Veamos. Nos mienten a diario, con ganas y con fruición. Nos mienten desde todos lados. Nos mienten a sabiendas, e incluso podría decirse que, si sospechamos o amagamos a protestar por la mentira, se enfurecen y nos amenazan con castigos varios. La impunidad frente a los crímenes de la dictadura militar -por ejemplo- está construida, sin ir más lejos, sobre montañas de mentiras. La manipulación mediática de nuestro pensamiento, de cara a la política, está plagada asimismo de mentiras que nadie se molesta demasiado en maquillar. Por el contrario; con no poco cinismo, se enarbolan esas mentiras a diario, y se pone cara de póquer o se realiza un breve encogimiento de hombros, mientras se desliza una mirada de desdén, de soberbia y de un vago desafío.
Lo vemos a diario en la televisión. Está, como si fuera poco, la ola de las fake news, la apología de los discursos de odio y la intención de desviar y deformar todos y cada uno de los aconteceres de la realidad, en aras de intereses que no son los de todos, sino los de una fracción, grupo o bandería. Y cuando no se cae en la mentira, se incurre al menos en la todología del facilismo y de la frivolidad, campo en el que destacan ya unos cuantos exponentes del periodismo local, en una mezcla de obsecuencia al poder de turno, histrionismo ramplón y alardes varios de ignorancia. Falta la aspiración a la verdad. Falta el esfuerzo por armar un discurso de mínima coherencia. Falta la honestidad intelectual. Falta el respeto por la inteligencia del otro. Falta, en suma, el acto de habla que demuestre haber realizado el proceso que va del pensamiento a la meditación ponderada, y de la meditación ponderada al lenguaje. Las falacias o errores lógicos, sean o no inducidos, voluntarios o involuntarios, conscientes o inconscientes, suelen ser las derrapadas más comunes en lo que a pensamiento y discurso humanos refiere.
En medio de semejante panorama, parece más pertinente que nunca recordar una vez más a nuestro filósofo Carlos Vaz Ferreira, que dedicó su vida entera -vivió más de 85 años, y jamás declinó en su esfuerzo intelectual- a desmontar el aparato de relojería de nuestra cabeza, para asomarse a esa cualidad misteriosa denominada logos o razón, raciocinio o lógica, y para preguntarse cómo hacer para que funcione mejor y para que, por ende, pensemos mejor. El acto de pensar supone, en efecto, un ejercicio viviente de nuestra condición racional. El pensamiento es la vida y la manifestación del espíritu, y como tal, implica una realidad continua, fluida y en permanente construcción y transformación. De ahí el nombre de una de las más famosas obras de nuestro filósofo: Lógica viva, en la que Vaz Ferreira se aplicó a analizar cómo pensamos las personas, y sobre todo cómo deberíamos pensar.
Sin perjuicio de continuar tratando este tema en futuros artículos, es pertinente tener en cuenta que la época en que nació nuestro filósofo coincidió con los albores de la modernización en Uruguay, pero también con la agudización de la inestabilidad política y económica que venía padeciendo el país desde mediados del siglo XIX, y eso sin contar el largo capítulo de la Guerra Grande (1839-1851). Tal cúmulo de circunstancias habrá marcado, en gran medida, el rumbo de su pensamiento, orientándolo hacia un verdadero foco medular: el anhelo y el reclamo por la claridad del pensar, la dilucidación de las falacias, las falsas sistematizaciones, los errores del lenguaje y otras deformaciones que oscurecen a la razón y la desvían de su búsqueda principal, que es la verdad. Ni más ni menos.
Vaz Ferreira no había cumplido aún cuatro años de edad cuando comienza en nuestro país la primera dictadura militar (1876-1890), a la que seguirá el civilismo, signado no obstante por una profunda inestabilidad política, manifestada en dos importantes revoluciones blancas (1897 y 1904); luego se abre el período del batllismo, verdadera “novedad política”, en palabras de José Pedro Barrán. En el plano filosófico y cultural hubo también grandes contrastes: el positivismo de Spencer y la reforma vareliana fueron la herencia de los años 70 del siglo XIX; pero para Vaz Ferreira, el positivismo era incapaz de penetrar en la vastedad del espíritu humano. Se necesitaba de una idea mucho más profunda, que pudiera abarcar la hondura de los vínculos entre la razón, el pensamiento y el lenguaje. En medio de ese clima de verdadera incertidumbre vital de fin de siglo, habló del buen sentido “hiperlógico”, como una capacidad que siendo diversa de la razón, era complementaria a ésta y la enriquecía, al incluir la dimensión de lo afectivo y de lo emocional junto a lo estrictamente racional.