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Columna destacada

Vigencia de José Artigas: los más infelices serán los más privilegiados

Por Marcia Collazo.

El 23 de setiembre se cumplieron 170 años de la muerte de José Artigas. Fue recordado a la uruguaya. Con escaso entusiasmo y con demasiada prudencia. Es cierto que casi ningún medio de prensa dejó pasar la oportunidad de mencionar su figura. Es cierto también que, como todo personaje elevado a la categoría de prócer o de héroe, se presta a las más variadas interpretaciones y se construye cada día, a golpes de circunstancias, de miradas, de preguntas nuevas o viejas y de respuestas en permanente revisión. Y, sin embargo, José Artigas dijo en vida unas cuantas cosas, tan claras y tan contundentes, que es imposible atribuirles dobles o triples significados. Ninguna interpretación puede estirarse hasta el límite de lo imaginable. No se puede interpretar al punto de deformar. No se puede violar un pensamiento. No se puede convertir una idea en una mutación del propio intérprete. Hoy Artigas anda en boca de todos. Anduvo, incluso, en boca de los militares y civiles golpistas, que recortaron algunas de sus frases (cosa que les habrá dado no poco trabajo) para amoldarlas a sus puntuales concepciones ideológicas y a sus no menos puntuales objetivos, todos ellos violentamente contrarios a los derechos humanos.

José Artigas fue el primer y el único revolucionario oriental que intentó llevar a cabo una transformación social y económica de la propiedad y de la tenencia de la tierra. Una reforma agraria, en suma. Hoy en día, en momentos en que ciertas asociaciones y corporaciones rurales pretenden imponer una sola voz -la voz del terrateniente, del poderoso, del rico, del que tiene más y encima busca la manera de “naturalizar” semejante riqueza-, la idea artiguista cobra más vigencia que nunca. Sin embargo, y tal vez por eso mismo, el Reglamento de Tierras ha pasado por nuestra historia casi de puntas de pie, a medias olvidado, a medias minimizado, menospreciado, barrido bajo la alfombra. Por las dudas de que a alguien le dé por reivindicarlo, o al menos por analizarlo en términos de proyecto social.

Conviene precisar que el Reglamento de Tierras no surgió solamente en vista de los problemas que padecía el campo. No apuntaba únicamente a terminar con los grandes latifundios, ni a fijar límites claros entre las propiedades ni a erradicar el hurto, el contrabando y la matanza indiscriminada de ganado. Todo eso era importante y atendible, pero Artigas fue más allá, acaso porque meter una bala en la cabeza de un ladrón de ganado no le parecía una medida feliz. Inspirado en propuestas y en acciones anteriores (que forman parte, en su mayoría, del famoso “arreglo de los campos”), concebidas ya durante el período colonial, ejerció no poca influencia en su vida la experiencia cosechada -como ayudante mayor de Blandengues-  junto al sabio español Félix de Azara, quien fundó en 1800 el pueblo de Batoví (actual municipio de Sao Gabriel) y procedió al reparto de tierras entre los pobladores.

Llegamos así al Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados, redactado y firmado en su cuartel general, el 10 de setiembre de 1815. ¿Y cuál era la consigna más importante que inspiró este documento? Artigas no dijo, como el presidente de la Asociación Rural, que “la desigualdad de ingresos va a existir siempre por la propia naturaleza humana, y es justo que así sea”. Eso podría haberlo manifestado en su día algún gran latifundista como Zenón García de Zúñiga (dueño, junto con su familia, de todo el actual departamento de Florida), o Juan José Durán (dueño de casi todo San José y el actual Flores), o Pablo Perafán de la Rivera (el padre de Fructuoso), o Julián de Gregorio Espinosa, o María de Alzaybar (dueña de todo Lavalleja), o cualquier otro importante propietario rural, de los que, enterados del proyecto del Reglamento de Tierras, lo secundaron con “fría y afectada aprobación”. Esto es, al menos, lo que hace constar el padre Dámaso Antonio Larrañaga; los grandes propietarios fruncieron la nariz y consideraron que se regalaba tierra a la chusma a cambio de nada, olvidando que ellos mismos habían obtenido sus propias leguas de tierra por donación del rey.

Dar tierra a la chusma, aun cuando fuera poca, constituía una ofensa para la “gente de trabajo” y, por tanto, es muy probable que esas gentes hubieran aplaudido calurosamente al actual presidente de la Asociación Rural. A contrapelo de todo ello, las palabras textuales de Artigas fueron: “Que los más infelices sean los más privilegiados”. Dicha consigna, que no se presta a dobles interpretaciones, es acaso la expresión más rotunda de las ideas de justicia social que inspiraron a nuestro prócer. ¿Y quiénes eran los más infelices? Eran, según el artículo sexto del reglamento, “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres; todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la provincia”.

Por el artículo 16, se establecía que “la demarcación de los terrenos agraciables será legua y media de frente, y dos de fondo, en la inteligencia que puede hacerse más o menos extensiva la demarcación, según la localidad del terreno en el cual siempre se proporcionarán aguadas, y si lo permite el lugar, linderos fijos; quedando al celo de los comisionados, economizar el terreno en lo posible, y evitar en lo sucesivo desavenencias entre vecinos”. Queda meridianamente claro, pues, que el objetivo principal del Reglamento de Tierras era favorecer a las masas desprotegidas, que se hallaban en situación de notoria y grave desigualdad; y que dicha desigualdad no se consideraba natural y mucho menos, justa.

Si la historia es una narración, en la que seleccionamos determinados contenidos y desechamos otros, la construcción de nuestra identidad y el relato significante sobre nuestros grandes protagonistas históricos pasa por los mismos canales interpretativos. Elegimos destacar determinadas facetas de tal o cual personaje y oscurecemos y minimizamos otras en aras de nuestros propios intereses y mentalidades. Si esto es así, entonces sigue siendo legítima la tarea de recuperación de esas zonas oscuras, no en función de este o aquel objetivo, sino en pro de la verdad, que es el bien supremo que debe justificar todas nuestras acciones e ideas (lo que es, es, y lo que no es, no es, como enunció Aristóteles).

En lo personal, elijo recordar la figura de José Artigas en este último sentido. El Artigas del bronce me parece vacuo, por no decir mutilado. Es necesario poner de relieve, en todo su vigor humano, su gigantesco plan social y económico, que no pudo ni siquiera comenzar a forjar, porque le pasaron por arriba sucesivos cataclismos políticos. Es preciso destacar su profundo igualitarismo social y su lucha contra la opresión y la injusticia, más allá de las precisas circunstancias en las que desarrolló su programa. Las libertades republicanas por las que tanto luchó no pueden sostenerse, ni entonces ni ahora, en la arbitrariedad y el abuso de los que tienen mucho, o en discursos groseramente irracionales que, por lo mismo, solo consiguen insultar la inteligencia de los hombres y las mujeres de buena voluntad.

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