La tradición pasa por la orden, por lo debido, por lo obligado. Las cosas tienen que hacerse de tal o cual modo, porque así lo manda… Y es ahí donde aparece la gran pregunta. ¿Quién o qué lo manda? ¿Y cuál es el castigo si se viola el mandato? La tradición es demasiado fuerte en Uruguay. No admite la menor transgresión. Tiene por todos lados esbirros dispuestos a vigilar y sancionar; esbirros que emergen donde menos se piensa, que enarbolan el mandato como si fuera un arma y llaman a la gente a la obediencia. La tradición ancla a la gente a la miseria, y no me refiero solamente a una pobreza material, sino también moral y psicológica, que es la más difícil de subvertir.
El otro día subí un video a Facebook, en el que se narra la historia de la localidad de Morató, en Paysandú. Morató es una villa diminuta, un puñado de casas que conservan, casi todas ellas, con la antigua fisonomía del rancho de terrón y de paja. Por todos lados rodea a Morató la belleza. El campo con sus verdes ondulaciones, el concierto de los árboles y de los arroyos, algún alambrado perdido, la presencia cotidiana de vacas, perros, caballos y gallinas, y el cielo allá arriba, también eternamente bello. Pero en Morató la gente vive casi en estado de gleba medieval. La vida gira en torno a las estancias, o sea al viejo latifundio, que no permite la existencia de la pequeña propiedad privada, y condena por lo tanto al campesino a la servidumbre, heredada de padres a hijos y de abuelos a nietos. Una servidumbre en la que los campesinos no poseen la menor autonomía ni la menor capacidad de negociación.
En Morató se levanta, además, un castillo, mezcla de mansión inglesa, de fortaleza feudal y de villa italiana. El castillo hoy está abandonado y no se permite la entrada a nadie. Pero los pobladores de Morató lo conocen de memoria. Sus propias vidas han orbitado en torno a ese castillo, cuyos suelos de piedra había que fregar -según recuerda una de las entrevistadas- a rodilla. Un hombre joven, que no llega a los 40 años, uno que pudo escapar de esa red asfixiante y de esa condena social y económica, pero que regresó a la villa para cuidar de su madre, comienza por relatar los aspectos idílicos de Morató (la paz, la tranquilidad, la naturaleza) y termina hablando de lo último, de lo que estaba oculto en el fondo de su alma, de lo que pretendió silenciar frente a la cámara y no pudo. Aquí la mujer solo puede ser cocinera de estancia o ama de casa, dijo. Y los hombres solo pueden ser peones de estancia, siete oficios, esquiladores, domadores, alambradores, o sea “peón pa’ todo”. Y mientras lo decía, los ojos se le iban poniendo cada vez más tristes y cansados.
Todo esto que cuento de Morató también forma parte de la memoria y de la desmemoria, del olvido y del recuerdo. Forma parte de la estructura económica del Uruguay rural, de su pequeñez (Juan Manuel de Rosas se refirió en su día a nuestro país entero, de punta a punta, como “una linda estancia”). Forma parte de los obstáculos geográficos y físicos que según Montesquieu podían conspirar contra el desarrollo pleno de un Estado. Y forma parte de la tradición, férrea, monstruosa, implacable, que ordena a nuestros hombres y mujeres a vivir y pensar de cierta manera. Y que les ordena, por qué no, votar de cierta manera; y dejo esta última reflexión a los lectores, al menos de momento. Mientras tanto, allá siguen el castillo Morató y el hombre de los ojos tristes, uno frente al otro, en una silenciosa pulseada de tiempo y de destino. Habrá que ver quién gana.