En los días siguientes, el chavismo realizó dos demostraciones de fuerza que le cortaron el aliento a sus enemigos: el 1º de mayo movilizó cientos de miles de personas y al día siguiente, 2 de mayo, a las 7 de la mañana, Nicolás Maduro pasó revista, en el fuerte Tiuna, a miles de soldados y todos los mandos de las Fuerzas Armadas ratificaron su lealtad a la Constitución y a su mandato. Por su parte, los sediciosos buscaban trabajosamente asilo en representaciones diplomáticas y el propio Leopoldo López y su familia se encontraban refugiados en la Embajada de España, enfrentando un pedido de captura emitido por un tribunal de Caracas, que le retiró el beneficio de la prisión domiciliaria.
Las declaraciones de las autoridades estadounidenses intentando explicar lo sucedido expusieron el grado de desconcierto del gobierno del Donald Trump. El asesor de seguridad nacional John Bolton declaró que habían alcanzado acuerdos con el presidente del TSJ, Maikel Moreno, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el jefe de Contrainteligencia Iván Hernández Dala, pero estos no habían cumplido. Donald Trump acusó a Cuba por el fracaso del golpe y exigió que La Habana se retire de Venezuela, cuando Cuba ha desmentido decenas de veces que tenga presencia militar en el país. El secretario de Estado, Mike Pompeo, declaró que tenían pronto el avión para sacar a Maduro de Venezuela hacia Cuba, pero Rusia le ordenó quedarse y que los mandos chavistas con los que conversaban simplemente le apagaron el celular. El papelón es tan grande que han tenido que salir a redoblar la apuesta declarativa amenazando al gobierno de Venezuela con represalias tan brutales que ni siquiera pueden ser mencionadas, mientras The New York Times publicó que para la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), la influencia cubana es mucho menos importante que la que el gobierno insiste en adjudicar.
Es imposible saber, por el momento, si Estados Unidos midió mal el apoyo real que tiene la oposición dentro de las Fuerzas Armadas y la población o fue objeto de una operación de inteligencia que lo hizo entrar como por un tubo, haciéndole creer que estaba todo el pescado vendido para derrocar al gobierno y llevándolo a una presuntuosa “Operación Libertad” que fracasó en toda la línea, exponiendo a la gente que tenía en las Fuerzas Armadas y a dos de sus líderes políticos preferidos, Juan Guaidó y, especialmente, Leopoldo López. En cualquiera de los dos casos, es un papelón monumental que ha desmoralizado a los opositores y ha propiciado entre sus aliados internacionales serias dudas de las posibilidades reales de producir un cambio de gobierno sin una intervención militar directa.
Esto último -la intervención militar directa- es un escenario con el que Donald Trump coquetea permanentemente, pero cuya ejecución entraña gravísimos riesgos para Estados Unidos, tanto políticos como militares. En primer lugar, porque no tiene ninguna garantía de ganar, pero antes de eso, porque ningún elemento permite imaginar una acción quirúrgica, acotada y definitoria y, por el contrario, todo sugiere que una guerra contra Venezuela se extendería en el tiempo y en el territorio desestabilizando a todos los países de la región por años, con una enorme probabilidad de mundializarse si Rusia y China mantienen su apoyo al gobierno de Venezuela y, a la par, su absoluto rechazo a que Estados Unidos reactive a bombazos la Doctrina Monroe, según la cual, ellos son los amos y señores de esta parte del mundo.
Venezuela está en el centro de una tensión geopolítica que abarca a las principales potencias del mundo. El gobierno de Estados Unidos está francamente decidido a tomar el control del país y, seguida o simultáneamente, avanzar contra Cuba, que está siendo asediada económicamente y amenazada como hacía años no ocurría. Los gobiernos de América Latina, salvo honrosas excepciones, contemplan en silencio -o aplauden con complicidad- como las autoridades yanquis dicen que Monroe está vivo, que el continente es de ellos y que van a tirar al gobierno de Maduro, así tengan que invadir. Pero todos sus planes y toda su retórica han encontrado un límite que habían subestimado: en medio de un bloqueo brutal que ha producido una crisis económica severa e innegable, las Fuerzas Armadas y las clases populares venezolanas están dispuestas a defender el legado de Chávez hasta el último día y la última gota de sangre. Venezuela no se va a entregar, y contra esa certeza y esa convicción, por ahora no pueden.