El golpe que recibió la izquierda en octubre, de algún modo paradojal, en lugar de matarla, de producir una debacle, la revivió. Y la revivió en el único lugar posible donde se podía forjar una resurrección: en el seno del pueblo. La rebelión basal que se produjo entre la primera vuelta y el balotaje, protagonizada especialmente por los jóvenes, los trabajadores, los profesionales, el pueblo frenteamplista, toda esa multitud que desbordó los comités y salió a pelear el voto casa por casa y puerta a puerta en los barrios de todo el país, no solo logró la proeza de emparejar una elección que parecía perdida por aplaste, sino que hizo algo mucho más importante en términos históricos: hizo fluir la sangre de la militancia, que es un patrimonio casi exclusivo de la izquierda, la tragedia de cuya ausencia había sido subestimada.
Este es el punto de partida que conviene aceptar. Cuando la cosa se puso jodida, la gente salió a rescatar el gobierno popular y casi lo consigue. Si apenas un puñado de votos evitó la hazaña, es porque esa hazaña era posible. En el tiempo que viene, que será un tiempo duro, de retroceso en el plano de los derechos y, por lo tanto, de resistencia en el ámbito social, la izquierda no puede soslayar otra vez la dimensión colectiva de su programa, la dimensión participativa de su estrategia ni la dimensión popular de su devenir.
No debe haber una izquierda de dirigentes sin gente. De iluminismo sin pueblo. De caciques. Hay que apostar a una construcción de abajo, en contacto con la comunidad, en contacto con la izquierda social, efervescente, multitudinaria y movilizada. El debate amplio, la diversidad unitaria y la militancia popular consciente son las claves para recuperar el gobierno, pero aun más allá, el camino para avanzar en un proyecto que no solo repare el daño que sobrevenga, sino que verdaderamente apunte a una sociedad nueva, a una cultura nueva, compatible con la igualdad y con una noción más transparente de la justicia.
El Frente perdió la elección y la derecha volverá a gobernar. Hay que aceptarlo porque esa fue la voluntad mayoritaria del pueblo, así la diferencia haya sido mínima. Pero el tiempo que viene no es un tiempo de espera y de palo en la rueda hasta la próxima. Es el tiempo que tenemos todos para volver mejores.