutir el gobierno de Venezuela. La aceptación de Nicolás Maduro de un ámbito de negociación y diálogo auspiciado por Uruguay y México, respaldado abiertamente por el Vaticano y al que se ha plegado la Unión Europea, el Estado Plurinacional de Bolivia, e incluso algunos países aliados al Grupo de Lima, es una excelente noticia, aunque sólo puede obtener resultados si la oposición venezolana y, especialmente, el gobierno de los Estados Unidos, que son los que verdaderamente mandan, se allanan a un camino de conversaciones que en ningún caso puede significar la capitulación del chavismo que, al fin y al cabo, ganó 23 de 25 elecciones y fue reelecto hace menos de un año en una instancia electoral a la que se llegó tras los diálogos de Santo Domingo, cuya rúbrica final se frustró porque los opositores, que habían aceptado firmar, declinaron hacerlo tras recibir órdenes de Washington, como reveló el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero, mediador en aquella ocasión.
Los trascendidos en Europa y las declaraciones en Bruselas de la responsable de política exterior de la Unión Europea, Federica Mogherini, indican que una delegación compuesta por lo menos por Francia, Reino Unido, Alemania, Portugal, España, Holanda, Italia, Suecia llegarán a Montevideo el próximo 7 de febrero para participar en la conferencia internacional convocada por Uruguay y México. Además se espera la participación del Vaticano, a través de un emisario del papa Francisco.
Las otras grandes potencias involucradas en el mundo, China y Rusia, están dispuestas a respaldar un camino de diálogo y el propio canciller de Rusia, Sergei Lavrov, mencionó a Uruguay y a México como los artífices de una de las rutas posibles de salida pacífica a esta escalada.
En el terreno opuesto, los halcones de Washington, encabezados por el propio Trump y su equipo de ultraderechistas, más el senador Marco Rubio, quieren torpedear esta estrategia de diálogo y trabajan para hacer retroceder al gobierno uruguayo. En México se descuenta que López Obrador mantendrá su postura hasta el final y la conferencia de prensa conjunta otorgada por el presidente español Pedro Sánchez y Andrés Manuel deja pocas dudas de eso. Sánchez viajó a México en visita oficial e intentó sumar a López Obrador al grupo de contacto internacional que promueve la Unión Europea para la reunión de Montevideo, cuya propuesta sería apoyar a Guaidó y organizar un calendario de elecciones en los próximos 90 días. López Obrador rechazó esa propuesta y dejó claro que México quiere promover un diálogo entre las partes y no el esquema de solución de los europeos.
Así las cosas en Montevideo va a haber, por lo menos, dos posturas casi imposibles de conciliar, pero por lo menos va a comenzar a transitarse un camino que podría llevar a una negociación entre las partes con gran cobertura internacional que, de concretarse, dejaría a los guerreristas colgados del pincel, empezando por el gobierno de Trump, sus secuaces y al secretario general de la OEA, que reaccionó con furia ante la propuesta de Uruguay, donde su prestigio tiende a cero y México, donde directamente nadie le da pelota.
La jugada de Tabaré es riesgosa, pero se corresponde con la mejor tradición del país y ha posicionado a Uruguay como un actor de relevancia mundial en este contexto. La oposición y sus acólitos mediáticos ya han puesto el grito en el cielo dando una muestra de cipayismo e irresponsabilidad que el pueblo uruguayo sabrá juzgar. Porque es evidente que la sociedad va a tener que juzgar a todos y, pase lo que pase, la izquierda uruguaya podrá jactarse con razón y para siempre de que cuando la brutalidad de la guerra amenazó al continente, Uruguay buscó la paz en lugar de alentar una masacre, y se mantuvo firme en la defensa del principio de autodeterminación de los pueblos, desoyendo el mandato de los Estados Unidos